Capítulo 2: Amparito, Baskerville y las angustias de una madre (versículo primero)

El viernes por la mañana me despertó la estridencia de los altavoces de un coche vomitando propaganda electoral. Sí, efectivamente, se acercaba esa época en la que todos los políticos se convierten en felices abrazadores de niños, especialistas en promesas difíciles de cumplir y fáciles de hacer, hábiles contertulios cargados de frases rebuscadas e inteligentes —evidentemente paridas por el cerebro de otro— y feroces ataques a la yugular del rival de turno aunque, sin embargo, compañero a la hora de subirse el sueldo. Las calles llevaban varios días disfrazadas de carnés de identidad con las fotos de los aspirantes a poltroneros municipales, concejalillos de lo que sea y directores de lo que su excelencia guste mandar, pegadas en cualquier parte. Algunos muros habían aumentado de grosor en varios centímetros gracias a la acumulación de cartel sobre cartel, como una enorme lasaña de siglas y eslóganes. Yo, la verdad, pasaba —y paso— de la política como de desayunar limaduras de cristal en pan de molde, así que les prestaba toda la atención que se merecían.

Tras acicalarme e intentar mejorar mi aspecto en vano, bajé hasta la calle para acercarme a la Academia La Milagrosa. A pesar de mi aversión al ejercicio físico y a todo lo que no sea sudar en compañía de una señora o señorita, decidí recorrer la distancia que me separaba de ella a pie; de esta forma podría darme un paseo y abrir algo el apetito, ya que llevaba un tiempo sin ganas ni de comer. Mi barrio era muy normalito, como casi todos los barrios obreros de casi todas las ciudades del mundo. Los bloques de casas, altos y marrones, eran grandes colmenas en las que la vida se reduce a una cena callada y un par de horas delante del televisor. Las calles eran un continuo ir y venir de señoras cargadas con cestas de la compra, niños con caras de cordero degollado y mochilas a cuestas camino del colegio, carteros repartiendo letras, recibos y felicitaciones de cumpleaños de El Corte Inglés, autobuses de línea, bancos de madera llenos de pensionistas observando cómo los operarios del Ayuntamiento arreglaban el penúltimo bache —demos gracias a las elecciones—. En las pequeñas tiendas del barrio la vida seguía su monótona cantinela diaria, sólo avivada por el último chisme, los últimos cuernos de la del quinto con el del butano, la última pelea a tirones de pelos entre dos vecinas por no guardarse el sitio en la cola de la pescadería, la pérdida de empleo del vecino del tercero «pobrecillo, con lo majo que es». En algunas de esas tiendas, las profesionales del despelleje eran capaces de tomar entre sus manos a una virtuosa madre de familia, amante y fiel esposa, y convertirla en la reencarnación de una de las amigas más revoltosas de Mesalina.

Lo que no faltaban eran bares. Dabas una patada a una piedra y debajo de ella te encontrabas una barra de latón, un par de grifos de cerveza y una enorme máquina de preparar cafés. Y al lado de cada bar, el pedigüeno en sus distintas versiones; uno pide para un bocadillo, otro para un hijo recién nacido, los menos para coger un autobús, pero al final todos terminan hablándole al fondo de un vaso de vino blanco. Sin embargo, lo que más destacaba en mi barrio era la ausencia de verde. Los jardines se veían limitados a las macetas de geranios de algunas terrazas y a la hierba que alguno que otro se fumaba en la parte de atrás de un coche abandonado. Y es que los niños tenían que jugarse la vida pegándole patadas a un balón al borde de la acera, preparando una portería con dos piedras y dejándose el pellejo de las rodillas en el cemento. Las calles seguían los derroteros de una enorme cuesta con los bloques colocados casi al azar, como los juguetes en el suelo del dormitorio de un niño de seis años. Al final de la calle principal, cuando creía que me iba a pisar la lengua con los zapatos, vi por el rabillo del ojo el letrero de plástico blanco de la academia. Dando gracias a Dios y tomando aire antes de abrir la puerta, entré en el local. En el despacho, Jaime Calahorra aporreaba las teclas del ordenador como un pianista loco, borrando constantemente lo que acababa de escribir, seguramente porque, con sus dedos regordetes y blancos como espárragos de lata, apretabacuatro teclas a la vez.

—Jaime, ¿se puede?

—Claro que sí, Juan. Pasa, pasa.

Empujó con la barriga la bandeja en la que descansaba el teclado y ésta se ocultó debajo de la mesa; o quizás se escondió ella solita para no seguir sufriendo el castigo al que estaba siendo sometida.

—Venía a ver si ya tenías preparados los horarios. los alumnos. Empezamos dentro de diez días. Este lunes no, el otro, me respondió mientras me tendía unos cuantos folios.

—Sí, claro, a primeros de mes. Me hago una idea.

A veces, creo que este hombre pensaba que todo el mundo necesitaba que les explicaran las cosas varias docenas de veces. ¿Deformación profesional o personal? Le eché un vistazo por encima a los listados de alumnos. Como siempre, las clases de secundaria estarían llenas y la de universitarios sólo tendría diez alumnos. Mejor.

Con los folios debajo del brazo y más hambre que un caracol en una fábrica de ventanas, desanduve lo andado, me dejé caer por la cuesta y llegué hasta donde tenía aparcado el Panda. Hay mañanas en las que Dios aprieta y ahoga, y ésta era una de esas en las que el viejo de la túnica blanca y largas barbas me tenía puesto el pie encima del cuello. Después de tirarle treinta y seis veces a la llave de contacto, darle dieciocho patadas a la altura del guardabarros y acordarme de la madre del ingeniero jefe de la fábrica, no había manera de arrancar el puñetero coche, así que, armado de valor y de la paciencia de toda la familia del santo Job, me planté a esperar el autobús de la línea 26. Como era habitual, tardó, más o menos, lo mismo que tardaría una cuadrilla de pintores en darle tres manos de cal a la Muralla China por los dos lados. Cuando apareció en lo alto de la cuesta tuve que reprimir mis deseos de darle un beso en los morros al conductor.No está la cosa para semejantes exhibiciones.

 

¿Por qué odia a los políticos? ¿Y esa aversión al ejercicio físico? ¿No creen que no debería hablar tan mal de su propio jefe, tal y como están las cosas? ¿Y por qué no participa en la reactivación de la industria de este pais, cambiando de coche? Todo eso y más en las próximas entregas de Juan Cacho o un cacho de Juan

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