Capítulo 4: Unas clases, unas fatiguitas y unos morros (versículo tercero)

—Oye, vaya hora de llegar el sábado —habíamos terminado de hacer los deberes y nos estábamos fumando unos cigarrillos—. Te oí llegar; ibas dando unos porrazos que creí que se iba a caer la lámpara del cuarto.

—¿El sábado? Pues no recuerdo… —Me temía lo peor—. Era tarde, eso seguro.

—Y no venías solo, porque te oí de hablarle a alguien… ¿Quién era, un rollete? Jejeje. Anda que no eres nadie…

—No, qué va, venía solo —«si tú supieras…»—. Además, aunque viniera acompañado, un caballero nunca cuenta esas cosas —«¿un caballero? ¿Había alguno en la habitación?»—. Pero no hablemos más de eso y cuéntame cómo llevas lo de tu niña.

—Guauuuuuuu, fantástico. El sábado por la noche nos tiramos hablando un par de horas, y el domingo otro par. No veas qué bien. Aunque…

—Aunque, ¿qué?

—Pues que quiere que quedemos, que quiere conocerme —se le cambió la cara, pasando de Estoy Eufórico a Me Cago Por Las Patas Abajo en cuestión de un segundo—. Ya no puedo esquivarla más; se va a creer que me estoy riendo deella, Juan. ¿Qué hago, tío?

—Bueno, eso debes decidirlo tú, Ángel. Pero piensa un momento. Tienes la oportunidad de quedar con la niña de tus sueños, de convertir tus deseos en algo real. Si lo dejas escapar por miedo quizás mañana te arrepientas, ¿no crees?

Se me quedó mirando muy serio, como si estuviera calculando todas las posibilidades mentalmente, mientras giraba el aro de su oreja.

—Pero, ¿y si…?

—¿Y si qué? Si quedas con ella y no sale bien, pues nada, te quedas como estabas. Pero, ¿y si sale bien? Eso sería estupendo, ¿no?

—Ohhhhh, síiiiiiiiii —se le puso cara de agilipollado, mirando al vacío a través de mi cuerpo, imaginando cómo sería una cita con ella y Dios sabe qué más cosas—. Creo que te haré caso. El viernes hay una fiesta en el instituto por el final del curso, así que puedo citarme con ella allí, ¿qué te parece?

—Buena idea, sí señor. Y no te preocupes, ya verás como todo sale muy bien; además, de aquí al viernes tenemos tiempo de preparar esa cita, que aún te queda mucho, niñato.

Le revolví el pelo con la mano. Realmente aquel chaval me caía muy bien.

—Bueno, me voy al gimnasio a ponerme cuadrado; y me voy solito, porque eres una nenaza anémica…

Este niño era la leche; cualquier día se lo encontrarían tirado en las escaleras, producto de una caída fortuita. Ante todo, que parezca un accidente. Cuando salía de su casa, me paré en seco.

—Ah, se me olvidaba. Dile a tu hermana que gracias.

—¿Y eso?

Puso cara de no entender ni palabra y de querer saberlo todo con pelos y señales.

—Nada importante; ella sabe el porqué. No te olvides de decírselo, ¿vale? Aunque dile también que se las daré personalmente otro día.

—Vale, vale. Joder, qué complicados sois las personas mayores. Por cosas así son por las que no me gustaría crecer. Aunque tiene sus recompensas, jejeje.

—Anda, cierra la puerta y vete para el gimnasio, so empajillado, que estás siempre pensando en lo mismo. Y acuérdate de lo que te he dicho que le digas a tu hermana.

—Pues si quieres, díselo a ella misma, que la tienes detrás de ti, jejeje.

Aquel hijo de mala madre me había estado entreteniendo mientras su hermana terminaba de subir las escaleras con un par de bolsas del supermercado; una por mano. Giré la cabeza con tal rapidez que si la hubiera tenido atornillada al cuello se habría desenroscado hasta el final y bailado sobre el suelo, como un trompo con ojos y pelo natural.

—Hola, Juan, ¿cómo te encuentras?

Una sonrisa maliciosa se mezclaba con cierto rubor en las mejillas y un poco de brillo en los ojos.

—Eh, oh, ah, esto…, hola Nieves. Pues muy bien —«por favor, que se abra el suelo, que me trague el terrazo, que me absorba la entreplanta»—. Sólo le decía a tu hermano que te dijera que… gracias.

—Ah, no fue nada; cualquiera lo hubiera hecho. Hoy por ti, mañana por mí.

Ángel estaba echado contra el quicio de la puerta, mirándonos ensimismado a los dos. Sólo le faltaba la lata de refresco y el paquete de palomitas; aquel canijo me las pagaría la próxima vez que estuviéramos a solas. Palabra de Juan Cacho.

—Oye, hermanito, ¿no tienes nada que hacer? —La orden sonó tajante, casi marcial.

—No, nada de nada.

—Pues haz como si tuvieras algo que hacer; métete para dentro si no quieres que le diga a papá la de horas que te quedas enganchado al ordenador.

—Joder, leches… Desde luego, sois unos abusones. El día menos pensado me voy de casa y no vuelvo hasta… hasta que se me acabe la comida que me quepa en la mochila…

Se apartó del quicio de la puerta y se perdió en la oscuridad del pasillo, gracias a Dios.

—Bueno, Nieves, pues eso, quería agradecerte lo que hiciste, de verdad. Si no fuera por ti, a lo mejor todavía estaba dando tumbos por esas calles —«y vestido, no olvides lo de vestido»—. Y espero no haber dicho nada inconveniente, ni haber hecho alguna barbaridad.

—No, qué va, si estabas muy gracioso… No pasó nada, aparte de que… Bueno, lo de la ropa, pero es que no me parecía bueno dejarte como ibas, empapado en sudor —«fíjate, qué buena samaritana»—. En serio, otro día que me veas, me invitas a un café y ya estamos en paz.

—Vale, pero ya te debo dos; a ver si me voy a tener que dejar lo que gano con tu hermano en invitarte a cafés.

—Jajaja, como quieras. Bueno, te dejo, que vengo molida de la oficina. Ya nos veremos.

—Sí, ya nos veremos. Chao.

Desapareció tras la puerta. Me venían y se me iban los sofocos, el sudor me caía por la frente, y seguro que me había puesto un poco colorado, por segunda vez en mi vida —la primera fue cuando a los veinte años me quedé dormido en la playa boca arriba—. Vaya momento, qué tensión; mientras hablaba con ella, no podía casi mirarla a los ojos. Tengamos en cuenta que, aparte de mi madre, era la única mujer que me había visto en calzoncillos sin tener ningún tipo de intercambio de fluidos conmigo. Así que la situación tenía su nosequé-quéseyo-queyoquesé, valga la redundancia. Bueno, pues a ahorrar, que no iba a ganar para cafés.

En el tercer piso, cuando empezaba a subir las escaleras que llegaban hasta la cuarta planta, se abrió la puerta del piso del tercero B; por ella salieron Odón Camuñas y Amparo, con su mochila al hombro y su minifalda al aire.

—…Y mañana veremos algunos supuestos para que vayas practicando las nuevas cuentas que hemos aprendido hoy. Oh, buenas tardes, Juan.

 

¿Ganará Cacho dinero suficiente con sus clases para tanto café? ¿Conseguirá Angelito ligarse a su compañera de clase? ¿A qué viene el ligero rubor de las mejillas de Nieves? ¿Qué pasará en las escaleras con Amparo y Odón Camuñas? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. A pesar de los recortes.

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