Capítulo 2: Amparito, Baskerville y las angustias de una madre (versículo tercero)

—Ay, mi niño, qué sorpresa —me apretujaba, abrazaba y besuqueaba; con lo que me gusta a mí eso… Allí estaba ella, de nombre Dolores —qué gran acierto el de mis abuelos—, con la bata floreada que le trajo mi difunto padre de un viaje a Ceuta, sus pantuflas de pelillo por dentro y el sempiterno trapo en la mano derecha. A pesar de que rondaba los sesenta años —y no me pregunten por su edad exacta porque a veces me cuesta trabajo recordar la mía— exteriormente no tenía pinta de abuela. Rubia de peluquería, siempre iba con sus uñas arregladas de manicura y su cara pintadita, no fuera a ser que se pusiera mala de repente y el médico la pillara despeinada y sin arreglar.

—Hola, mamá. Pasaba por aquí cerca y me pensé…

—Qué poquito vienes a verme, descastado —ya empezaba el aluvión: todo el mundo a los refugios—, sólo te pasas por aquí cuando tienes ropa sucia o te hace falta dinero.

Mientras hablaba, me abrazó, me dio dos besos y empezó a andar por el pasillo, arrastrando unos pies cansados y moviendo lentamente sus piernas llenas de varices.

—Que no, mamá, de veras. Venía a ver cómo estabas y…

—Sí, sí, y yo aquí preocupada por ti. Fíjate lo delgado que estás, por Dios, si se te ven los huesos…

Me señalaba y apuntaba sus dedos desde la punta de mi pelo hasta las suelas de los zapatos, como si me estuviera haciendo un escáner con las manos.

—Pero qué va…

—Anda, pasa y siéntate que te voy a preparar un buen plato de comida como los que hace tiempo que no te comes. —El torrente crecía y crecía, y no me dejaba intercalar palabra, tan sólo algún «sí» o un «bien» cada quince minutos—. Bueno, cuéntame qué es de tu vida. Espero que estés trabajando en algo. ¿No? Pero, claro, será cualquier trabajillo de esos de tres al cuarto, en vez de prepararte las oposiciones y meterte a trabajar en un banco, un trabajo como Dios manda…

Me faltaban escasos segundos para poner el cerebro en piloto automático, apagar las conexiones con mis oídos ydejarme deslizar por mi mundo interior.

—Si es que no me haces caso. Y seguro que no comes nada. Nada más hay que verte la cara y esas ojeras que me traes…

Mientras hablaba no paraba de dar vueltas por la cocina como un ciclón amazónico encerrado en una habitación de dos metros cuadrados. Iba de una punta a la otra, pelando, cociendo, encendiendo la vitrocerámica, sacando fruta del frigorífico, mientras que no cesaba de hablar de absolutamente todo: de mí, de lo mal que me encontraba, de lo mal que estaba ella, de sus dolores de espalda, de su artritis, de sus piernas y sus varices, de que si mi tía Pilar hacía más de un mes que no la llamaba, de lo mal que me veía, por si no me había quedado claro… Menos mal que, mientras mi cuerpo permanecía sentado en una pequeña banqueta de madera con el respaldo tapizado en tela de flores, mi cabeza se encontraba lejos de allí. Tras muchos años de duro entrenamiento era capaz de seguirle la conversación, moviendo afirmativa o negativamente la cabeza —dependiendo de la oportunidad— mientras pensaba en otra cosa. Eso me ha librado de una adicción a los analgésicos o de varios intentos de suicidio cortándome las venas con la maquinilla de afeitar. Con la eléctrica, por supuesto.

—Anda, siéntate aquí a mi lado, y cuéntame algo, que nunca me cuentas nada.

—Bueno, no tengo nada que contarte en especial. Dentro de un par de semanas vuelvo a trabajar en la academia que está al lado de casa…

—¿En la del agarrado? Ése es un encogido que te paga cuatro perras por tirarte allí todo el verano. Tú te mereces otra cosa, algo mejor. Fíjate en tu primo Pepe, el de tía Marta. Ahí lo tienes, trabajando en el banco. Ése, con lo pelota que es, seguro que termina siendo director de sucursal.

—Pero mamá, no empieces otra vez. Yo no sirvo para eso, tú lo sabes.

Ella tenía la facultad de hacerme sentir como si volviera a tener diez años, pidiendo excusas por todo, reclamando su perdón y clemencia por cada acto de mi vida, como cuando le tiraba el jarrón del pasillo o manchaba la alfombra con mis rotuladores.

—Ya lo sé, ya lo sé —me agarró la cara con sus dos manos, apretándome los carrillos—, pero entiende que yo siempre quiero lo mejor para ti. Tú sabes que siempre serás mi niño, y también sé que soy a veces muy pesada —no sólo a veces, pensé yo—, y cuando te veo así, tan delgadito, me da una cosa por dentro…

—Mamá, no te preocupes —la miraba a los ojos, un poco húmedos y hermosamente azules. Tomé sus manos entre las mías y las besé—. Todo eso te pasa porque soy tu hijo preferido y me tienes que querer por lo guapo que soy.

—Ayyyyyyyyyyyy, mi niñooooooooooo, qué pelota que es… —Me revolvió el pelo, como cada vez que le traía del colegio sobresaliente en Matemáticas—. Anda, pégate a la mesa, que ya está la comida lista.

¿Por qué no visita más a su madre? ¿Es un descastado? ¿Un mal hijo? ¿Es adoptado? ¿Por qué no hace como su primo Pepe? ¿Qué trabajo le cuesta hacerle caso a su madre? Todas esas preguntas y más, tendrán respuestas en próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. O no.

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