Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo quinto)

Para algunos el verano llega cuando empiezan a verle el color al cielo, hastiados de soportar manchurrones grises sobre sus cabezas. Otros lo notan porque lo que antes eran faldas hasta los tobillos y leotardos negros de lana gorda se convierten en felices muslos y estremecedoras minifaldas diseñadas, sin duda, por el más avaro de los modistos. Otros
lo advierten en el hecho de que tienen que empezar a convivir con los estornudos alérgicos o con las espinillas  traicioneras en medio de la barbilla, un motivo más para no afeitarte durante una buena temporada o para dejarte la
perilla de moda. Pero a mí no me lo anunciaba nada de eso, ni siquiera el bombardeo mediático de los grandes almacenes
que tienen la exclusiva sobre el calendario; a mí el verano me lo anunciaba la estridencia de las canciones que vomitaban los altavoces de mi coche. Sin lugar a dudas, aparecer las nuevas candidatas a tema estrella del verano y florecer los campos y jardines es todo uno. En estas ocasiones, un instinto asesino me cegaba y deseaba tener ante mis ojos a aquel ministro de Satanás que, desde su silla en el estudio de radio, enviaba a los pobres infelices que no padecíamos sordera aquella oleada de ritmos caribeños, remezclados en Teruel, que tendríamos que aguantar hasta Navidades. Si lo tuviera delante de mí, al alcance de mi ira, lo ahorcaría con los cables de sus cascos o le metería el micrófono por el culo hasta que pudiera retransmitir para toda la ciudad el sonido de los movimientos peristálticos de su intestino delgado. Por eso di gracias a Dios cuando, al doblar una esquina, divisé el cartel de la Academia La Milagrosa.
La academia se encontraba en mi mismo barrio, pero en la parte más alta de una cuesta tremenda —propia del Himalaya— y no me apetecía llegar con la lengua enredada en los tacones de mis zapatos. Por eso cogí el coche. Explico esto porque no quiero que piensen de mí que soy el tío más flojo del mundo; sólo que esa cuesta es mucha cuesta.  Por las mañanas, en la academia, no tenían casi alumnos porque la mayoría acudían después de sus clases, a partir de las cinco de la tarde. Pero pasadas algunas semanas, cuando empezaran las clases de verano, a esas horas, la acera estaría llena de motos y las escaleras que subían hasta la puerta de cristal esmerilado y aluminio, repletas de chavales empedrados de granos, carpetas preñadas de folios y chavalas a las que les salen las tetas antes que los dientes de leche. Pulsé el timbre y un ding-dong agudo y penetrante atravesó la academia de punta a punta hasta llegar a los oídos de Jaime Calahorra, el dueño del centro, director, administrador y negrero a jornada completa.
—Me alegro mucho de volver a verte.
El director de la academia se encontraba sentado frente a mí, separado por una mesa negra de despacho, dándole la espalda a su título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Sin lugar a duda, en aquellas aulas había visto canales en algunos escotes que jamás encontraría andando por todos los caminos ni arribando a todos los puertos.
—Pues fíjate que hoy mismo pensaba llamarte.
—Me alegro que te acuerdes de mí.
Claro que se acordaba de mí; era muy complicado encontrar otro licenciado que soportara el ínfimo sueldo de costumbre sin protestar.
—La verdad es que sí.
Mientras me hablaba no paraba de balancear la silla de un lado a otro, a la derecha, a la izquierda, otra vez a la derecha. Sus dedos regordetes, a juego con su cara regordeta y su regordete cuerpo, no paraban de jugar con unos clips metálicos.
—Lo que me da pena es no poderte contratar todo el año, pero…
—No te preocupes, si te entiendo —pero por dentro pensaba que sí que podía. Quizás si dejara de comprarse Mercedes
y chalecitos en la costa…—. Sé que las cosas no están muy bien, y tú tienes muchos caprich… gastos.
—En fin, vamos tirando; justitos pero tirando. Pero bueno, vamos a lo que vamos. —Giró de nuevo la silla, enfrentándose a un enorme archivador gris y sacando un folio mecanografiado—. Este año, aparte de las clases para los chavales de instituto, me preguntaba si podrías darle una hora a un grupo que me ha salido de segundo de Económicas. No son muchos, pero me interesa que no se me escapen a las academias del centro.
—Sí, claro, sin problema. ¿Con la tarifilla acostumbrada?
—Jejeje, qué gracioso. Por supuesto, a seis euros la hora.
Yo creo que sigue siendo una cantidad razonable, ten en cuenta que…
—¿Se puede?

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