Capítulo 3: Un, dos, un, dos, albóndigas con tomate y unas copas (versículo cuarto)

Como era casi la hora de la comida, me acerqué al Dos Tercios Del Quinto y me metí entre pecho y espalda una ración doble de albóndigas con tomate y patatas fritas para descarrilar un mercancías, dos cañas de cerveza y un café con leche, echándole un par de pelotas a la vida. A la hora de la comida el bar estaba muy tranquilo, porque había que ser un loco, un kamikaze o un hombre sin paladar para comer allí algo que no viniera envuelto en plástico. De todas formas, nunca sabes si lo que te metes en la boca es una lechuga o un trozo de fuselaje de un avión derribado en Kosovo, así que qué más da. Mientras los trozos de albóndigas —de Dios sabe qué clase de animal— caían por mi garganta, escuchaba, una vez más, las historias del Dudu y del Moro: la de aquella noche que se escaparon del cuartel para irse de putas en Melilla y vieron a un coronel legionario entrar en un cuarto con dos jóvenes moritos, la del día que huyeron de un buen montón de marroquíes porque se fueron sin pagar todos los platos de patatas y huevos fritos que se comieron… El Dudu iba contando y el Moro añadía detalles de la historia: que si se meó de la risa en los calzoncillos al ver al coronel, que si se dejó medio uniforme de legionario y varios trozos de piel entre las zarzas huyendo de los moros que le querían cortar las pelotas… Era para quedarse toda la tarde oyéndolos y separando la verdad de toda la ficción con la que iban rellenando sus historias. Cada vez le añadían más detalles, alargándolas hasta alcanzar tintes epopéyicos.

Cuando en el vaso de café quedaban dos sorbos escasos, el Dedos apareció por la puerta del Dos Tercios vestido como una persona más que decente: pantalón de vestir y chaqueta  gris marengo, camisa blanca, chaleco a juego con el  pantalón, zapatos negros relucientes como el caparazón de una cucaracha. Peinado hacia atrás, el pelo brillante con el resplandor metálico de la gomina recién puesta, bien afeitado, las patillas perfectamente perfiladas… ¡Joder, si parecía un banquero!
—Por los clavos de Cristo, ¿pero ese quién es? El Dudu le daba codazos al Moro y éste le devolvía una mirada que quería decir bien a las claras que se pegara los codazos en los huevos, palmo arriba, palmo abajo.
—¡Me cago en todo lo que se menea! Tú, repeinado, suelta al Dedos de donde lo tengas escondido.
El Nino se reía a mandíbula batiente enseñando los seis o siete dientes que aún le aguantaban agarrados de forma desesperada a las encías. Su hermano, el Gollina, le acompañaba en las risas, cosas de gemelos.
—Hay que ver la gentuza esta que no sabe admirar el buen gusto ni la buena presencia.
Vicente, mientras hablaba, se abrillantaba las uñas de la mano derecha en el chaleco. —Moro, ponte otra ronda de lo que estén tomando, que invita el señor Vicente.
—Pero bueno, ¿se puede saber a qué viene semejante despliegue de medios?

La verdad es que antes de que empezara a hablar ya me sabía la respuesta.

—Pues verá usted, señor licenciado, esta mañana la jornada laboral ha sido muy fructífera, jejeje. Y la recaudación en caja ha sobrepasado las mejores expectativas.
—Cualquier día vas al talego otra vez, Vicente —se había sentado a mi lado, y lo envolvía una nube de colonia y  aftershave—. Y paso de mandarte la lima metida en un bocadillo de mortadela.
—No te preocupes, Juan, cojones, que últimamente estoy que me salgo del pellejo. Si hubiera querido, le saco los  calcetines, sin quitarle los zapatos, a un alemán grande y colorado que, por cierto, es el que me ha comprado estos modelitos y ha pagado el peluquero; aunque él no lo sepa aún. Además va a pagar nuestra juerga de esta noche, porque
tú esta noche te vienes conmigo…
—Pero…
—Nada de peros, colega. Hoy pago yo. Y no acepto un no por respuesta. Aunque la tía esté de muerte, sea quien sea; que siempre me dejas tirado por unas tetas.
Y tuve que olvidar mi cansancio, las agujetas, los mareos y todo lo demás. Para una vez que él pagaba; bueno, para una vez que él ponía el dinero; quiero decir, para una vez que… En fin… Pues eso, para una vez, había que aprovechar.
—Bueno, vale, está bien. ¿Y a dónde iremos? Porque a ver si me invitas a cenar aquí; eso sí que no lo acepto.
—Maestro, coño, que aquí se le mira bien.
El Moro se había sentido dolido y para poner más  énfasis puso cara de lástima, lo que hizo que me acordara de la cabra de la Legión.

—No es por nada, Moro, no te molestes. Es que prefiero sacarle las perras al Dedos a base de bien, y dejarlo seco, seco.
—Pues entonces, amigo Juan, tú decides dónde vamos. Me recoges aquí a eso de las nueve en tu descapotable y me llevas a donde prefieras. Y ponte otra ronda, Moro, que tengo la garganta rasposa.
Allí lo dejé, invitando a copas y hablando por los codos. Recé para que a la hora de recogerle le quedaran al menos un par de euros en el bolsillo, porque si no me veía cenando pipas con sal en uno de los bancos del parque. Qué bonito y qué romántico.
Pues a las nueve menos algo estaba allí, como un clavo; bueno, como una alcayata, porque las agujetas en todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo me hacían andar un poco volcado hacia delante, como un marido cornudo bajo el peso del adulterio. No me había puesto de punta en blanco, pero sí todo lo arregladito que podía permitirse uno para salir de copas con un amigo. Elegante pero informal. Recogí a Vicente en la puerta del Dos Tercios y tiramos con el Panda hacia el centro. Aparcamos cerca de puerto, junto a calle Córdoba, a las espaldas de la Alameda. Aún era temprano, pero unas cuantas horas después aquellas calles empezarían a llenarse de putas buscándose el sueldo del día, un sueldo que duraría en sus bolsos el tiempo justo que tardara el chulo de turno en desplumarlas.

La Alameda es un largo paseo, techado del verde de las ramas de los enormes árboles que casi llegan a taparla por
completo, dividida y seccionada por una calle de cuatro carriles, arteria de la ciudad que no cesa de bombear tráfico hacia el Parque y la Prolongación de la Alameda. En uno de sus extremos, el marqués de Larios sostiene su sombrero de
copa, desde hace muchísimos años, y mira extrañado a los conductores, intentando decirles que para qué tantas prisas
en llegar al sitio al que no quieren ir. A ambos lados los comercios se aprietan, uno contra otro, disputándose la atención de los viandantes a golpe de cartel y neón.

¿Qué demonios servían en el Dos Tercios del Quinto? ¿Son tan torpes los alemanes y es tan fácil desplumarlos? ¿Sabe esto la Merkel? ¿Y Rajoy, que opina? ¿Adonde irán Cacho y el Dedos? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”

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