Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo segundo)

Mientras, me hacía un esquema mental de los pasos que debía seguir a partir de ese momento: tomar un cafelito, comprar el periódico, acercarme a la academia a ver si necesitaban personal para las clases de verano, lavar el coche…
¿Lavar el coche? Fuera, fuera… Bajé por las escaleras las cinco plantas hasta el portal. En la entrada, tras el mostrador de
madera —que con casi toda seguridad procedía del Arca de Noé— se encontraba Doña María del Pilar, viuda de guerra,
portera del bloque y mi casera; una mujer de armas tomar que había hecho huir por piernas a más de un repartidor de publicidad y a varios miembros de los comandos de los Testigos de Jehová, a pesar de sus carnés. Aprovechando que estaba de espaldas pasándole el plumero a los buzones, intenté alcanzar la puerta. Uno puede esquivar a los tenderos y a los dueños de los bares en los que uno hasta debe callarse, pero con los caseros es mucho más complicado, sobre todo en el caso de Doña María del Pilar, maestra de perros de presa y de defensas centrales. Me moví con sigilo, casi de puntillas —quien me viera desde la calle creería que andaba sobre brasas ardientes o sobre un suelo recién encerado—, pero todo resultaba en vano; el más mínimo cambio en el discurrir de las corrientes de aire del portal ponía en alerta los sistemas receptores de mi portera… Fue eso o que por poco no me mato al resbalar sobre el suelo, aún húmedo después del último fregoteo.
—Espero que este mes no se retrase en los pagos, don Juan.
—Buenos días, doña María. No la había visto… ¿Le han dicho que esta mañana está usted especialmente bella? A veces, la mentira puede ser más dolorosa de lo que nadie pueda imaginar. Sobre la cabeza de la portera, una docena de rulos de los más variados colores, se parapetaban bajo una redecilla fucsia, y un enorme vestido negro, hasta media pantorrilla, intentaba soportar la presión de una cantidad de kilos que no me atrevería a intentar adivinar, quizás por el temor a quedarme corto.
—Sí, sí, seguro. Pero recuerde que para el…
—Para el día quince estarán los recibos al cobro —interrumpí.
—No se preocupe, le pagaré éste y los que le debo.
Le daba gracias a Dios porque el mostrador nos separara a modo de burladero, ya que sin protección, podría haberme
dado tres puyazos en todo lo alto con el plumero. Ovación y vuelta al ruedo.
—Eso lo escucho todos los meses, don Juan. A ver cuándo es verdad. No quiero hablar de usted al administrador, pero debe comprender que…
—Esta vez es verdad, doña María, se lo prometo. ¿Le he dicho ya que esta mañana está especialmente bella?
Lo mejor en estas situaciones es no permitirle reaccionar, y por eso salí a la calle dejándola con la palabra en la boca mientras esgrimía el plumero como si fuera Charlton Heston en El Cid, atacando a los pobres moros con su Tizona. Anduve un par de manzanas con pasos largos y rápidos, buscando el olor a café que salía por la puerta del Dos Tercios Del Quinto. Sentado en un escalón, un pobre desgraciado, sin piernas y con más mugre en la cara que el mono de un  minero asturiano, pedía una limosna junto a un cartel hecho con la tapa de una caja de zapatos: «DEME PA KOMÉ, PO FABÓ MUTILAO DE GERRA». Al entrar, el olor a aceite refrito varios miles de veces, me golpeó en la nariz con la  violencia del puño de un peso pesado. Al igual que el aceite, la clientela del bar era siempre la misma.  La misma gente en los mismos lugares, las mismas posturas en la barra, los mismos desconchones en el suelo, las mismas manchas de humedad en la pared.
El Dudu y el Moro eran los propietarios del establecimiento. Ambos habían sido legionarios en su juventud hasta el día en que se fumaron medio Marruecos y decidieron escaparse, a lomos de un camello, con la nómina de todo el cuartel. Mientras ellos permanecían escondidos en una casa de putas de Ceuta, con todos los gastos pagados a costa del Generalísimo, los estuvieron buscaron por todas partes; detrás de cada chumbera, debajo de cada cagada de camello,
tras la estela del humo de cada porro de hachís… Cuando la cosa se enfrió, cruzaron el Estrecho hasta Málaga donde,
para no perder la costumbre, se escondieron en otra casa de putas —por si acaso—. Así permanecieron hasta estar  completamente seguros de que la policía militar no los buscaba y montaron el bar con lo que les quedó de las nóminas que, la verdad, era bien poco. En recuerdo de todos aquellos años quedó el nombre del establecimiento, unas fiebres por culpa de la sífilis y varios tatuajes que se difuminaban en el pecho y los brazos: «VIVA LA LEGIÓN, AMOR DE MADRE, TE
QUIERO MARÍA ISABEL».
Mientras el Moro colaba una vez más el aceite de la freidora, el Dudu secaba los vasos con un trapo que no me atrevo a describir por respeto hacia ustedes. El bar era estrecho —casi un pasillo—, con un par de mesas bastante maltrechas, seis o siete sillas y una barra de latón. Al fondo, una pequeña puerta era incapaz de detener el olor a orines de la era precolombina que salía del lavabo. El único lujo que se había permitido el Dudu era la máquina tragaperras que, desde la puerta, llamaba a gritos a los jugadores como un camello de monedas de cincuenta céntimos.

¿Por qué es tan malvado este Juan Cacho que insulta y torea a su casera? ¿Realmente existe el Dos Tercios del Quinto? ¿Y cómo se atreve a entrar ahí, sin vacunar ni nada? Todas estas incógnitas seguirán sin resolverse hasta la próxima entrega…

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