Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo cuarto)

—Vicente, ¿cómo estás?
—Pues cómo voy a estar…, como el coñac, espléndido. El que tiene mala cara eres tú, Juan…
—Qué quieres que te diga. Me acabo de levantar y todavía no me ha hecho efecto el café.
—Maestro —gritó el Nino desde la mesa—, tenga usted cuidado con ese, que se queda usted sin la cartera.
—Tú cállate, Nino —contestó el Dedos—, que aquí el que menos tiene que hablar de chorizo eres tú. Y tú, Moro, ponte un Machaco, que te vas a quedar dormido en el rincón.
—Mucho cuidado, que lo de la tienda de jamones fue un chivatazo y, además, yo no tuve nada que ver. Lo que pasa es
que le estaba haciendo el favor a un colega y me trincaron con el cuarto lleno de patas de guarro.
El Nino se había puesto como una gamba cocida, y el resto de los compinches se reían de él, señalándole con el dedo.
—¿Y tú qué te cuentas, Vicente?
—Pues nada, ya sabes, con mis cosas. Ahora hay mucho negocio con todos los guiris que están entrando en Málaga por estas fechas, con las carteras llenas de billetes de todos los colores y con ganas de que se los quiten…
—Ten cuidado que cualquier día acabas en un calabozo. Búscate algo, aunque sea una chapucilla por horas en una  obra o algo así.
—¿Pero tú te has fumado algo esta mañana o qué?
El Dedos me daba golpecitos en la sien comprobando si el tornillo que él creía que me faltaba seguía ahí o se me había caído esta mañana en la ducha.
—¿De verdad te crees que alguien me daría trabajo a mí? ¡Seguro! Ahora llego al banco de la esquina y les digo: «Hola,
buenas, verá… Si necesitan a alguien para que les eche una mano en la caja aquí estoy yo, y no se preocupen porque
haya estado en la cárcel por carterista». Y el director me dirá: «Pues claro, mañana mismo empieza usted».
—No seas así.
—Anda y termínate el café, que todavía no has encendido la cabeza esta mañana.
—Leches, Vicente, yo lo digo por tu bien, hombre, no te cabrees.
Era un buen momento para aplicarme el Teorema de la Extremidad Inferior: Para hablar y meter la pata es mejor quedarse callado.
—Lo sé, Juan, lo sé, no te preocupes. Yo me defiendo solito, así que sigue durmiendo tranquilo por las noches.
—Bueeeeeeno, vaaaaaaale, más que borde.
Me echó la mano por encima del hombro como un hermano se la echaría a otro.
—Por cierto, súbete la cremallera, que se te va a salir el pajarillo, jajaja. —Yo y mi mala cabeza—. ¿No te habrás olvidado
la cartera? Porque tú tienes que darle las gracias a Dios por llevar los huevos atornillados al cuerpo, que si no te los
dejarías en el primer sitio en el que te sentaras.
La verdad, lo de mis despistes era más fama que otra cosa. Que un par de veces me fuera a la facultad con las zapatillas
de casa, o me levantara precipitadamente a las siete de la mañana de un sábado para ir a clase…, no son más que detalles. Eso le pasa a cualquiera; vamos, a casi todo el mundo.
—No, qué va —le respondí, mientras comprobaba, medio a escondidas, si lo que llevaba en el bolsillo trasero era la cartera o un paquete de tabaco a medio acabar.
—Pues ya que te pones, invítate, ¿o no tienes ni para eso?
—Desde luego, siempre serás igual de mamón…
De la cartera, saqué un billete de diez euros, un gran pellizco de mis ahorros.
—Dudu, cóbrate lo que esté bebiendo el personal, y lo que sobre, para bote. Y ahora te dejo, que voy a ver si me dan algo de trabajillo en la academia de allí arriba. Cuídate, Vicente.
—Tranquilo, Juan, que el que tiene que cuidarse eres tú, mala cabeza. Y revísate bien, a ver si lo llevas todo.
Así, entre vítores, risas, palmadas en la espalda, y con un billete menos en el bolsillo —maldita sea mi sombra—, abandoné el Dos Tercios del Quinto.
Crucé la calle y llegué hasta mi coche, un Panda con la mejor colección de abolladuras y moho de todo el barrio. La palabra antiguo no era la que mejor lo definía. Cuando llegó a mis manos ya había pasado por varios centenares de
pares de ellas. Tras girar la llave de contacto un par de docenas de veces, el coche tosió como un asmático y, dejando tras de sí una nube casi tan tóxica como la de Chernóbil, arrancó en busca de la Academia La Milagrosa. Allí solía trabajar algunos veranos y, a las alturas del mes de mayo en la que estábamos, empezaban a necesitar gente para echar
los meses de junio, julio y agosto. Inocente de mí, encendí la radio.

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