Capítulo 4: Unas clases, unas fatiguitas y unos morros (versículo quinto)

Pero el jueves… El jueves se levantó nublado, avisándome: «Cuidado Juan, cuidado, que el día se presenta cojonudo ». Unas nubes gordas y grises, como ovejas gordas y grises, flotaban sobre mi cabeza moviéndose a un ritmo cansino, arrastrando sus pies por el peso del agua que llevaban a la espalda. Pero yo nada, ni caso. Por la mañana, aparte de ir mirando todo el rato hacia arriba, vigilando a la nube que me seguía por toda la cuesta camino de la academia, el resto fue de lo más normal —si se les puede llamar así a los muslos de Amparo o al barranco que se hundía entre sus pechos—. Las clases pasaron una tras otra sin pena ni gloria, con la monotonía que sólo los días grises y plomizos llevan consigo, contagiándolo todo, retardando el movimiento de las cosas, impregnando las paredes de una triste y pringosa melancolía que chorrea hasta el suelo y te deja los piespegados al terrazo.

Bajé la cuesta con toda la desgana del mundo desbordándome por las orejas; me paré en el Dos Tercios para preguntar si alguien había visto a Vicente. Todos negaron con la cabeza; nadie le había visto desde el sábado. No era nada extraño; de vez en cuando el Dedos desaparecía de la faz de la tierra para luego aparecer a las dos semanas diciendo que había estado todo ese tiempo en casa de cualquier mujer, viviendo a cuerpo de rey y sin parar de follar —«joder, que traigo agujetas hasta en el prepucio»—. Así que no me preocupé demasiado por él, ya aparecería, y a ver qué historia contaba esta vez.

Ya por la noche, después de haber estado un par de horas con Ángel, decidí que ya era el momento de ponerle algo de gasolina al Panda, que el pobre andaba siempre en reserva, con su pilotito rojo intentado llamar mi atención, sin éxito alguno. Así que me puse al volante del coche y lo llevé hasta la gasolinera más cercana al barrio, a un par de kilómetros; una de esas grandes y verdes, con su supermercado, su lavado de coches, sus surtidores y su puñetero autoservicio. Como yo manejaba la manguera con la misma soltura que un cura el cierre de un sujetador, estuve a punto de ponerme de octanos hasta los lóbulos de las orejas, para dicha de un par de niñatos que estaban dándole un poco de comida a su maltrecha moto. Y entonces sucedió lo que no tenía que haber sucedido. Se me ocurrió mirar al otro lado de la calle, justo a la altura de una de esas tiendas de todo a un euro y en las que nada vale lo que dice el cartel. ¿A que no adivinan quien estaba mirando el escaparate? Pues sí, Amparo, la misma que viste y calza, con su mochila al hombro y tres docenas de ojos clavados en la señal del tanga que se adivinaba a través de sus pantalones blancos. Durante unos segundos estudié con detenimiento las posibilidades que se abrían ante mí en ese instante: hacerme el sueco, montarme en el Panda y mañana Dios dirá; pasar con el coche por su lado, tocar el claxon un par de veces y saludar con la mano por la ventana al más puro estilo Borbón; o pasar por su lado y pararme a saludarla. Y claro, como no podía ser de otra manera, elegí la tercera opción. Pero no crean que fue por cuestiones puramente sexuales; justo en el momento en que me sentaba tras el volante, unas gotas de agua, gordas como sandías de temporada, empezaron a martillear el cristal del coche, y yo no podía dejar que aquella muchacha se mojara, ni mucho menos.

—Amparooooooooo, Amparooooooooo.

Paré el coche a su altura y ella pareció no oírme.

—Hijo de puta, a ver si la próxima vez pones el intermitente, que conduces con los cuernos —el conductor del autobús, probablemente educado en Harvard, me dedicó una de esas señales universalmente conocidas pero imposibles de articular para un manco.

—Amparooooooooo —insistí. «Si esta vez no me oye, me voy».

Pero justo en ese instante, cuando metía la primera y soltaba el pie del embrague, se volvió.

—Juan, huy, qué bien… Espera, espera —llegó hasta el coche dando grandes zancadas, atravesando una espesa cortina de agua. Le abrí la puerta y se dejó caer en el asiento a toda velocidad—. Uf, te lo voy a poner todo perdido de agua.

—No pasa nada, mujer. Venga, cierra la puerta, que nos inundamos.

Tenía el pelo empapado, con un par de mechones pegados a las mejillas, dándole un aspecto salvaje, indómito. El agua la había mojado por completo; las mejillas estaban encendidas, los labios brillaban con un rosa húmedo y seductor y la camisa se le había pegado al cuerpo tatuando el contorno de sus pechos. Tuve que poner toda la concentración que habita en mi cuerpo al servicio de la conducción, porque los ojos se me iban automáticamente hacia su cuerpo y por poco si no me como un par de semáforos, una señal de stop y una señora anciana con su perrita Fufú.

—¡Por Dios, qué manera de caer agua!… Si no hubieras pasado no quiero ni pensar cómo me habría puesto.

—Bueno, cualquiera lo habría hecho; no es nada. Y ahora, ¿dónde te llevo?

—¿Tú adónde ibas?

—¿Yo? Pues a ningún sitio en particular; simplemente a dar una vuelta… A lo mejor a tomarme algo… Nada en concreto.

—Pues tú mismo. Si no te importa que te acompañe, claro. Ahora mismo no tengo nada que hacer, así que…

—Tendrás que avisar en casa, ¿no?

—Oh, no es necesario… Una ya es mayorcita para dar explicaciones.

—¿Te gusta la comida italiana?

 

¿Estamos ante una prueba más del cambio climático? ¿Dónde se sacó Juan Cacho el carnet de conducir? ¿Le gustará a Amparo la comida italiana? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. Eso si antes no me enchufan en algún alto cargo por ser primo hermano del cuñado de un amigo del portero electrónico de un alto cargo del PP.

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