Capítulo 1: El Dedos, La Milagrosa y unas clases (versículo octavo)

Un par de horas más tarde, subí las tres plantas que separaban su casa de la mía con un CD lleno de archivos de texto y la promesa de Ángel de que, en sus ratos libres, me buscaría más. Abrí la puerta del piso y con el codo encendí la luz de la entrada; dejé el disco y las llaves encima de la mesa del salón y me adentré en las peligrosas profundidades de la cocina. Bajo la luz del tubo fluorescente, todo se impregnó de una claridad mortecina en tonos Blanco Pasillo De Hospital. Había ollas medio sucias y sartenes sucias por completo en todas partes; bastantes platos estaban recubiertos de un moho verde oscuro y, por momentos, temía que alguno cobrara vida y echara a andar por el pasillo para irse a acostar en mi cama. Me armé de valor y abrí el frigorífico; allí no había suciedad, ni limpieza, ni nada de nada… Estaba tan vacío como el cráneo de una candidata a Miss Fiestas de la Recogida del Champiñón Tempranero. «¿Y ahora quévoy a comer? Juan, no te alarmes y busca —me dije—, verás como encuentras». Empecé a abrir y cerrar puertas, a subirme encima de las sillas para rebuscar en las repisas de la alacena… Una lata de atún caducada hacía año y medio, un par de cajas de leche con las que se podría hacer una estupenda cuajada, cajas de cerillas, un par de calcetines que no encontraba desde hacía varios meses —mira qué bien—, una bolsa de patatas que fueron fritas —día arriba, día abajo— cuando Moisés hacia piragüismo por el Nilo… «En fin, de todas maneras no tenía mucha hambre», me dije intentandoconvencer a la orquesta que aullaba desde hacía media hora desde el Royal Estómago Hall Auditórium.

Apagué la luz de la cocina prometiéndome, un día más, que al día siguiente la limpiaría y sabiendo que una vez más no cumpliría mi promesa. Encendí la televisión y me senté en el sofá. El salón, aunque pequeño, era lo justo para mis necesidades: una mesa de centro, el sofá, el mueble con la televisión, un par de repisas abarrotadas de libros, una mesa junto a la ventana de cara a la calle, ceniceros por todas partes, un póster desde el que Einstein me sacaba la lengua, un par de láminas de Escher y pare usted de contar. Mientras que al otro lado de la pantalla cuatro impresentables discutían como verduleras sobre si Mariquita Gutiérrez de Cotolengo le era infiel o no a su marido, elConde de las Cuatro Hierbas, yo divagaba sobre todo lo que había visto y oído durante el día. No dejaba de darle vueltas a la cara de Amparo, al hipotético sabor de sus labios, al perfume que emanaba de su cuello y a lo impresentable que resultaba que un tipo de 33 años anduviera pensando en una chica que difícilmente llegaría a los veinte. La realidad era triste; hacía bastante tiempo que no me comía un roscoy ya iba siendo hora, pero una cosa era satisfacer las apetencias y otra conformarte con chavalas de más de cuarenta kilos y la Primera Comunión recién hecha. Quizá, lo que en realidad me daba miedo no era lo que yo pensara de la chica,sino lo que ella pudiera pensar de mí; podía verme como un incipiente viejo verde o como un treintañero desesperado, más caliente que el tejado de cinc sobre el que caminaba lagata. «Eso era lo que nos faltaba, Juan».

Apagué la caja tonta y me fui al rincón de pensar, junto a la ventana. En la mesa convivían el ordenador, una pequeña lámpara, un vaso lleno de lápices, un paquete de folios en blanco, montoncitos de clips, la correspondiente ración de polvo… Allí era donde pasaba la mayor parte del tiempo que estaba en casa, y escribía, leía o simplemente disfrutaba de la vista del barrio que tenía desde la ventana. Justo delante de la mesa veía todos los tejados con sus antenas, sus tejas manchadas de matojos y cagadas de palomas; la Catedral a lo lejos, con su torre de menos y su muñón de más, y las calles vacías, tan sólo violadas de vez encuando por el camión de la basura. A pesar de que aquella vista no se podía comparar a uno de esos paisajes de postal y cartel, a mí me encantaba mirar por esa ventana.

En situaciones así me sumerjo en la oscuridad y observo el movimiento tras los cristales. Me invento las vidas de las sombras que entreveo a través de las cortinas, me invento sus nombres, sus trabajos, sus sueños. Algunas las imagino cansadas de sus monótonas vidas, otras, alegres y dicharacheras, poniéndole buena cara al mal tiempo. A algunas las veo amargadas, arrastrando los pies al igual que la vida las arrastra a ellas… Y así paso las horas, mirando al vacío, alimentando mi cabeza de vidas imaginarias, como si no tuviera bastante con las reales.

En otras ocasiones, le doy vueltas a mi gran sueño. Desde mi época de facultad, me ronda la cabeza una idea, una locura: intentar explicar el comportamiento de la gente a través de las Matemáticas. Sí, ya lo sé, estoy loco; para encerrar, de acuerdo, pero no menos que los que coleccionan posavasos o se dedican a escribir novelas. Imagino a la gente como pequeñas gotas de agua, cada una viajando a su libre albedrío, viviendo sus vidas sin pensar en las de los demás. Pero las gotas de agua no viajan solas ni se mueven al azar sino que lo hacen siguiendo cauces, sometidas a fuerzas, sujetas a los cambios de temperatura, a los caprichos de las tuberías, a los deseos de los límites de un vaso de cristal de Sevres. ¿Y si con la gente ocurriera lo mismo? ¿Y si no pudiéramos predecir el comportamiento de una sola persona, pero sí el de todo un país, el de un continente, el de una civilización? Ya sé que las personas, de una en una, se comportan de forma irracional, dejándose llevar por angustias, temores, ansias, anhelos, sueños, rencores, envidias, celos, odios, penas, risas, y hasta por calentones inguinales. Pero, quién sabe, quizás un día podría encontrar algo que me ayudara a pronosticar el devenir de la civilización. Para eso no paraba de devorar todo lo que encontraba sobre mecánica de fluidos, teoría del caos y demás textos ininteligibles para la mayoría de los mortales. Si no fuera por mi título de licenciado en Matemáticas, para mí sería igual. Sólo una cuestión: el día que consiga el más mínimo resultado sobre mis elucubraciones y logre una herramienta predictiva, prometo no poner un gabinete de tarot telefónico. Palabra de Juan Cacho.

Después de ordenar un poco lo que había encontrado Ángel en Internet y de añadirle un par de notas de mi propia cosecha, empecé a sentir cómo los párpados comenzaban a pesarme como si estuvieran hechos de plomo. Así que a las once y media, hora muy temprana para lo que estaba acostumbrado, me acosté pensando en Amparito y en lo que escondería debajo de aquellas ropas de estudiante universitaria.

Despedida y cierre.

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