Capítulo 2: Amparito, Baskerville y las angustias de una madre (versículo quinto)

—Oh, bueno, es que salgo muy tarde del trabajo, ya sabes cómo son en las oficinas, siempre hay algo atrasado y… En fin, os dejo que parece que he interrumpido una conversación muy interesante.
—Eso, eso, que estábamos hablando de cosas de hombres.
Ángel se impacientaba por momentos.
—Gracias por la merienda, y a ver si nos vemos más a menudo, aunque sea para tomar café una tarde, ¿no?
—Claro, claro, cuando quieras. En fin, me voy. Si necesitáis algo no tenéis más que avi…
—Que síiiiiiiiii, pesada.
Ángel se levantó de su silla, tomó a Nieves del brazo y la sacó de la habitación, cerrando la puerta. Al otro lado, débil
pero audible, sonó una pequeña risa.
—Encima que se preocupa por ti…
—Por Dios, qué tía más coñazo. A ver si se echa novio, se casa ya de una vez y me deja tranquilo.
—No digas eso, hombre, que tu hermana es muy buena gente. Esto… ¿por dónde íbamos?
—Sí, te decía que empezó a hacerme preguntas para intentar averiguar quién era, así que me cagué y corté la conexión. Y esta mañana, en el insti, no veas. Se lo contó todo a las amigas. Imagínatelas, todas en un corrillo, riéndose mientras ella les contaba nuestra charla, y yo, a dos pasos. Se me iban y se me venían los colores.
—Bien, bien, bien —en realidad sonó fien, fien, fien, porque no soy nada del otro mundo hablando con un sándwich a medio masticar—. No está nada mal, no señor.

—¿Tú crees? No sé, estoy acojonado. Como se huela que soy yo me da algo, Juan.

—No me seas tonto, leches. Mira, si se entera de que eres tú, pues no pasa nada. Lo bueno de todo esto es que la has
interesado, y eso es muy bueno, en serio.
—¿De veras? Joder, qué guay… Si quieres podemos ver si ahora está conectada —y sin esperar a que le respondiera,
encendió el módem, el ordenador y se plantó delante del teclado—. Vamos a ver, vamos a ver…
La pantalla del ordenador pasó del negro absoluto a un azul claro. Manejando el ratón con soltura, dio un par de clics y, al momento, se abrió una ventana en la que podían verse todas las salas de chat de aquella web. Eligió la de Adolescentes,
escribió su nick en un pequeño recuadro blanco y la pantalla cambió. Acabábamos de entrar en la sala. A esa hora, casi las ocho de la tarde, estaba repleta. Las frases aparecían en la pantalla con la velocidad del rayo, acompañadas del nombre de quien las escribía. La mayoría eran insustanciales «holas» y «adioses»; saludos de los que entraban y despedidas de los que se iban porque su padre los iba a ahorcar con el cable del teléfono. A un lado, los nombres de todos los participantes de la sala estaban escritos en una larga lista.
—Mírala, ahí está —y con el dedo, me señaló su nombre: Donatella.
—Oye, esto es un follón. ¿Cómo puedes hablar con semejante caos?
—Jejejeje, es sólo cuestión de acostumbrarse —mientras me contestaba, saludaba a todos tecleando con rapidez—. ¿Crees que debo decirle algo?
—Pues claro. Salúdala, anda, cagado, que eres un cagado.

Y escribió: «Hola Donatella».

Durante unos segundosquizás treinta—, esperamos a que apareciera su respuesta. Y apareció: «Hola Baskerville, qué tal».
—Hostias, Juan, me ha respondido. ¿Qué hago, qué hago? ¡Me cago en la leche!
—Pero tranquilízate, hombre, que te va a dar un infarto. Vamos a ver… Dile que muy bien, que esta mañana estaba
muy guapa en el instituto.
—¿Pero tú estás majara o qué te pasa a ti? Que se va a dar cuenta de que soy yo, joder, y como se dé cuenta no voy ni
a clase, me alisto en la Legión Extranjera y desaparezco.
—Hazme caso; confía en mí, Angelín. Vamos a dejarla más intrigada aún; eso a las mujeres, las vuelve locas, ya lo
verás.
Otro cigarrillo apareció entre mis labios sin que recordara haberlo cogido. Fumaba sólo light, y aquello parecía que
me daba carta blanca para fumar el doble, aunque en cuestión de enfermedades, que se supiera, no había cáncer bajo
en metástasis.
—¿Quieres uno?
Antes de que terminara la frase, cogió un cigarrillo del paquete, se lo puso en los labios y lo encendió aspirando con tanta fuerza que parecía que se lo quería fumar en dos caladas. Mientras lo hacía, escribió: «Muy bien. Hoy estabas muy guapa en el instituto».
Y se hizo el silencio.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Mierda, ¿se ha cortado? No, no, entonces ¿qué pasa?, ¿por qué no contesta? Ay, que he metido la pata…
—No, sólo está sorprendida; no se lo esperaba. Dime, ¿llevaba algo que te gustara especialmente?

Realmente aquella situación me estaba gustando, disfrutaba de lo lindo. Parecía que era yo el que intentaba ligarse a la muchacha de marras.
—Joder, llevaba un vaquero apretadito que no veas.
Por poco se le salen las hormonas por las orejas al chaval.
—No, eso no me vale. Mira, a las mujeres les gusta saber que te fijaste en su peinado, o si se pintó o no; en cosas de esas, no en si tienen un culo de primera o unas tetas de impresión.
Este era el instante en que me podía aplicar el Teorema de los Consejos Intramusculares: aplícate a ti mismo el parche, Juan Cacho.
—Ah, pues… Déjame pensar… Mmm… Hoy no llevaba el pelo suelto, lo llevaba recogido en una coleta. A mí me gusta
más con el pelo suelto; tiene una pinta de leona que…
—Pues dile eso, pero cállate lo de la pinta de leona.
Y escribió: «Aunque prefiero que te dejes el pelo suelto».
De nuevo silencio. Algunos de los otros participantes de la sala empezaron a hacer comentarios sobre las frases de
Baskerville: que si estaba salido, que si vaya morro el del colega; vamos, una conversación de lo más íntima.
—Oye, Ángel, ¿no se puede hacer que tú y ella habléis sin que se enteren los demás? Es que a lo mejor ella se corta un poco.
—Sí, claro. Eso se llama un privado. Verás…
Con el ratón, señaló el nombre de Donatella de la lista de participantes, hizo clic dos veces sobre él y una nueva ventana,
menor que la otra, se abrió en la pantalla. En ella sólo se veían los nicks: Donatella y Baskerville.
—Ahora repítele lo que le has dicho antes y dile que prefieres hablar así, en privado, si es que a ella no le molesta.

A la vez que le iba hablando, iba tecleando en su ordenador. Yo me sentía como un Cyrano moderno, susurrando palabras a un enamorado, aunque ella no estaba en un balcón, sino al otro lado de la pantalla, quizás a kilómetros
de allí.
Ella respondió: «Gracias, eres muy amable. No me importa que hablemos aquí. Además me tienes muy intrigada,
Basker».
—Hostias, Juan, está intrigada, pues llevabas razón. Sigue, sigue hablándome que yo seguiré escribiendo…

 

¿Seguirá escribiendo? ¿Qué sucederá? ¿Por qué se buscan esos apodos tan complicados? ¿Por qué la hermana de Ángel es tan cotilla? ¿Y que hace un tío tan viejo en plan coleguita con un quinceañero? Todo eso y más podrá, o no, quedar respondido en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”

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