Capítulo 3: Un, dos, un, dos, albóndigas con tomate y unas copas (versículo sexto, Camilo)

Pero no me dio tiempo. Cuando quedaban menos de cinco metros para ponerme a su lado, sus ojos cayeron en mí y una sombra de pánico cruzó su cara de lado a lado, empañándola durante un segundo; el tiempo justo para darse la vuelta y perderse junto con su acompañante en la maraña de cabezas, troncos y extremidades que intentaban entrar en el local. Me volví, con cierto estado de confusión haciéndose unos largos en mi cabeza hacia el rincón donde me esperaba Vicente. ¿Me había visto? ¿Había huido? Si había huido, ¿era porque me había visto o porque acababa de recordar que se había dejado el butano encendido?

—Jeje, Juan, qué atractivo tienes para las mujeres, sean de la edad que sean, jeje. Parece que ha visto al demonio.

—No sé, me ha parecido muy raro. Verás, no le hecho nada para que me tenga miedo, al menos de momento.

—Anda, tómate otro y verás como todo va cobrando sentido.

Y era cierto. A medida que los güisquis iban cayendo, todo iba teniendo más significado; es decir, nada lo tenía, por lo tanto no había ninguna cuestión por la que preocuparse. No es que estuviera borracho, ni mucho menos, pero a veces el alcohol da una especie de lucidez mental que cuando cesa se echa de menos. Quizás eso sea lo que hunde a la gente enb la botella. Y mientras más bebía, más claro veía que mi sueño, mi teoría sobre el comportamiento humano, tenía menos posibilidades de éxito que un grupo de cinco negros raperos en una reunión del Ku Klux Klan. La gente no era lógica ni racional, ni nada de nada; ni solos, ni en compañía. Somos unos animales extraños que creemos que pensamos, que razonamos, pero sólo nos engañamos a nosotros mismos inventándonos leyes, ciencias, normas, axiomas… «Nada, nada, ponte otra copa más, que esto no tiene arreglo».

Claro, al principio no estaba bebido, pero cuando en mi reloj de pulsera la manecilla pequeña bordeaba el cuatro y la grande ni veía donde estaba, tenía algunos pocos centímetros cúbicos de sangre en cada litro de alcohol. Vicente y yo nos dejábamos llevar por la música y bailábamos como si nos importaran un bledo todos y cada uno de los cánones estéticos, dando saltos de una punta del bar hasta la otra, pisando a todo el mundo, jugándonos una bronca en cada paso que dábamos. Y como la situación se estaba poniendo tensa decidimos irnos de allí, dejando aparte el hecho de que los encargados del bar nos cogieron por la cintura y amablemente nos depositaron en la puerta, o lo que viene siendo varios metros más allá. Si no hubiese sido porque llevo gafas y porque Vicente no sabía distinguir entre arriba y abajo, otro gallo les hubiera cantado… a mis dientes.

Ya por las calles, vacías de gente y llenas de cascos de vidrio, el Dedos y yo nos dispusimos a dar nuestro conocido Recital de Temas Populares para gozo y deleite de los vecinos, alguno de los cuales nos recordó la posible profesión de nuestras madres. Cuando a eso de las seis, a pesar de la anchura de la calle, no hacíamos más que tropezar con las paredes, una voz sorprendida de mujer me habló a mis espaldas.

—Pero Juan, por el amor de Dios…

Al volverme sólo pude intuir una figura nebulosa que se iba y volvía a ratos. Por un momento me recordó el primer televisor que tuvimos en casa. Para ver los programas con nitidez tenías que colocarte en una determinada postura en el sofá; si no, sólo veías rayas y arena de todos los grises posibles. Vicente no pudo decir nada; estaba bastante atareado dejando los mejillones en el escalón de un hermoso portal, cerrado por una gran puerta de madera oscura y un llamador de bronce.

—No sé quién eres, pero bo bebas bás que te estás pobiendo borroso…

Eso sí que era tener dominio de la lengua; ríete tú de los académicos.

—Jajaja, anda, déjame que te acompañe a casa, antes de que te caigas al suelo.

Me pareció una voz familiar, pero mi familia es muy amplia, así que…

—¿Pero quién eres, a ver? Y bo te buevas bás, que be bareas.

—Soy tu vecina, Nieves. Dime dónde tienes el coche, que no estás en condiciones, y tu amigo menos.

—Andaaaaaa, Bievessss, que alegría me da verteeeee. Bo te breocupes por el coche, que yo lo llevo, bi abigo no tiene carné de conducir, así que… Bero yo buedo llevar el coche, Bievecitas, que estoy berfectabente, fíjate, fíjate…

Y en un alarde de masculinidad, me puse a hacer el equilibrio sobre la línea blanca que separaba los dos carriles. Como era natural, sólo un par de veces pisé la raya, mientras que el resto del tiempo pasaba de una acera a la de enfrente, de escaparate a escaparate, de papelera a papelera; vamos, que estaba midiendo el ancho de lacalle.

—Sí, sí, perfectamente. Juan, no seas pesado, dame las  llaves del coche y dime dónde lo tienes aparcado.

—Bueeeeeeno, bo te pongas pesadita, morenilla; aquí tienes las llaves. Y el coche está… El coche está… Huy, jeje, ¿dónde estará el coche? VICENTEEEEEEEEEEEE, ¿TÚ TE ACUERDAS DE DÓNDE ESTÁ EL COCHEEEEEEEEEEE?

—Uagggggghhhhh —me respondió el Dedos—. Ten amigos para esto.

—Joder qué plan.

Mi vecina se estaba empezando a desesperar, al mismo ritmo que se estaba arrepintiendo de haberse parado y puesto las ropas de Señorita Encantadora. Ya lo dice el Teorema del Uso Extremado de las Extremidades Inferiores: en estos casos, pies para que os quiero.

—Bueno, Bievecillas, no te agobies. Creo que está abarcado al final de esta calle, sísísísísísí, bíralo, ese es —rematé, señalando un Audi gris metalizado—. Ah, bues no, jijiji… esbera, es eeeeese de allí.

Premio para el caballero. Unos metros más adelante, el Panda se manifestaba orgulloso de sí mismo, junto a un contenedor de basura. Gracias a Dios, los operarios del Ayuntamiento habían sido generosos y no lo habían echado dentro del camión. Tras luchar arduamente conmigo y con Vicente para que nos montáramos los dos en el asiento de atrás, Nieves arrancó el coche y se puso en camino hacia el hostal donde vivía el Dedos. Tras dejarlo en su puerta y esperar casi media hora a que acertara con la llave en la cerradura del portal «es que se buebe la buñetera», seguimos camino hacia el barrio. Las calles estaban totalmente vacías; acaso, alguna moto con tres quinceañeros encima, algún camión de la basura, un elefante rosa en minifalda… ¿Mmm?

Aparcó el coche cerca del portal, gracias a Dios, porque no estaba la situación como para andar más de quinientos metros.

—Déjame que te eche una mano para bajarte.

—Bo hace falte, Bievecitas, si estoy buy bien.

Si no llega a ser porque no me hizo caso, me dejo los dientes en la acera, junto a un poste de dirección prohibida. Me agarró por la cintura y yo le eché el brazo por encima de los hombros; aún olía a perfume a pesar de la hora que era. A duras penas, dando dos pasos hacia delante y uno para atrás «maaaaaambo, uh», llegamos hasta la puerta del bloque. Me apoyó contra la pared como si fuera una escoba, sacó las llaves de su bolso y abrió la puerta empujándola con el culo. Cuando salimos del ascensor, me empezaron a flaquear las piernas y me dejé caer sobre los hombros de Nieves. La pobre casi no podía conmigo, y estuvimos a punto de rodar los dos por el suelo.

—Ay, Juan, colabora un poco, hombre, que ya casi estamos…

—Huyyyyy, bor boco si bos caebos, jejeje. Oye Bieves, ¿sabes que hueles que alibentas?

Creo que no era un buen momento para mostrarse caballeroso, ni para desplegar los escasos encantos que me quedaban en el cuerpo.

—Sí, sí, ya me lo contarás mañana, que sólo sabéis decir cosas bonitas cuando estáis borrachos o en la cama. Qué asco de hombres, por Dios… Y ahora, dime cuál es la llave de la puerta, anda, Juan…

La verdad, me costó bastante trabajo adivinar cuál de ellas era y después de probar con todas, como pasa siempre, Nieves comprobó que era la última del llavero. Encendió la luz del pasillo con un codo, me arrastró hasta mi cuarto y me dejó caer en la cama como a un saco de patatas. La pobre se sentó unos segundos en el borde y se secó el sudor que empezaba a aparecer en su frente con el dorso de la mano.

—Bieves, qué buena eres, leches, hay que encontrarte un bovio, sísísí… Borque…Gggggg… Eres buy buena bujer… Ggggggg… Bañana bisbo embezamos a buscarte uno… Gggggg…

Creo que tardé unos diez segundos, más o menos, en quedarme dormido. Por la mañana, la lengua estaba inflada como un cartón mojado, intentando ocupar la totalidad del interior de la boca; casi no podía mover los párpados, como si los ojos los tuviera oxidados o cosidos a la cara. La cabeza me latía con fuerza y las venas tocaban el tambor junto a las sienes, torturándome hasta el límite del suicidio. Pero eso no tiene nada de raro o extraordinario, sobre todo después de lo que fui capaz de meterme entre pecho y espalda la noche anterior. Lo que me asustó es que me despertara desnudo, sólo con los calzoncillos puestos, y toda la ropa bien doblada, encima del respaldo de una silla. ¡Huyuyuyuy!

 

¿Cómo es posible que hayan pillado semejante trancazo? ¿Será cierto que vieron a Amparo o solo era producto de los cubatas? ¿Se llevará el Panda el camión de la basura? ¿Miró hacia otro lado Nieves mientras desnudaba a Cacho? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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