Capítulo 3: Un, dos, un, dos, albóndigas con tomate y unas copas (versículo tercero)

Era una sala espaciosa, totalmente rodeada de espejos. El paraíso para un mirón. En tres filas, quince personas nos colocábamos como si fuéramos a hacer instrucción, aunque en este caso más de uno se querría llevar a la cama a su sargento. Mi vecina y la portera se colocaron justo delante de mí y si no llega a ser por mi estatura no hubiera visto a la monitora. Ángel se puso en mi misma fila, pero no a mi lado; se ve que no le gustó nada la mirada de psicópata asesino múltiple que le eché. La chavala de la puerta puso en marcha un equipo de música y los altavoces empezaron a atronar con un ritmo endiablado. Al instante, La Sargento Lagartija comenzó a dar palmas sobre su cabeza y el resto de la compañía la seguía, o al menos lo intentaba, imitando sus movimientos miméticamente. Si nos hubieran visto desde fuera, hubiéramos dado la impresión de ser adoradores paganos de una secta neo-hinduista clamando por el advenimiento de la raza superior extraterrestre. Y si nos hubieran oído, habría cola para apuntarse a las clases: «arriba, abajo, otra vez, eso es, más fuerte, así, así…».

Mientras las tres filas de adeptos daban pasos a la derecha y a la izquierda, yo seguía los movimientos de los glúteos de Remedios a través del pantalón del chándal; eran como los carrillos gorditos y tensos de los angelotes esos que pintaba Murillo, bamboleándose al ritmo de la música. Los de Doña María del Pilar eran dos bombonas de butano rodando por una cuesta empedrada. Al cabo de media hora los sudores me caían a chorros, y parte de mi cuerpo yacía a mis pies en forma de charco. Cuando la Señorita Fideo apagó el equipo de música me dieron ganas de abrazarla y cogerla en brazos; lo habría hecho de haber tenido fuerzas para hacerlo. Arrastré los pies hasta los vestuarios acompañado de mi queridísimo vecino. Empecé a desnudarme, al igual que otros aspirantes a Campeón del Mundo de las Agujetas, pero Ángel se quedó sentado en una banca de listonesde madera, como si esperara al autobús.

—Pero niño, ¿es que no te vas a duchar?

—Joder, Juan, es que me da corte ponerme en pelotas delante de extraños —me contestó en voz baja, casi en un susurro, no le fueran a escuchar los demás.

—Anda chaval, no seas tonto, si no pasa nada —mientras le hablaba me metí en una de las duchas que estaban libres—, el único cuidado que debes tener es de que no se te caiga el jabón…

—¡Qué mamón, qué mamón!

Cuando llevaba un par de minutos bajo el agua templada de la ducha, de pronto, el mundo empezó a ponerse borroso, la perilla de la ducha se convirtió en una serpiente de cascabel y todo lo que abarcaba mi vista empezó a girarcomo en mis peores borracheras. Me apoyé contra los azulejos —estando casi a punto de ser violado por el mando del grifo—, y esperé a que todo volviera a ser nítido y estático. El corazón me latía como uno de aquellos malditos altavoces, y tenía las venas del cuello tan hinchadas como las de un cantaor de saetas en medio del martinete. ¡Jesús, qué mareo!

Como era normal, Angelito no se había enterado de nada, ensimismado en sus pensamientos y sueños de revolcón. Terminé de ducharme y de vestirme mientras pensaba en la posibilidad de hacerme una prueba de embarazo… Nunca se sabe qué puede pillar uno en un gimnasio. Después de salir de allí y de contarle a Ángel lo que me acababa de pasar, decidí pararme en la farmacia de D. Manuel Altolaguirre III, amueblada como la dejó su padre, D. Manuel Altolaguirre II, que la heredó de su padre, D. Manuel Altolaguirre I. Todavía conservaba el viejo mostrador, las estanterías de madera y los frascos de porcelana para las hierbas medicinales rotulados en letra gótica con nombres misteriosos que traían reminiscencias de lugares exóticos y de venenos que no dejan rastro. En una esquina, un peso de los de hace cuarenta años dormía el sueño de los justos, junto a anuncios de compresas aladas y de comidas de cinco tenedores para bebés. Apoyado en el mostrador, un chaval de no más de dieciocho años pedía una caja de preservativos, casi sin salirle la voz del cuerpo, mientras dos viejas gruñonas lo miraban escandalizadas. «Hay que ver lapoca vergüenza del niño. Esto con el Caudillo no pasaba».

—Juan, ¿qué haces por aquí? —Don Manuel me hablaba desde el expositor de los preservativos mientras le enseñaba al joven varias cajas de vivos colores: lubricados, estriados, con espermicidas, talla súper, extra… «¿Talla extra? ¿Eso es para cuando hay que dar la talla de manera extraordinaria o qué?».

—Pues a pedirte consejo. Hace un momento me dio un mareíllo, ahí en el gimnasio nuevo, y me encuentro muy flojo.

—¿Con que en el gimnasio nuevo, eh? Pero si tú nunca haces deporte, Juan, ¿para qué te metes en esos follones?

—Yo qué sé; alguna vez tendría que empezar, digo yo. «Juan, eres único para buscarte excusas» Además…, es gratis —por fin, una verdad.

—Gratis, gratis… ¿Comes bien? Lo cierto es que tienes un poco de mala cara… A ver que te mire esos párpados.

Con la misma delicadeza que un carnicero corta cinco kilos y medio de chuletas para la barbacoa, don Manuel tiró de mi párpado inferior hacia abajo hasta ponerlo a la alturade mis calcetines.

—Huy, esto está muy pálido, Juan… Necesitas unas vitaminas.

Sin darme tiempo a decir «pescadito frito», Don Manuel desapareció por la puerta de la rebotica y volvió con una caja alargada y amarilla. Mi vecino, mientras leía los nombres de las cajas de preservativos, me miraba pensando que todo aquello era mucho más divertido que lo que estaban echando en la tele a esa hora.

—Te tomas una ampolla en el desayuno, el almuerzo y la cena. Y déjate de hacer muchos esfuerzos. Por lo que parece, tienes un poquito de anemia, nada grave, pero si lo dejas sí que puedes llevarte un buen susto. Aunque para estar seguro deberías hacerte unos análisis de sangre y…

—Vale, don Manuel, le haré caso, pero no se me ponga pesado, que me recuerda usted a mi madre. Y de análisis, nada de nada, que usted sabe que le tengo cierto repelús a las agujas.

Con mis vitaminas debajo del brazo me despedí de Ángel en el portal, volví a casa y me tomé una de aquellas ampollas disueltas en agua. Desde pequeño me fascinó el hecho de que el líquido contenido en ella no se cayera al romperla por uno de sus extremos. Me quedaba mirando a mi madre, ensimismado, pensando en que aquello tenía algo de magia, como casi todas las cosas que hacen los padres cuando eres niño. Luego, al estudiar Física en el instituto, te hacen comprender que es la presión de la atmósfera la que impide al líquido caer, y se acaban el misterio y la magia, al mismo tiempo que se acaba la niñez. Y lo peor de todo: te das cuenta de que tus padres no son magos ni tienen poderes, sino más bien todo lo contrario.

Si no hace nunca deporte, ¿Para qué demonios se apunta Cacho a un gimnasio? ¿Y ese mareo, tendrá algo grave y chungo? ¿Le habrá pasado por no parar de mirarle el culo a la vecina? ¿Se tomará las vitaminas o dejará que caduquen en un cajón? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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