Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo primero)

Eran las nueve de la mañana cuando el reloj despertador empezó a darme las noticias de la mañana a gritos, sacándome de un paraíso de chicas en bikini y vasos llenos de ron de caña hasta el mismo filo. Intenté esconderme debajo de la almohada, pero era inútil; el locutor de la emisora se había tragado durante el desayuno un par de altavoces de mil vatios y los estaba probando junto a mi oreja: «SOOOOON LAS NUEVE DE LA MAÑANAAAA, UNA HORA MEEEEEENOS EN CANAAAARIAS». Así que salí de mi madriguera, me estiré hasta el límite de las articulaciones y me senté en el borde de la cama al compás del crujir de los tobillos. Me levanté despacio y me saqué los calzoncillos de la raja del culo antes de que me llegaran hasta el duodeno.
La habitación estaba a oscuras pero la conocía como conozco la posición exacta de los lunares de mi brazo. Avancé a ciegas hasta la ventana, subí la persiana y dejé que el sol inundara el dormitorio hiriéndome los ojos con sus agujas amarillas y haciéndome parpadear tres docenas de veces. Las sombras se batieron en retirada refugiándose bajo la mesita de noche; la pobre aguantaba de pie apoyada  contra la pared frente a un viejo ropero de madera que pronto sería declarado Parque y Reserva Nacional de la Polilla.
Aún tambaleándome, víctima de las balas del sueño, y descalzo, en venganza a los más de veinte años en los que tuve que oír a mi madre decir que me pusiera las zapatillas, llegué hasta la puerta del cuarto de baño; la puñetera, al girar sobre sus goznes, protestó con el mismo tono de sublevación que una vieja artrítica a la que se le cuelan en la cola del supermercado. Me planté frente al espejo, que me devolvió la imagen de un tipo que se asemejaba a mí. Sí, quizás fuera yo ese, un treintañero que había tenido mejores mañanas. Mis ojos, normalmente marrones, tenían esa mañana,  alrededor del iris, una aureola rojo sandía, producto de las muchas horas que me había pasado fijando la vista y de una conjuntivitis mal curada en la niñez. No me preocupaba mucho, pero día a día las entradas se iban agrandando como si el cuero cabelludo le fuera viniendo cada vez más pequeño al cráneo y, para colmo, me empeñaba en seguir peinándome hacia atrás, dejando las puntas del pelo hacia arriba. Estiré la mandíbula y me acaricié la barbilla notando que lo que en su día fueron unos puntos azulados ahora era una gran extensión de césped mal cuidado, corto y con parches. Así que, por una vez y sin que sirviera de precedente, me dispuse a afeitarme sin tener que hacerlo por obligación ante una cita social ineludible, boda, bautizo o comunión del niño del primo Fernandito. El resultado: una cara suave como el culo de un recién nacido, tres cortes alrededor de los labios con sus correspondientes trozos de papel higiénico y un lavabo lleno de pelillos.

Tras una reparadora ducha con agua fría, que dejó evidentes secuelas en mis ingles y aledaños, volví al borde de la cama para vestirme. Mientras anudaba los cordones de mis zapatos miré el paisaje que se extendía ante mis ojos. No hacía falta ser ningún lince para darse cuenta de que allí no se hacía una limpieza a fondo desde que Dios creó el polvo —con perdón—. El estado de mi cartera no me permitía costear los servicios de una asistenta y no soy de esos que se desviven exterminando pelusas o persiguiéndolas debajo de los muebles, ni de los que no paran hasta que la raya del pantalón les sale dibujada a escuadra y cartabón. En la mesita de noche se amontonaban algunos libros en una inestable columna salomónica, y el polvo, chulesco y provocador, se mostraba subido sobre ellos, tapizándolos de un suave color gris ceniza. El ropero iba volcándose cada día un poco más hacia delante, quizás de forma imperceptible para los demás,
pero no para mí; sin duda intentaba jugar conmigo al escondite inglés con la intención de caer sobre mis piernas la noche menos pensada. Varias camisas descansaban esparcidas sobre el suelo, como cadáveres de un accidente aéreo antes de la llegada de las asistencias. Me prometí, un día más, que de hoy no pasaría, que por fin limpiaría y ordenaría todo, que ya era hora. «Por Dios, Juan —me dije—, te estás convirtiendo en un desastre de hombre, si no lo eres ya». Aproximadamente cinco minutos más tarde, la promesa cayó en la misma fosa común que las anteriores, y una nueva
colilla, a medio fumar, apareció entre las otras mil quinientas —cien arriba, cien abajo— que se hacinaban en el cenicero del salón. Un último repaso en el espejo, la recolocación de un pelo que se rebelaba contra la dictadura de la gomina,  cayendo sobre la frente…, y a la calle.

¿Qué tipo de personaje es éste?  ¿Qué clase de persona se levanta a las 9 de la mañana? ¿Cómo puede vivir en semejante estercolero? ¿Para qué leches se engomina si le quedan tres pelos mal contados? Todo eso y más, mañana quedará respondido… O no…

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