Capítulo 2: Amparito, Baskerville y las angustias de una madre (versículo segundo)

Media hora más tarde me bajé en la parada que quedaba junto a la casa de mi madre; cerca del centro de la ciudad, en la Plaza de Capuchinos. Es uno de esos barrios antiguos, centenarios, en los que la especulación ha permitido que las grandes casas de vecinos se fueran cayendo, una a una, como dientes de leche en la boca de un jovencito, para dejar que
crecieran enormes colmillos de bloques impersonales. Sólo la iglesia que me vio bautizar y las escaleras de piedra que subían hasta la plaza conseguían traerme a la memoria el lugar donde he vivido casi veinte años. Si no fuera por ellos, pensaría que un millonario caprichoso había trasladado un barrio piedra a piedra desde Dios sabe qué carajo de sitio, y lo había trasplantado allí. Muchos recuerdos vivían entre esos adoquines. Aún recuerdo una tarde de mi niñez… Acababa de terminar de llover y la acera no estaba en condiciones de practicar el deporte patrio. El Virutillas, un compañero del colegio hijo de un carpintero, había encontrado un balón de reglamento justo detrás de su casa, pero estaba rajado, y en esas condiciones no podíamos imitar a nuestros héroes.
Claro, si tenemos a cuatro chavales sentados en un escalón, pensando en cómo pasar la tarde, aburridos… Al final pasa lo que pasa. Uno vio las piedras, otro la pelota, y al instante saltó la chispa: rellenamos el balón de ladrillos, chinos de obra, arena y barro, hasta dejarlo perfectamente esférico y lo colocamos en el centro de la acera. Allí estábamos los cuatro, con nuestras caritas inocentes, sentados en un escalón del portal y el balón plantado esperando a que alguien hiciera lo que se espera de él. Poco tardó en caer el incauto. Un vecino de dos bloques más arriba, que siempre andaba echándonos la bronca porque no le dejábamos dormir la siesta, se acercaba a la pelota. En sus ojos veíamos brillar el instinto del delantero centro. Aceleró el paso, acomodando el ritmo de sus piernas a la distancia al balón —no es que cogiera  carrerilla, pero los dos últimos pasos los dio más ligeros—, echó la pierna derecha hacia atrás y le propinó un tremendo
punterazo al balón pétreo. Era de esperar que la pelota no se moviera ni un centímetro de su lugar. Solamente un poco de arena salió despedida de su interior al impacto con el pobre pie, que se quedó clavado, quieto, muerto, mientras el resto del cuerpo describía una lenta parábola para caer de boca en la acera, a escasos metros de nosotros. Evidentemente, fue caer al suelo y sonar el disparo de salida de los cien metros lisos estilo libre. Todos corríamos sin parar de reír, como si nos persiguiera el diablo, lo cual no estaba muy alejado de la realidad. A nuestras espaldas, el vecino no dejaba de acordarse de nuestras madres, padres, abuelos y parientes fallecidos mientras intentaba perseguirnos sin éxito. No era por falta de ganas, es que el pie se le puso del tamaño del balón y, reconozcámoslo, así es difícil perseguir a cuatro mocosos. «Pies para qué os quiero…».
Volviendo a lo que estábamos, sin perder el tiempo con melancolías, me preparaba mentalmente para el chaparrón
de preguntas, suspiros, quejas y reproches que me iban a caer encima por parte de mi madre. No es que me llevara mal
con ella, ni mucho menos, lo que le pasa es que aún me veía con trece años —como la mayoría de las madres ven a sus
hijos aunque tengan cincuenta y seis años, siete hijos y tres nietos—. Seguía intentando protegerme del mundo,  arroparme por las noches y darme la sopita caliente ella misma con la cuchara: «Aquí viene un avión, brrrrrrrrrrrrrrrr». Por eso, cuando abrió la puerta, ya llevaba puesto mi chubasquero mental contra riadas de madres.

 

¿Se puede ser más gamberro? ¿Qué le paso al pie del vecino? ¿Alcanzó a alguno? ¿Consiguió vengarse? ¿Qué ocurrió cuando Cacho llegó a casa de su madre? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. O no.

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