Capítulo 3: Un, dos, un, dos, albóndigas con tomate y unas copas (versículo segundo)

Al fondo, mi casera, Doña Es Más Fácil Saltarme QueDarme La Vuelta, despedía sudor como un aparato de riego por aspersión pedaleando en una bicicleta. Intenté pasar desapercibido a sus ojos de lince charlando con Ángel de la primera tontería que se me pasó por la cabeza, pero ese pequeño recipiente de hormonas a punto de estallar me había dejado solo, hablándole al aire. Mientras yo estaba allí en peligro de muerte, él se dedicaba a coger pesas al lado de una chavala, bastante mona, por cierto. ¡Maldito traidor!, ya me las pagaría.

—Don Juan, no esperaba verle por aquí.

—Yo tampoco, créame —mierda, no me había dado tiempo de esconderme detrás de la columna, o debajo de cualquier máquina—. Veo que ha decidido ponerse en forma, ¿quizás correrá algún maratón o ha decidido presentarse a algún concurso de misses?

—Siempre con ganas de broma, don Juan… Qué hombre éste —sí, sí, de broma—. La verdad, yo no quería venir, porque a mí me da mucha vergüenza que la gente me vea así, casi desnuda, pero es que doña Remedios me ha pedido que la acompañara y aquí estamos. Por lo visto, según me contó su marido, ella está un poco mal de la espalda y sin apenas apetito. Al parecer el médico le aconsejó que hiciera ejercicio —pues qué bien, pensé—. ¿Y usted?

—Bueno, yo también acompaño a alguien: a Ángel, el del segundo —a ese niñato del demonio—. Lo mío no es el deporte, pero ya que estamos…

—Pues muy bien, don Juan. Ande, siéntese aquí a mi lado y dele a los pedales, verá qué bien se siente.

Y mientras me hablaba, golpeaba con su manaza el asiento de la bicicleta. Por un momento temí que, al sentir esos golpes, aquel aparato saliera de estampida, como los caballos en las películas del Oeste. Pues allí estaba yo, moviendo las piernas arriba y abajo, metido en una ropa que me hacía sentir bastante incómodo, y sudando la gota gorda para no moverme del sitio —paradojas de la vida—. Por el rabillo del ojo vigilaba los movimientos de Remedios; bueno, mejor dicho, los de sus pechos. Arriba, abajo, arriba, abajo… A pesar de aquel enorme chándal que llevaba, en el que cabían ella y tres vecinas más, el poderío de su cuerpo se dejaba entrever. ¡Dios!, aquella mujer se merecía reventar doce docenas de somieres con guardaespaldasde láminas incluidos.

—Oiga, joven, ¿usted es la primera vez que viene a un gimnasio?

«¡Cielo santo, mi portera me daba conversación!», pensé tremendamente asustado. A ver si he ligado… Estaba metida con calzador en una malla de lycra que rozaba el límite de su capacidad elástica. El pelo, rizado y chamuscado de echarse tinte sobre tinte, lo llevaba recogido con una cinta ancha de tela de toalla. Vista de cerca, parecía más la madre del batería de un grupo de heavy metal que mi casera.

—Pues sí, Doña María del Pilar, es la primera vez que vengo a un gimnasio.

—Yo hace un par de años estuve en uno, pero lo dejé porque sólo rebajé medio kilo en seis meses… Creo que lo mío es del metabolismo, pero mi hijo Manolo se había empeñado en que debía adelgazar. Que si estar gorda es malo para la circulación, que si es malo para la espalda… Y con tal de no escucharlo hago lo que sea.

Sonreí para mis adentros pensando en el día en que se cansara de escuchar a su Manolo y decidiera ahogarlo de un abrazo con sus propios pechos. La señora pedaleaba a un ritmo más lento que el de un disco de un cantautor cubanoen el exilio, y eso le permitía no parar de hablar, y de hablar, y de hablar…

—Y por si fuera poco, me han puesto un régimen severísimo, basado en frutas, verduras y pescado a la plancha; lo que tiene que sufrir una para estar sexy…

Maldita imaginación la mía; por pensar en aquella señora, embutida en un body de encaje, por poco me caigo de la bicicleta estática. Mientras tanto, Remedios del Valle había dejado de correr en la cinta y había empezado a fortalecer los músculos de sus muslos en una máquina en la que apretaba las piernas hasta juntarlas; las volvía a separar, las volvía a juntar…, como una mariposa de casi metro ochenta.

—…Y en el parto de mi tercer hijo tuvieron que hacerme la cesárea, y claro, estuve ingresada durante…

¡Por el amor de Dios, aquella mujer no callaba! Si hubiese sido sordomuda tendría que haberse echado antiinflamatorios en las muñecas cada día al llegar a casa. Menos mal que había puesto el cerebro en piloto automático y movía la cabeza de forma mecánica, mientras seguía las evoluciones de la señora de Camuñas por el gimnasio.

Al cabo de unos minutos, mientras que la Señora TengoDon De Lenguas me contaba las vicisitudes del banquete de la Primera Comunión de su Manolo, la chica de la puerta entró para avisar que daba comienzo la clase de aeróbic. Remedios dejó de aletear, se levantó y entró en una sala contigua a la que nos encontrábamos. Dando gracias a Dios por los pequeños favores que nos ofrece cada día, me levanté de la bicicleta sintiéndome el ganador de un Tour de Francia y me introduje en la clase.

¿Pero qué le habrá hecho la portera a este hombre? ¿Se dará cuenta su vecina de que no deja de mirarle los pechos? Y su vecino, ¿ligará con la jovencita del gimnasio? ¿Habrá comido Cacho carne con clembuterol? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. O en el BOE, vete a saber.

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