Capítulo 4: Unas clases, unas fatiguitas y unos morros (versículo primero)

Cuando me planté delante de la primera clase del verano, unos chavales de 2º de Bachillerato del instituto del barrio, el panorama que se presentaba ante mis ojos era francamente desolador; a esa hora, alrededor de las diez, todo eran ojeras, malas caras y legañas pegadas a los ojos con cemento cola. Y el primero era yo, sin duda. Además del mal cuerpo, todo lo empeoraba la mala conciencia y la escasez de recuerdos. No tenía ni puñetera idea de lo que había pasado con Nieves; temía haber metido la pata, o haber metido la mano por donde no debiera, pero lo que más miedo me daba era que llegara la hora de darle las clases a Ángel y que ella estuviera allí, en el sofá del salón, esperándome para recordarme que olía que alimentaba. Pero bueno, eso lo dejaríamos para más adelante; ahora me esperaba la jauría.

—Buenos días. Mi nombre es Juan Cacho y seré vuestro profesor de Matemáticas este verano. Podéis llamarme Juan,lo prefiero así.

No me gustan excesivamente los formalismos, ni que me llamen de usted; de todas maneras, por dentro pueden estar cagándose en la leche que mamé. Todos los años igual; el primer día tocaban un par de asaltos de reconocimiento, para estudiar al rival, pero a partir de entonces, los puñetazos y los amagos volarían por todas partes. Menos mal que uno ya tiene cintura para eso y más.

—…Y sobre todo espero que nos llevemos bien y no tengamos ningún encontronazo, porque prefiero ser Juan Cacho a ser Juan con un cacho de alguno de vosotros. Así que vamos a llevarnos bien, ¿no?

Risas nerviosas. Alguno pensó incluso que bromeaba; qué equivocado estaba, pobrecillo. El resto de la clase, media hora más o menos, nos la pasamos planteando un poco cómo íbamos a dar la materia en dos meses escasos, explicando un poco el método de trabajo y nada más. Tampoco hay que tomárselo a la tremenda el primer día, pero el segundo…

La mañana iba pasando con más pena que gloria; entre clase y clase me fumaba tres cigarrillos, encendiendo uno con la colilla del otro, porque una hora entera sin la dosis de nicotina, aunque sea del light, es mucho. A medida que iban pasando las horas, el desasosiego iba tomando fuerzas en mi barriga. En un principio creía que era hambre, porque las vitaminas empezaban a hacerme efecto y en el cuerpo sólo llevaba un café y una torta de aceite, pero luego debí rendirme a la evidencia: aquella sensación me la producía la certeza de que Amparito iba a aparecer por aquella puerta. Me sentía como un gilipollas, alterado por la posibilidad de echarle el ojo a una muchacha a la que le sacaba más de diez años y a la que quería sacarle más cosas; experimentaba la misma excitación que a los dieciséis, cuando me pasaba las clases enteras intentando verle las tetas, a través de la manga de la camiseta, a Marisa, la compañera que se sentaba delante de mí. Al final sólo conseguía ver dos sombras pordebajo de las axilas y un enorme dolor de cuello, amén de un calentón de los que hacen época. Y eso es lo normal a esas edades, pero «por Dios, Juan, a tus años, debería darte vergüenza…». Además, estaba lo que pasó el sábado: su huida precipitada del bar, su expresión; vamos, que las preguntas me estaban comiendo por dentro.

Así que cuando dio la una y empezaron a llegar los universitarios me había metido de lleno en mi papel de Profesor Eunuco, Tirando a Homosexual, dejando que las muchachas pasaran por delante de mis ojos y haciéndoles el mismo caso que a un desfile de bandejas de mierda de perro. Pero aquella mañana los hados se pusieron en contra mía; Amparo apareció con sus andares de niña buena, con su minifalda convertida en una segunda piel, y la carpeta apoyada en el pecho. Por una vez en mi vida quise ser folio. El resto del personal era como suelen ser a esas edades, más o menos como lo que veía a diario cuando iba a la universidad: algunos repeinados hacia atrás, imitando a sus banqueros preferidos, jerseys anudados al cuello y pantalones de marca; otros con camisetas manchadas de lejía y vaqueros desgastados hasta el límite del tejido, más cercanos a cantantes de metro que a aspirantes a cajeros. Las chicas, en sus dos versiones: las Yo Aquí Vengo A Estudiar Y No A Buscar Novio, vestidas con lo primero que pillaron al abrir el ropero, y las Fíjate Qué Mona Soy —las de más peligro; no porque sean guapas, sino porque saben que lo son—, peinadas y arregladas a cualquier hora del día. Amparo era distinta a las demás; un raro espécimen de las Tengo Más Peligro Que Una Piraña En Un Bidet. Varias veces me sorprendí mirando sus piernas, de movimientos lentos y elegantes —sobre todo cuando cruzaba una sobre la otra—, y una sombra oscura, llena de premoniciones paradisíacas, se entreveía debajo de la mesa. Sólo esperaba no tener que pasar la vergüenza de que ella se diera cuenta de mis miraditas.

¿Aprenderán algo de utilidad estos pobres alumnos de semejante profesor? ¿No debería dejar de fumar? ¿Le vió alguna vez las tetas a su compañera de clase? ¿Tirará el bolígrafo al suelo para verle el muslamen a Amparo? Todo eso y mucho más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. O no.

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