Capítulo 3: Un, dos, un, dos, albóndigas con tomate y unas copas (versículo quinto)

Nos fuimos los dos a tomar unas tapas y unos vinitos a La Casa del Guardia, justo a la mitad de la Alameda. Allí disfruté como un cerdo en una charca, rodeado de toneles de tiempos inmemoriales, de bandejas de cañaíllas y pulpos fritos. Aquellas paredes podrían contar miles de historias de borrachos a los que les da por cantar flamenco hasta las tantas de la mañana, de puñaladas por culpa del vino y de alguna mala mujer. Historias tristes y alegres, pero historias, al fin y al cabo. Nos pedimos unos moscateles con soda y un par de platos de mejillones, pero como nos supo a poco fueron cayendo, una tras otra, una ronda de ensaladilla rusa, una de gambas cocidas, unas conchas finas y otra de mejillones acompañados de unos vasos de Pedro Ximénez y otros dos de Pajarete. La cuenta nos la hicieron sobre el mostrador de madera, apuntando los precios con una tiza que el camarero llevaba sobre la oreja, donde, por cierto, le hubiera cabido la tiza, el borrador y la pizarra si le hubiera hecho falta. De allí salimos cerca de las once de la noche, con el hambre saciada a base de marisco y la sed porsaciar, que para eso éramos dos pozos sin fondo.

Mientras andábamos por las viejas calles del centro, nos contábamos las cosas que nos habían pasado en esos días: sus carreras por los callejones para despistar a algún que otro guardia de seguridad, mis visitas a La Milagrosa, sus escarceos con la Toñi —una prostituta con la que estuvo viviendo varios meses y a la que vuelve a ver de vez en cuando—, mis miraditas a Amparo, las suyas, y mis deseos de dejarla como Dios la trajo al mundo. Hablar con Vicente me era fácil. Era como recorrer calles conocidas; aunque estuvieran a oscuras, o faltara alguna que otra farola, no me daba miedo doblar ninguna esquina, ni acercarme a ningún portal. Allí no había peligro. Siempre había sido así y siempre lo sería. Nunca temíamos ningún reproche ni nos metíamos en los asuntos del otro; si acaso, algún consejo o palabra de ayuda que, como es natural, teníamos en cuenta pero nunca tomábamos como mejor opción.

Decidimos quedarnos por el centro en lugar de lanzarnos a la vorágine de los lugares de moda en la costa. Como todos los sábados por la noche, las calles estaban abarrotadas de jóvenes dispuestos a beberse todo el güisqui destilado durante un año en Wisconsin y a bailar como posesos los ritmos electrónicos de moda. Paseábamos sin rumbo, dejándonos llevar por la marea humana. Para empezar entramos en el Salsa Picante, un bar donde sólo ponen salsa —originalidad ante todo—, y nos marcamos unos merengues y unas cumbias con dos alemanas que nos sacaban tres palmos a cada uno. Me encantó bailar con la que me tocó en suerte; pasarle el brazo por la cintura cada vez que nos cruzábamos, sentir el tacto de su piel bajo la gasa de la blusa… La de Vicente era seca, más bien tirando a árida —estilo Gobi—, y le ponía mala cara cada vez que él intentaba acercarse a menos de dos metros. La mayoría de las veces, Vicente y yo nos entendemos con la mirada, sin tener que articular palabra o hacer extraños signos con las cejas, así que, después de que me mirara fijamente durante tres segundos y de que soplara por lo bajo, nos batimos en retirada aprovechando que fueron a retocarse en los lavabos. Bueno, una a retocarse y la otra a reconstruirse.

De allí nos fuimos a tomarnos unos güisquicitos en el Pub Mira Quién Ha Venido, local de moda entre los treintañeros. En la puerta, un tipo que podía disfrazarse en Carnavales de ropero de tres lunas filtraba la entrada al bar, poniéndole la mano en el pecho y frenando en seco a los que él creía que no daban el nivel para poder tomarse allí unas cañas. «Eh, tú, dónde te crees que vas, vuélvete a casa y no aparezcas por aquí con calcetines blancos». El local no estaba mal: estaba peor. Hay veces que no entiendo por qué un determinado bar se pone hasta el culo de gente, sin ninguna explicación racional, mientras que el de al lado, mejor en muchos aspectos, está tan vacío que hasta se escucha el eco del sonido de las tripas de los mosquitos.

La conducta de las personas, una a una, puede parecer irracional, pero la de la masa ya es el colmo de la insensatez. Como dice el Teorema de la Persecución: Donde va Vicente, va la gente. El local estaba decorado con cartones de huevos pegados a la pared y pintados por un pseudoartista, armado con varios botes de spray de los colores más chillones. La barra era muy alta, las sillas muy bajas, las copas muy caras y en el lavabo se podrían hacer competiciones de natación en aguas menores. Pero bueno, si estaba de moda, había que ir. Allí estábamos, pegados a la barra, en la conocida postura de Buitre Carroñero Inspeccionando La Manada de Gacelas, cuando vi los ojos de Amparo, en la puerta del bar.

—Hostias, Vicente, esa es la niña de la que te hablé antes.

—Coño… Menuda niña. Ahora te entiendo. Será más joven que tú, pero, qué demonios…, está para ponerla a cuatro uñas mirando a La Coruña. Parece que viene con alguien, ¿no?

El Dedos se ponía de puntillas sobre lo que a las cinco de la tarde eran unos zapatos negros y a esas horas eran grises color pisotón.

—Pues sí, eso parece. Pero a él no le veo; está de espaldas, leches. Voy a acercarme a saludarla. «Y de paso, a ver quién es ese que la acompaña».

—Anda, sí, tírale, viejo verde, jejeje; ten cuidado con el rastro de babas que vas dejando, que se puede resbalar alguien. Y tú, rubia —le dijo a una de las camareras, que de rubia natural tenía lo que yo de formal—, ponte otras dos iguales.

¿Cómo acabará la noche del Dedos y Cacho? ¿Ligarán? ¿No ligarán? ¿Tiene algo que ver la incompetencia del servicio técnico de ya.com en la tardanza de esta nueva entrega? Todo esto y más en los próximos días…

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