Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo sexto)

Una voz femenina, envuelta en terciopelo, interrumpió a Jaime Calahorra desde la puerta del despacho. Al volver la
cabeza hacia la voz me encontré con una joven delgada, de ojos grandes y verdes. Su cara, muy morena, estaba enmarcada por una larga melena rizada. No paraba de mojarse los labios, finos y rojos, con la punta de la lengua. Antes de darme cuenta me sorprendí pensando en cuál sería el sabor de aquellos labios, una prueba más del Teorema del Treintañero Asalta Cunas. Alta, vestía una falda que le terminaba una cuarta por encima de las rodillas, y una camisa blanca de manga corta, que dejaba entrever sombras premonitorias de pechos erguidos y orgullosos. Para rematar, de su hombro derecho colgaba un bolsito tan pequeño que, después de meter el lápiz de labios, no le cabría la menor duda.
—Claro que sí, Amparito, pasa, pasa.
A Jaime Calahorra se le salían los ojos por encima de los cristales de las gafas.
—Mira por dónde vas a conocer a tu profesor de este verano, Juan Cacho; o al menos eso espero.
—Hola —le dije.
Le hablé con toda la desgana que pude, que fue más bien poca. Para aumentar esa sensación, puse mi cara de No Me He Fijado En Lo Buena Que Estás, además de limpiar los cristales de las gafas con el borde de la camisa, quitándoles las dos docenas de marcas de dedos que no me dejaban verla con total claridad.
—Hola —respondió con una sonrisa que le iluminó la cara como si se hubiera tragado un flexo.
—Por lo que puedo intuir, no se te dan bien las Matemáticas.
—Oh, bueno —le contestó a la punta de sus zapatos de tacón bajo—, no se me dan mal, pero es que el profesor de la facultad va demasiado deprisa y no se para mucho a responder dudas. Así que las he llevado renqueando desde primeros de año.
—Pues ya verás como aquí resolveremos todas tus dudas.
Jaime Calahorra estaba a un tris de empapar la mesa de escritorio con un charco de babas.
—Juan es muy buen profesor.
—Vale, me iré antes de que me ahogues en un mar de flores, aunque, si soy tan bueno, quizás deberías subirme el sueldo, jejeje. —Cuerpo a tierra, las balas van y vienen.
—Ha sido un placer, Amparo.
—Igualmente, señor Cacho.
—Adiós Jaime, ya volveré por aquí para concretar más los horarios. Y no pongas esa cara, que lo del sueldo era
broma… ¿O no?
—Adiós, Juan.
La cara del director pasó del amarillo al blanco aliviado por no tener que soltar un céntimo más de la cuenta.
—Pásate a final de semana, pongamos… el viernes.
—Vale, vendré por la mañana. Y definitivamente: adiós.
Al pasar junto a Amparo, una dulce fragancia me agarró de la nariz, haciéndome volver la cara para encontrar sus
ojos verdes como el aceite de oliva virgen mirando fijamente a los míos. Aunque los pies no querían, los obligué a dirigirse hasta la puerta, dejando detrás de mí la Academia La Milagrosa.
El resto de la mañana pasó con la rapidez de un tren de cercanías dejando una estela de gentes que miran el paisaje y de reflejos en los cristales de las ventanas. Al mediodía, unas tapas en el bar del Dudu —a riesgo de pillar todas las fiebres amazónicas descubiertas y por descubrir—, un pequeño paseo por el barrio para bajar la comida hasta los tobillos y, a eso de las cinco, a casa de Ángel.
Mi vecino Ángel vivía en el segundo B, en un pisito como la mayoría de los de mi bloque: sencillito, sin grandes aspavientos ni pretensiones de decorador de revista mensual. Tenía lo indispensable para sentirte cómodo en él. Sus
padres siempre andaban fuera. Trabajaban —él de camarero, ella de cocinera— en un chiringuito junto a la playa, allá por
Pedregalejo. Ahora llegaba la época en la que volvían a casa muy de madrugada, con los pies hinchados por estar catorce horas trabajando a destajo, y cansados hasta la raíz del pelo.
—Anda, Juan… Hoy te adelantas un poco.
—¿Te importa? Si quieres, espero.
—No, tranquilo, si no estaba haciendo nada en especial; me estaba bajando de Internet un disco de Madonna. Anda, pasa.
Ángel era un chaval que me caía muy bien. Desde hacía varios años le echaba una mano en el colegio, y ahora, en el
instituto, lo seguía haciendo. No es que fuera un chico torpe o poco estudioso, simplemente necesitaba tener a alguien al
lado que le fuera resolviendo pequeñas dudas —nada importante— y que le estuviera empujando todo el día para que
estudiara: «Vamos, vamos, vamos…». Moreno, de ojos hundidos y oscuros tras las gafas, tenía la cara marcada por las
secuelas del acné que le estaba dejando los carrillos como un empedrado.
—¿Qué? ¿Tienes muchas cosas que hacer para mañana?
Me senté en una silla de su cuarto, al lado de la suya.  De las paredes colgaban varios posters de grupos de música —uno de Pamela Anderson en el que enseñaba buena parte  de su silicona— y unas cuantas estanterías llenas de libros. Y de su oreja derecha, un arito de oro.
—No, qué vaaaa —respondió mientras levantaba los brazos hasta la altura de las orejas, quitándole importancia—, sólo
un par de dudillas de Física, que el profe es el más flojo que he visto jamás.

¿Quién es más salido, Juan Cacho o el director de la academia? ¿Es realmente buena idea llevar a nuestros hijos a semejante antro? Y ese bar, ¿cómo es que continúa abierto? ¿Y por qué una familia trabajadora deja entrar en su casa a ese individuo?  Todas esas preguntas y alguna más tendrá respuesta en las próximas entregas…

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