Capítulo 2: Amparito, Baskerville y las angustias de una madre (versículo sexto, Camilo)

Y así pasamos un buen rato; yo hablando por su boca, o mejor dicho, por sus dedos. Quería que ella tragara el anzuelo hasta el fondo, y para ello le sugería que fuera cuidadoso y galante, que le dijera cosas bonitas pero sin pasarse de  celoso, que a veces fuera un poco pícaro, pero sin llegar a ser obsceno… Ella no dejaba de reírse, de decirle que se lo estaba pasando muy bien con él y cuando Ángel le dijo que debía cortar ya, un «OHHHH» que tenía toda la pinta de ser muy sincero apareció en la pantalla. Donatella se despidió mandándole un beso, preguntándole cuándo volvería a verlo, cuándo sabría quién era él, y él se despidió con un breve «Hasta Pronto». Verdaderamente habíamos dejado a Encarni hecha un lío. Cuando salí del cuarto de Ángel, se encontraba en tal estado de excitación que dudo que tardara más de medio minuto en entrar al cuarto de baño y quince minutos en salir.
—Bueno, Nieves, ya me voy. Ahí te lo dejo, al borde del colapso.
Al oírme en el salón, la hermana de Ángel dio un pequeño salto en el sofá; se había quitado los zapatos y permanecía
tumbada a todo lo largo, como la Maja Vestida en el Tres Plazas.

—Ah, hola Juan, no te había oído salir del cuarto —apresuradamente, se incorporó, se puso las zapatillas y se acercó a mí para acompañarme hasta la puerta—. ¿Se puede saber qué le pasa? Lleva unos días totalmente ido.
—Pues qué le va a pasar, que las niñas lo traen por el camino de la amargura. Como a todos.
—Ay, los hombres… No podéis vivir con nosotras ni sin nosotras; no hay quien os entienda.
«Ni a vosotras» pensé. Para entenderlas tendrían que venir con un libro de instrucciones debajo del brazo, aunque
para aguantar el peso de semejante manual, habría que tener la corpulencia de una lanzadora de martillo rusa.
—Ya, bueno, no creas; nosotros somos bastante simples: siempre estamos pensando en lo único.
—Jaja, mira qué gracioso.
—Oye, Nieves, a ver si no te pierdes tanto y tomamos un día cafelito, ¿no?
—No, tranquilo, te tomo la palabra. La próxima vez que te vea, te lo exigiré.
—Estupendo. Adiós.
Cuando cerré la puerta de casa de Ángel, me decidí a subir las tres plantas que me separaban de mi casa a pie, sin coger el ascensor. No era por hacer deporte ni nada por el estilo, sino porque ya me había quedado encerrado en aquella caja de cerillas varias veces; la última, acompañado de una gran cogorza, a altas horas de la madrugada, o a bajas horas de la mañana, según se mire. Así que cuando abrieron el puñetero ascensor, me encontraron dormido y roncando como si me hubiera tragado tres docenas de serruchos, para escándalo de la portera. Cuando me encontraba en los escalones que subían de la tercera a la cuarta, una voz que me sonó ligeramente familiar me saludó.

—Hola, señor Cacho.
Mi primera impresión fue la de cerrar la boca, porque del susto por poco si el corazón no se me va de vacaciones por su cuenta y riesgo. La segunda fue la de acordarme de la madre que parió al que me sobresaltó, pero tal como me di la vuelta esa intención murió ahogada en los ojos de Amparo.
—Hola, ¿qué haces tú por aquí?
Realmente estaba sorprendido. No alcanzaba a comprender qué hacía ella allí. Disimuladamente comprobaba si mis pulsaciones no  pasaban el límite crítico anterior al infarto; al parecer no llegaba, pero las venas me latían con fuerza, no sé si por el susto o por la minifalda de la muchacha.
—Pues nada, que venía de casa del señor Camuñas —hablaba dulce y sensualmente, deslizando las palabras desde su boca en un suave susurro—. Él me da clases particulares de Contabilidad.
—¡No me digas! Pues fíjate qué coincidencia; yo vivo aquí, en la última planta.
Vaya, vaya, vaya. Se presentaba un verano muy divertido.
—Sí que es coincidencia, jejeje
Me miraba fijamente a los ojos, de muy diferente manera a como lo había hecho en nuestro primer encuentro. Una medio sonrisa le arqueaba ligeramente los labios.
—Bueno, pues cuando necesites algo, no dudes en subir, ¿vale? —Eso es, cuando necesite algo; no sé, un baño relajante,
un masaje reconfortante… No se puede ser más buitre, «por favor, Juan, que podrías ser su… Bueno, su hermano  mayor». Todos esos pensamientos podían resumirse en uno: si podía ser su hermano, viva el incesto—. Venga, nos vemos.

—Oh, sí, claro, claro que nos veremos… Hasta luego.
Mientras terminaba de subir las escaleras pensaba en si había sido demasiado tajante en la despedida, si había sido demasiado empalagoso en el saludo o si se me habrían notado mucho los ojos de buitre carroñero con los que la miraba. Al abrir la puerta de casa vi un pequeño sobre blanco tirado en el suelo. Dentro llevaba una nota avisándome de la próxima reunión de la comunidad de vecinos, el viernes que viene, a las ocho de la tarde, en casa del presidente, Odón Camuñas, tercero B, con el siguiente orden del día: lectura del acta anterior —qué interesante—, arreglo del portal —fascinante—, limpieza de las escaleras —no sé si podré esperar a que llegue el día—, ruegos y preguntas —para manchar
los calzoncillos.
No tenía ganas de cenar; el arroz con leche me estaba dando la noche, rodando una película de chinos karatekas en mi barriga. Así que, tal como llegué, me metí en la cama. Antes de cerrar los párpados e intentar olvidar la batalla que se estaba librando en mi estómago, la luz verde del contestador automático llamó mi atención. Al apretar el botón, la voz grabada de Ángel salió del pequeño altavoz para contarme que al día siguiente inauguraban un gimnasio en el barrio y que los cincuenta primeros tendrían el primer mes gratis, que si me apetecía acercarme con él y probar, lo recogiera
a eso de las diez de la mañana. Mientras me debatía en la atroz disyuntiva de acompañar a Ángel o dormir hasta que la cama me escupiera, el sueño me ganó la batalla y todo se convirtió en una espesa negrura de incertidumbres, madres regañonas y niñas de ojos verdes.

¿Podrán tomarse Cacho y Nieves ese café algún día? ¿Irá nuestro héroe a la reunión de la comunidad de vecinos? ¿Por qué le ha sentado tan mal el arroz con leche? Todo eso y más en próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”

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