Capítulo 2: Amparito, Baskerville y las angustias de una madre (versículo cuarto)

Y me comí un enorme plato de sopa caliente, con su pan frito, sus taquitos de jamón y su huevo duro. Aparte de achicharrarme la boca y de empañarme las gafas con el vaho que salía del plato, casi se me caen dos lagrimones como
puños; hacía tiempo que no me comía nada tan rico; quitando a la camarera de aquel bar de la costa, pero eso fue
tanto tiempo atrás…
Y ella habló, y habló, y habló, y yo la miraba, asentía, la escuchaba o hacía que la escuchaba mientras masticaba el filete de ternera que me puso de segundo, mientras pelaba la manzana, mientras me comía un tazón de arroz con leche. Y pasaron las horas, casi en un suspiro. Si es que a veces me quejo de vicio. Cuando quise darme cuenta era la hora de darle la clase a Ángel, así que me levanté de un salto, la besé en la frente haciéndole la firme promesa de que me echaría novia y la haría abuela pronto, y salí de vuelta al barrio.
Cuando llegué a casa de Ángel ya no me esperaba; era normal, llegaba una hora tarde, malditos autobuses de línea. Mi vecino estaba sobreexcitado; no paraba de dar vueltas por el cuarto. Se sentaba, se levantaba y se volvía a sentar, se
tocaba el pelo, le daba vueltas al pendiente; todo eso mientras me intentaba contar lo que le había pasado el día anterior.
Hoy no había ni dudas ni ejercicios por hacer ni nada por el estilo. Hoy el tema era La Edad de las Hormonas Revolucionadas.
—Juan, tío, eres la leche. Te hice caso y funcionó, joder si funcionó.
—Pues claro que funcionó. Cuéntamelo todo, pero tranquilízate, que te va a dar un infarto y, además, me estás
poniendo nervioso, cojones.
Se sentó junto a mí, respiró hondo tres veces o cuatro y empezó a desgranar su aventura del jueves por la tarde. Previo pago de un bocata de calamares y una Coca-Cola, una compañera de clase de su amor platónico le dijo cuál era la sala en la que ella entraba a chatear algunas tardes y, a cambio de los bocatas de todo el resto de la semana, le reveló cuál era su pseudónimo: Donatella.
—Joder, qué nick más rarito tiene la niña. Espero que no se llame así.
—No, se llama Encarni, y a ver si me dejas que termine de contártelo.
Después de echarme la bronca, continuó. Él entró en la sala Adolescentes, con el apodo de Baskerville…
—¿Baskerville? Anda que tú, tienes un ojo para los nicks. Jajaja, a no ser que seas un poco perro… Bueno, vale, me
callo, no me mires así.
—Vale. Pues eso, entro en la sala con mi nick, y la busco… Al principio no estaba, y ya, casi cuando me iba a desconectar,
apareció.
—¿Y?
Este chaval contaba las cosas tan lentamente que me temía que tendría que quedarme allí a dormir para saber el final de la historia.
—Bueno, al principio me daba miedo hasta escribir un simple «hola», pero luego le eché un poquito de valor y la saludé. Ella me respondió. Yo le dije que qué tal, que cómo estaba… Ya sabes, tonterías de esas —bien, parecía que el chaval tenía aptitudes—. Me preguntó que qué estudiaba… «Qué coincidencia, igual que yo…», «no me digas, ese es mi  instituto…» Pero no le dije quién era ni mi nombre ni mi clase. No me atreví. Empezó a hacerme preguntas, a intentar averiguar quién era; me dio el pánico y corté. Por poco si me da un patatús cuando llamaron al teléfono. Menos mal que era mi madre para recordarme que…
La puerta del cuarto se abrió de repente. Ángel se quedó con la palabra en la boca, colgándole del labio, balanceándose
hasta caer a sus pies y morir en un mudo plof. Bajo el marco de la puerta, Nieves, la hermana treintañera de Ángel, apareció con una bandeja.
—Hola, he llegado del trabajo y os he oído hablar. He pensado que tendríais ganas de merendar algo.
Sobre la bandeja descansaba un plato lleno de triángulos de pan de molde con chorizo y jamón cocido, un par de latas
de Coca-Cola y un cenicero.
—Vaya, vaya, hermanita, qué susto me has dado.
—Hola, Nieves, cuánto tiempo…
Como el caballero que realmente no era, me levanté y besé a Nieves en las mejillas. Debería haber notado el sutil cambio de color en ellas pero, como era habitual, mi nivel de despiste alcanzaba cotas de plusmarca mundial.
—Hola.
—Estás muy perdida, casi no se te ve por el barrio.
La hermana de Ángel no era una de esas mujeres explosivas que sólo se ven en los almanaques de los talleres de coches y en los anuncios de desodorantes, pero tenía algo que la hacía especial; quizás fuera su sonrisa, un tenue movimiento de labios, o su particular manera de mirar casi sin pestañear. Cada vez que la veía regresar de su trabajo en una asesoría fiscal, llevaba su media melena castaña recogida con un coletero a la altura de la nuca, su falda por debajo de las rodillas y su chaqueta de sastre. No solía pintarse mucho, lo que resaltaba el tono algo pálido de su piel contra el verde de sus ojos. La verdad, el conjunto no quedaba nada mal.

¿Por qué le hace promesas a su madre que sabe que no va a cumplir? ¿Por qué este Juan Cacho es tan mal hablado, hasta con los adolescentes? ¿A qué se debe el leve rubor en las mejillas de Nieves? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. O vaya usted a saber.

Anuncios

Gracias por dejar tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s