Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo tercero)

El Dudu refregaba y refregaba el vaso con el trapo, poniéndolo de vez en cuando frente a los ojos y observándolo al trasluz, en busca de sabe Dios qué clase de mancha. En una mesa, el Nino, el Gollina y el Moncho jugaban con otro parroquiano al dominó, golpeando con fuerza la mesa. El Nino y el Gollina —hermanos gemelos— se encontraban
sentados uno frente al otro, jugando de pareja. Si alguien llegaba un poco dormido al bar y los miraba, podría pensar
que había un gilipollas jugando al dominó enfrente de un espejo.
—Mira que eres idiooooooooooooooooooooota —gritaba el Nino al Gollina, alargando la «o» para que quedara claro
el grado de idiotez, mientras los otros dos jugadores reían a mandíbula batiente—. Ya te han vuelto a ahorcar el seis
doble. Si es que no sé como sigo jugando contigo de pareja; malas puñaladas te den.
—Pues si no te gusta cómo juego, ya sabes dónde tienes la puerta… ¡Pues no parece que es un Séneca! Yo no tengo culpa de que no sepas contar; que siempre te dejan en fallo.
—Don Juan, buenos días —me saludó el Dudu desde detrás de la barra.
—Muy buenas, Dudu, ¿has visto a Vicente?
—Pues no, todavía no ha llegado por aquí, pero estará al caer; todos los días viene a la misma hora, así que…
—Mientras que llega me pones un cafelito, que hasta que no me lo tomo no soy persona.
La clientela del Dos Tercios del Quinto siempre me llamaba de usted. La verdad, creo que era el único cliente con carrera universitaria que tenía valor de entrar en aquel establecimiento, y aquello me daba cierto estatus entre los  parroquianos.
El café estaba caliente como las ingles de un quinceañero y empañó el cristal de mis gafas en cuestión de 24 segundos. Tuve que bebérmelo poco a poco para no perder  el cielo de la boca, la campanilla y las encías. Sentía cómo me dejaba ese regusto amargo allá por donde pasaba, igual que los besos de una novia de verano a la altura del treinta de agosto. Al cabo de unos minutos, el mutilado de guerra entró en el bar movido por las dos piernas que, milagrosamente, le habían vuelto a crecer, y empezó a meter monedas en la máquina tragaperras, una tras otra, buscando el orgasmo monetario de las tres cerezas mientras pedía un vaso de vino blanco. Al cabo de unos minutos, mi amigo, el Dedos, apareció en el bar.
Conocía a Vicente, el Dedos, desde el colegio, y ya el primer día, cuando nos cruzamos al entrar a clase y me preguntó
a qué hora era el recreo, supimos que seríamos colegas para siempre. Él provenía de una familia pobre, no es que la mía fuera rica —ni mucho menos—, pero Vicente era de los pocos que iban a clase con la ropa remendada, y los demás se reían de él con esa crueldad que sólo se perdona a los niños, a los borrachos y a los locos. A pesar de que sus ropas eran de cuarta o quinta mano, siempre las llevaba impecablemente planchadas, sin ninguna mancha, y llegaba por las mañanas al colegio perfectamente peinado con el pelo hacia atrás, oliendo a limpio y a colonia a granel.
Una mañana, el patio del recreo estaba embarrado por las lluvias de la noche anterior y alguien le puso la zancadilla a Vicente, que aterrizó sobre un gran charco color chocolate. Los demás empezaron a reír, sobre todo el desgraciado de José Manuel, el hijo de la frutera, el niño más hijo de puta que he visto jamás. Vicente seguía bocabajo en el charco porque el pie de José Manuel, firmemente aplicado sobre su cogote, no le dejaba subir, hasta que me dejé llevar por la ira que me crecía dentro como un globo que se iba hinchando poco a poco. Concentré mi vista en el culo de aquel miserable y, poniéndome en la piel de un portero a la hora de sacar de puerta, buscando media punta, le di tal patada que mudé la uña del dedo gordo del pie tres veces, y el otro tuvo que sentarse de lado varias semanas encima de un flotador de playa con flores amarillas y malvas. Desde entonces Vicente no se separaba de mí ni para ir al servicio, no fuera a ser que el otro buscara venganza y le hiciera beberse las cristalinas aguas que bajaban de la cisterna.
Vicente no era especialmente listo ni avispado, ni estudioso, sino más bien todo lo contrario; el día que sacó un
suficiente en Matemáticas daba tales saltos por la calle que su madre, que lo veía venir desde la puerta de la casa, creyó
que le habían vuelto a abrir la cabeza de una pedrada. Eso sí, era la mar de habilidoso con las manos. A pesar de que
en su casa la comida era un lujo, Vicente siempre llevaba el estuche lleno de lápices, gomas, sacapuntas y toda clase de
herramientas escolares. Parecía que tenía un imán en las manos; todo lo que se caía al suelo, o se quedaba en la mesa,
huérfano de la mirada de su dueño, aparecía en su maleta. Desde entonces, los compañeros de clase empezaron a llamarle el Dedos —y no les faltaba razón—.
Era delgado, muy delgado, casi un alfiler; con los huesos marcados en la ropa. Tenía las facciones afiladas, angulosas,
como si le hubieran tallado la cara en un tronco de pino y no se hubieran tomado la molestia de darle un repaso con
la lija. Siempre se movía despacio, casi con sigilo, y miraba fijamente a las cosas con sus ojos de azul clarísimo, no sé
bien si para adivinar su funcionamiento o para quedarse con ellas al menor descuido. Siempre me fascinaron sus manos
con aquellos dedos tan largos y tan finos que podrían haber pertenecido a un pianista o a un gran cirujano pero que se
dedicaron al poco valorado arte de sacarte los calzoncillos con los pantalones puestos sin darte cuenta. Nos separamos
al acabar la escuela primaria, pero siempre que lo necesitaba allí estaba. Nos corrimos las mayores juergas que se recuerdan en la ciudad, he llorado en su hombro la muerte de mi padre y él, en el mío, la del suyo, y más de una vez le he pedido consejo. Lo que nunca he intentado es que deje su modo de vivir. ¿Para qué? Sería como intentar meter en casa a un gato callejero. Lo único que puedes conseguir es que se afile las uñas en las patas de la mesa y que se coma al canario, pero eso no quita que no me preocupara por él, y que le dejara caer, de vez en cuando, que tenía que reformarse.

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