Capítulo 3: Un, dos, un, dos, albóndigas con tomate y unas copas (versículo primero)

Decididamente soy gilipollas» pensaba mientras me ponía un pantalón de chándal, una camiseta de mis tiempos de la facultad: SOY DE MATEMÁTICAS, ¿QUIERES QUE TE HAGA UN NÚMERO? y unas zapatillas deportivas, seguramente de la misma tirada que las sandalias con las que Moisés cruzó el Mar Rojo. Y era gilipollas porque sólo siéndolo se me podría haber ocurrido hacerle caso a mi vecino e irme con él al Gimnasio Hércules, un sábado: aeróbic, gymjazz, sauna, paddle…, vamos, todo lo que un albañil desea para sus momentos de relax. Con lo poco que a mí me gusta el deporte, auténtico defensor de la máxima Correr Es De Cobardes, no sé cómo me dejé convencer por ese quinceañero del demonio, que me arrastró hasta aquel local abierto a la entrada del barrio, entre la panadería y el estanco. Quizá fue porque tenía la posibilidad de estar entre los cincuenta primeros y que me saliera gratis, quizás por la posibilidad de ver a chavalas con maillots pegaditos a la carne, quizás por no tener que aguantar a Ángel diciéndome que era un cagado cada quince minutos. En fin, a lo hecho, pecho.

Había quedado con Ángel en el portal. Afortunadamente, aquella mañana Doña María del Pilar no se encontraba en su puesto de guardia. Esperaba que la capitana del ejército de porteras la condenara a muerte por no estar en su garita del mostrador. Mi vecino me aguardaba en la puerta, con la espalda y el pie apoyados en la pared, como un flamenco en pantalones cortos. Mientras bajábamos la cuesta del barrio hasta el gimnasio, Ángel no cesó de reírse de mi pinta de deportista y de lo estilizado de mi línea; por mi parte, sin ningún tipo de rencor, le respondía con suaves cogotazos y puntapiés en el culo. Qué quieren que les diga, nunca me he preocupado demasiado por mi aspecto físico. Además, bastante trabajo me había costado crear la perfecta curva de mi barriga —no demasiado pronunciada, sólo lo justito, basada en cervecitas y tapas de magro con tomate— como para arrojarla por la borda ante la más mínima excusa.

La entrada al gimnasio era la típica de todos esos centros de tortura; por todos lados pósteres de tíos, con músculos hasta en el cielo de la boca, en posturas bastante anormales, como si llevaran aguantando las ganas de orinar cuatro días o estuvieran poseídos por un interminable estreñimiento. Las paredes, forradas de madera hasta la altura de la cintura, estaban repletas de estanterías en las que descansaban enormes botes de plástico con nombres tan rimbombantes como Batido Power Muscle o Iron Terminator en Polvo —pero ni un cenicero, oiga—. En la entrada, una chica de no más de dieciocho años que no llegaba a los cincuenta kilos de peso, se aburría mortalmente sentada detrás de una mesa. Tras comprobar que entrábamos en el cupo de los Cincuenta Elegidos Para la Gloria del Gimnasio Gratuito, dejamos las bolsas con las toallas y las esponjas en el vestuario, mientras que un par de adolescentes se enseñaban uno al otro las mínimas curvas de sus incipientes musculaturas.

Si quieres ver animales exóticos, vas a un zoo…, pero si lo que quieres es estudiar el género humano, deberías pasar por un gimnasio. Allí había de todo: individuos con músculos en los párpados, tipos canijos haciendo bíceps delante del espejo y admirándose de su propio poderío físico, señoras redondas vestidas con mallas de rayas, que para poder hacerlas habían tenido que dejar a un circo de tres pistas sin carpa, y niñas que daban vueltas de un aparato a otro; se sentaban y se volvían a levantar, no fueran a empezar a sudar —por Dios Cuqui, eso sería súper desagradable—. Para mi sorpresa, Remedios del Valle, la esposa de Odón Camuñas, el presidente del bloque, vecino del tercero y profesor particular de Amparo, estaba corriendo sobre una cinta. Esa mujer tenía algo que me desorientaba totalmente.

Era muy bonita, con un cuerpo muy bien formado, un culo redondo y unos pechos para echarse la siesta, pero todo eso era necesario entreverlo tras unos vestidos estilo Isabel la Católica, temporada otoño-invierno, siempre de marrón o negro, con las faldas por los tobillos, enormes y anchísimos jerséis, y peinados recogidos en unos moños que matarían del susto al más pintado de los peluqueros. Desde luego era un desperdicio de mujer, a no ser que en casa se convirtiera en modelo de pasarela en ropa interior. Pero vista la cara que llevaba su marido colgada de la frente, era lógico pensarque usara bragas de cuello vuelto y sujetadores de acero laminado. Un día, mientras me compraba una barra de pan en la panadería —dónde si no—, mi portera ponía al día al resto de las señoras sobre la vida y milagros de mis vecinos del tercero; al parecer, ella era muy creyente y pudorosa, y venía de una familia de costumbres muy cristianas; excepto el padre, que un día bajó a por tabaco y nunca más se supo de él. Ayudaba en la Iglesia, colaboraba en las colectas y demás vicios eclesiásticos. Su marido también era muy creyente aunque, según mi portera, más de una vez lo había sorprendido mirándole a ella el trasero. «Y es que una aún está de muy buen ver…»

¿Qué hace un tipo como Juan Cacho en un gimnasio? ¿Por qué siempre esquiva a su portera? ¿Tan buena está la mujer de Odón Camuñas? ¿Qué tenían de malo los vestidos de Isabel La Católica? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

Anuncios

Gracias por dejar tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s