Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo séptimo)

Apagó el ordenador, sacó su carpeta de una mochila azul marino y la abrió sobre la mesa del despacho. La luz del flexo llenaba la cara de Ángel de tonos amarillo huevo frito, resaltando lo afilado de sus rasgos y el hoyuelo de su mentón.
Mientras escuchaba mis explicaciones a sus dudas, no paraba de chupar el capuchón del bolígrafo, a riesgo de dejárselo enganchado en el corrector dental. Seguro que tendría mucho éxito llegando una mañana a clase con aquella pinta. A la media hora, las dudas de Física estaban tan disueltas como un terrón de azúcar en una piscina olímpica. A pesar de eso, Ángel me miraba con ojos de tener más dudas, pero nada que tuviera que ver con las clases del instituto…
—Bueno, creo que la clase de hoy no te la voy a cobrar; no hemos llegado ni a la hora y me da fatiga que…
—Anda, tío, que estás tonto. Además, no quiero que te vayas todavía porque… Estoooo… Hay alguna cosilla queeee…, no séeeee, en fiiiiiin…
Mientras le daba vueltas a la cuestión que tenía dentro de la cabeza, no paraba de darle vueltas al aro de oro, y me estaba temiendo que si no le tiraba un poco de la lengua terminaría pisándose el lóbulo de la oreja al bajar las escaleras.
—A ver, ¿qué es lo que te pasa? ¿Algún lío de faldas? Porque esto me huele a que hay niñas de por medio.
Bueno, en realidad, siempre que a un hombre se le entrecorta el habla o el pensamiento, seguro que hay mujeres en el centro de la cuestión. Al menos una. Teorema Del Pensamiento Único Masculino.
—Joder, estoy hecho un verdadero follón. Es que hay una chavala en mi clase que cada vez que me mira se me caen los
calzoncillos al suelo.
—Pero eso no es nada malo.
En cierta forma, me recordaba a mí cuando tenía su edad.
—No, si eso no es malo; lo malo es que cuando intento hablar con ella… No sé, es como si la lengua se me quedara muerta; sólo digo tonterías.
Definitivamente era como yo cuando tenía quince años.
—Y encima, cuando me pasa eso, se me queda mirando sin decir nada, da media vuelta y se va. Y allí me quedo yo, plantado en mitad del pasillo, como un gilipollas. Y el resto de la gente se descojona a mi costa.
—Ya, ya, te entiendo —me estiré hacia atrás en la silla, como cada vez que me pongo en mi papel de He Vivido Mucho, Qué Me Vas A Contar—. A mí me pasaba lo mismo que a ti. A tu edad me veía incapaz de hablarle a ninguna de mis compañeras de clase…
—Anda ya… —me interrumpió con cara de incredulidad—, pero si tú tienes que triunfar una barbaridad. Si tienes un
pico de oro, tío.
—En serio, ¿para qué habría de mentirte? Mira, yo siempre me veía como el feo de la pandilla, el que menos ligaba, el último de la fila.
—Eso es, eso es, así es como me siento.
—Pero aprendí que todos tenemos algo que nos hace únicos, irrepetibles, y que si sabemos encontrarlo, podemos llegar al corazón de cualquier mujer.
Lo malo es que a veces lo que encuentras no merece la pena, pero eso me lo callé. Ya tendría tiempo de aprenderlo por sí mismo.
—Pero yo no valgo nada, no tengo nada especial, y encima fíjate en mi cara —se señalaba los granos de las mejillas, las gafas, la delgadez de sus pómulos—. ¿Así donde voy a ir? ¿Cómo se va a fijar en mí?
—Ángel, tú tienes cosas dentro que acabarán saliendo fuera. Eres un chaval de puta madre, y la que se fije un poco, lo verá y caerá rendida a tus pies.
—¿En serio? —Los ojos se le pusieron como platos soperos, quizás pensando en aquella compañera de clase, rendida a sus pies—. No sé, no sé, lo dices para que me quede contento.
—El otro día me comentaste no sé qué historia del chat, ¿no?
A menudo, me contaba cosillas sobre su ordenador, sobre Internet. Creo que a veces debería pagarle yo las clases a él.
—Sí, ¿por qué?
—¿Sabes si ella también chatea y dónde lo hace?
—Sí, ella chatea, lo que no sé es en qué canal se mete… Y no tengo ni idea de lo que estás planeando.
—Pues verás —continué mientras me sacaba un cigarrillo y lo encendía—, si tienes miedo de que ella no quiera acercarse
a ti por tu aspecto y para evitar que te quedes mirándola callado con cara de idiota, quizás puedas atraerla sin estar delante de ella.
—¿Por el chat? ¿Tú crees que eso podría funcionar?
—Bueno, ¿qué tienes que perder? Nada, ¿verdad? Pues échale un par, chaval, y ya me contarás.
—Joder, Juan, eres la caña, tío. Como me salga bien, no sabré como pagártelo.
Los nervios le hacían saltar de la silla, como si le hubieran metido el amortiguador de un camión a modo de supositorio.
—Ah, pues puedes adelantarme algo. ¿Serías capaz de encontrarme textos sobre mecánica de fluidos? Es que necesito
información sobre eso —le pregunté mientras le tendía una pequeña nota con una lista.
—Al momento, caballero.
De un salto encendió el ordenador y el módem, y se puso a teclear con un ataque de Parkinson.

 

¿En realidad está Ángel enamorado? ¿Y le servirán los consejos de Cacho? ¿Què clase de obscenidad es esa de la Teoría de Fluidos? Todo esto y más en las próximas entregas…

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