Capítulo 4: Unas clases, unas fatiguitas y unos morros (versículo cuarto)

Ante mis ojos, bajo el cartelito de plástico blanco que rezaba que aquella puerta no era ni la A ni la C ni la D, se presentó una figura delgada y alta, algo encorvada hacia delante; al verlo no se sabía si la cabeza le estaba disputando una carrera al resto del cuerpo o si el cuello no era capaz de soportar el peso del cráneo. Podría tener treinta y pocos años, pero su cara pregonaba a voces que podía pasar sin dificultad por su propio padre. Le quedaban pocos pelos en la cabeza, y los últimos valientes que resistían los feroces ataques de la calvicie andaban atrincherados en las sienes y en lo que en su día pudo ser un flequillo. Su piel era blanca, casi láctea, y las cejas resaltaban como dos ramas de canela en un plato de arroz con leche. Los ojos eran pequeños y oscuros, y miraban entre astutos y asustados tras unas gafas de marca —pero de marca de las buenas, no de esas que puedes comprar en la calle a un tipo cualquiera—. Bajo la nariz, cuatro pelillos mal contados jugaban una partida de mus sobre los labios, finos y sonrosados. A pesar de su aspecto desgarbado, y de que los pantalones le flameaban alrededor de las piernas, vestía de forma elegante: pantalón gris, camisa amarilla pálida y corbata de dibujos irregulares con colores a juego. Siempre iba vestido de esa forma, como si fuera a alguna reunión importante; por eso, desde la primera vez que lo vi, cuando me mudé al bloque, decidí que en mi fichero mental mi vecino cuadraba más en la P de Pijo que en la F de Fontanero.

—Buenas tardes, Odón. Hola Amparo.

—Ah, pero, ¿os conocéis?

Una mueca de sorpresa le enarcó las cejas.

—Sí, es mi profesor de Matemáticas en la academia.

De nuevo, la timidez se apoderó de la cara de Amparo.

—Vaya, vaya, qué pequeño es el mundo. Bueno, pues me alegro; parece que en este bloque están las soluciones a tus problemas, jeje.

Quería ser simpático, pero Odón Camuñas era de aquellas personas que convertían el mejor de los chistes en una película de cine gore, con sangre y tripas por todas partes.

—Bueno, a todos sus problemas educativos —«muy bien acotado, Juan, pero no seas mentiroso, que a ti te gustaría solucionarle todos sus problemas; sobre todos los horizontales »—. Pues nada, voy a seguir camino hasta mi casa, que tengo que arreglar bastantes asuntillos.

—Vale, vecino. Ah, se me olvidaba —me paré en medio del tramo de escaleras y les miré—. Espero verte el viernes en la reunión de la comunidad, que siempre me faltas.

—Lo intentaré. Prometo no faltar esta vez. «Bueno, si no consigo encontrar una excusa buena de aquí al viernes, claro».

—Eso espero, eso espero. Y a ti, Amparo, espero verte mañana a la misma hora.

—De acuerdo, señor Camuñas.

—Pero llámame Odón… Esta chica es un encanto, ¿verdad, Juan?

—Sí que lo es, o al menos eso parece. Hasta luego.

Mientras subía las escaleras hasta casa, pensaba en mi vecino, Odón Camuñas. Era un tipo seco, pedante a más no poder, que aprovechaba la menor oportunidad para demostrar su superioridad en cualquier aspecto. Que si podía ascender en su trabajo cuando quisiera pero que aún no lo consideraba oportuno, que si su coeficiente intelectual era muy superior a la media, que si la carrera se la sacó con sobresaliente en casi todas las asignaturas… Una pesadez de hombre. Recuerdo que una mañana me estuvo dando la tabarra durante un buen rato, sólo para enseñarme que era miembro de Mensa, un selecto grupo de individuos de todo el mundo que tenían que superar un complicado test de inteligencia para poder formar parte del club. Este tipo de personas me ponía enfermo; siempre buscando la oportunidad para refregarte sus logros, como si uno hubiera conseguido el título en una tómbola de feria. Creo que en el fondo tenía un tremendo complejo de inferioridad y usaba a los demás como taburetes para poder sentirse un poquito más alto. Joder, podía dejar un poco de lado a sus malditos test y problemas y dedicarle más tiempo a revolcarse con su mujer. Vamos, digo yo.

El martes y el miércoles pasaron rápido, raudos y veloces, buscando la meta del final del mes de junio. Las clases mañaneras iban avanzando a buen ritmo, quizás porque todavía llevábamos poco tiempo y todavía perduraban en la cabeza de los alumnos las promesas que se hicieron a principio del verano: estudiaré todos los días, haré todos los ejercicios, saldré sólo un día del fin de semana, iré a la playa sólo un ratito… Dentro de un par de semanas se convertirían en estudiaré algún día en semana, me miraré algunos de los ejercicios que hagamos en clase, cuando salga todos los días del fin de semana procuraré no acostarme muy tarde, volveré de la playa pronto… A final de mes las promesas serían cadáveres al lado del bronceador, junto a la ropa preparada para salir el sábado por la noche.

El miércoles le dejé a la portera un sobrecito con las mensualidades atrasadas y la del mes que corría; se lo pasé por debajo de la puerta, como hacen los cuidadores que le dan de comer a los leones del zoo. Ángel seguía bajándome información de Internet, sobre todo referente a la teoría del caos; me fascinaba el hecho de que el aleteo de una mariposa en Pekín influyera en el hecho de que mañana necesitaras paraguas o bermudas. Quizá eso me ayudara en mis alocadas teorías… ¿Y si resultaba que al final tenía razón? Para mear y no echar gota. Además de todo eso, mi joven vecino y yo seguíamos preparando el plan de guerra para su fiesta del viernes por la noche; todos los días le dejaba notas en la mochila a Encarni o dentro de su carpeta. Una mañana le dejó escrito BESOS en medio de la pizarra; a la pobrecilla no se le bajó el rubor de las mejillas hasta la hora del recreo, y se pasaba las mañanas girando la cabeza hacia todos lados, buscando a su amante secreto, como si fuera la prima hermana de la niña del Exorcista.

¿A qué viene ahora esta vuelta de tuerca? ¿Se pasará Cacho todo el verano en las escaleras, a ver si se cruza con Amparo? ¿Y su vecino, es realmente tan plasta? ¿Conseguirá Angel volver loca a su amada? ¿Qué pasará el jueves? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”, si Rajoy no lo recorta antes…

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