Capítulo 4: Unas clases, unas fatiguitas y unos morros (versículo segundo)

Al acabar la clase, mientras que el resto de sus compañeros salían del aula me acerqué a ella para preguntarle por lo que pasó el sábado.

—Bueno, bueno, bueno… —«Eso, que parezca que pasabas por aquí, y tal y cual»—. ¿Qué tal la clase?

—Ah, pues muy bien. Espero que el resto del verano sea igual, y no nos des mucha caña.

«¿Caña? ¿Caña?… Juan, contente y no le digas lo que se te está pasando por la cabeza, que terminas en el cuartelillo de la Guardia Civil con dos tricornios, uno a cada lado delas esposas».

—No, ya lo verás; aunque tendremos que ver la materia deprisa. Pero ya comprobarás que nos dará tiempo para todo; hasta para que te corras unas juergas los fines de semana —«eso es, qué habilidad, qué sutileza»—. Por cierto, el sábado te vi, en la puerta del No Se Lo Digas A Nadie, pero no me dio tiempo de saludarte —«fantástico, prácticamente no se ha notado que has forzado la conversación»—, desapareciste de pronto y…

—Ah, sí… —Por poco vuelan por toda la clase los folios que intentaba meter en la carpeta. «Ojalá hubiera sido así; no quiero ni pensar en el espectáculo de verla agacharse con aquella minifalda»—. Pues íbamos para dentro, pero mi amigo cambió de idea al verlo tan lleno y nos fuimos.

«Mi amigo. Mi amigo. Pues sí que tiró fuerte de ella su amigo; a lo mejor era cortador de leña en Canadá en sus ratos libres».

—Ah, bueno, es normal. Ya sabes que a esa hora lamayoría de los bares están hasta arriba.

—Sí, a él no le gustan las apreturas.

—Pues dile a tu amigo que la próxima vez me deje saludarte al menos. Claro, a no ser que tu amigo quisiera más… intimidad.

«Juan, contrólate, que te estás metiendo donde no te llaman».

—No, hombre, no, que sólo es un amigo, jejeje. Si yo tengo muy mala suerte para los hombres, te lo digo en serio; si no me sale novio ni a la de tres —dijo poniéndome ojos de ovejilla descarriada y aislada del rebaño, esperando el amor del pastor.

Por la gloria de Dios. O aquella mujer se estaba riendo debmí o se estaba riendo de mí. Cómo pretendía hacerme creer que no tenía éxito con los hombres, si por donde pasaba iba dejando un reguero de babas, piropos y pensamientos impuros. Mientras hablábamos, iba metiendo en una mochila de cuero la carpeta, los libros, los bolígrafos y medio kilo de mentiras y evasivas. Pero no eran asunto mío, por más que mis genes de cotilla intentaran demostrar lo contrario.

—Un amigo, un amigo… Las mujeres siempre decís lo mismo. Es que no sé…, como me pareció que pusiste cara de susto al verme… Bah, seguro que serían imaginaciones mías, no tiene importancia. Pues nada, ya nos veremos mañana.

Le quitaba trascendencia a la conversación moviendo las manos arriba y abajo, como si borrara mis tonterías de su frente a golpe de borrador.

—¿Cara de susto? No, qué va. Ni mucho menos, ¿quién va a tenerte miedo? Bueno, quizás a veces; que se te pone una cara… Hasta mañana.

Me quedé plantado en medio de la clase, con el eco de sus últimas palabras aún resonando en mis oídos y la mirada en el movimiento pendular de su trasero. Creo que algunas mujeres tienen un motorcito al final de la espalda, porque la espina dorsal no da tanto juego como para producir ese movimiento. Al salir, me paré en la puerta del despacho de Jaime Calahorra.

—Bueno, Jaime, ya me voy. Aquí tienes el listado de los alumnos y el parte de las faltas. —Le dejé los papeles en la mesa, junto a la impresora.

—Vale, ahora los meto en el archivador. Oye, ¿qué tal la gente?

—Bien, lo normal; los hay pegados, muy pegados y los extraadhesivos. Ya sabes, como todos los años; si aquí pocas cosas cambian con el paso del tiempo: los alumnos, los sueldos…

«¿Lo habrá pillado?», pensé.

—Eh, sí, claro, como todos los años —carraspeó con fuerza, intentando despegar de la garganta medio saco de limaduras de hierro—, pero no me negarás que este verano,el ganado es superior.

Se restregaba las manos, frotándoselas como si le hubieran puesto por delante un cochinillo con su manzana en la boca y todo.

—Ah, pues no me había fijado. Tú sabes que yo voy a lo mío —le respondí con mi tono de voz Más Falso Que Un Euro De Cartón—, a currar y a que los chavales aprueben.

—Ya, claro, pero es que a uno le cuesta trabajo no fijarse… En fin, pues nada, hasta mañana.

Salí de la academia un poco preocupado; debía tener extremo cuidado en lo que hablaba y miraba entre aquellas cuatro paredes; ese cabrón estaba más pendiente de las faldas y los escotes que de otra cosa, y no me convenía que advirtiera en mí nada raro. Además, se le estaba poniendo una cara de sátiro mirón al director que tiraba de espaldas y no me extrañaría que cualquier día lo sorprendiera escuchando a través de las paredes, con un vaso de cristal pegado a la oreja. Así que me prometí no volver a quedarmehablando con nadie dentro de clase; fuera, otro gallo cantaría, pero en la academia, ni «hola, guapa» ni «por ahí te pudras». Como no tenía ganas de ponerme a preparar comida, llamé a uno de esos restaurantes a domicilio, Telenosequé, y les pedí una pizza mediana con jamón y atún; nada sofisticado. A la media hora, mientras leía algo sobre fractales y teoría del caos en el American Mathematical Monthly de ese mes, llegó el repartidor, un chaval vestido como un pimentón y con una cara de mala hostia que me hizo plantearme si darle un euro de propina o dejarle en herencia todas mis pertenencias. Cuando daba buena cuenta de la comida, sentado en el salón junto a la ventana, no paraba de preguntarme por qué Amparo había sido tan esquiva el sábado. No había querido apretarle más las tuercas porque me parecía que no venía a cuento. Pero bueno, a lo mejor la muchacha era muy tímida, a lo mejor a mí me importaba un pito lo que fuera, a lo mejor era verdad lo del amigo. Pero como dice el Teorema de la Credibilidad Etílica, eso no te lo crees ni borracho.

Cuando bajé a casa de Ángel para darle su ración diaria de Matemáticas y Física, la camisa no me llegaba al cuerpo; sabía que, por la hora que era, Nieves no estaría allí, pero el solo hecho de pensar que pudiera llegar en cualquier momento me hacía moverme en la silla como si tuviera un ataque de lombrices carnívoras. Vaya día de nervios llevaba; parecía una recién casada en el baño, con el marido esperando en calzoncillos sentado en la cama.

 

¿Le mintió Amparo a Cacho? ¿Eran excusas, evasivas o la pura verdad? ?¿Le dió propina al de la comida a domicilio? ¿Qué pasará con Nieves? ¿Se lo echará en cara? Y Jaime Calahorra, ¿es así de guarro o son figuraciones de nuestro héroe? Todo eso y más podrás averiguarlo en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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