Capítulo 4: Unas clases, unas fatiguitas y unos morros (versículo sexto)

La llevé al Ristorante Don Giovanni de la Castafiore, uno de mis preferidos. Al borde del mar, en el Paseo Marítimo, uno puede disfrutar de un buen vaso de vino blanco mientras escuchas a un tenor o a un violinista. Me encantan sus manteles de cuadros rojos y blancos, sus velas medio gastadas metidas en botellas de vino, el olor a orégano que desprenden sus paredes, y el saber hacer de su dueño, Don Giovanni, que siempre tiene una buena palabra para cada visitante, para cada ocasión, para cada plato. Gracias a que era jueves y a que el agua caía a mansalva, la mayoría de las mesas estaban vacías; si no hubiera sido por eso, habríamos tenido que esperar en la barra de la entrada hasta que las ranas necesitaran depilarse las axilas. Cuando entramos, nos miró mientras se rizaba las puntas de sus enormes bigotes canosos guiñándome un ojo al pasar por nuestro lado:

—Don Juan, cuánto piachere volverlo a ver por aquí. Sobre todo un día como este. Y tan bien acompañado.

—Buenas noches, Giovanni; le presento a Amparo, una alumna de la academia a la que he rescatado de las aguas.

—Es un orgullo para el mío ristorante tener aquí a tan bella signorina —mientras le hablaba, le tomó la mano entre sus dedos y la besó.

Ella se reía, no sé si por la cortesía de Giovanni o porque le hacía cosquillas en el dorso de la mano con el bigote.

—Gracias, Giovanni; qué galante es usted.

—Giovanni, tráiganos la carta antes de que ella decida cenar con usted en lugar de conmigo.

Nos sentamos junto a una ventana desde la que hubiéramos tenido una estupenda vista de la playa, de no haber sido porque el agua caía a cubos. A alguien allá arriba se le había estropeado la máquina de lavar las túnicas. Mientras nos traían unos tortellini a la Pastora y unos fetuchinni Paglia y Fieno, nos bebimos media botella de Chianti. No podía dejar de mirar como la luz de la vela se reflejaba en sus ojos, y la llama bailaba una extraña danza del vientre en sus pupilas. Y hablamos, hablamos mucho. Me contó cómo fue su niñez en una casa llena de hermanos; que hacía seis meses había terminado con su novio, un compañero de carrera al que, cuando cogió la confianza necesaria, se le empezó a ir la mano con demasiada facilidad, así que decidió dejarlo antes de pasar a convertirse en protagonista de un realityshow. Yo le contaba historias de cuando estaba en la facultad; juergas con mis compañeros de clase, cómo nos copiamos setenta y cinco compañeros en un examen de cálculo… Cosas de esas.

—¿Y novias? ¿Nada de nada?

—Bueno, algunas he tenido; si se les puede llamar novias, claro —me costaba hablar de eso, y se me notaba en la particular carraspera que me acababa de entrar—. Nada demasiado serio ni demasiado duradero.

—¿Y eso?

—Pues…, la verdad, no lo sé. Algunas eran muy rutinarias, otras demasiado pegajosas, otras querían atarme a las dos semanas con una alianza de oro en el dedo anular… Quizás me asusto y busco una excusa con rapidez para dejarlas, antes de que la cosa vaya a mayores.

—¿Por qué?

—Buena pregunta, sí señora… Serías una buena investigadora; siempre haces la pregunta adecuada para…

—No te me escapes y respóndeme, que eres muy listo y muy escurridizo.

—Bueno, quizás sea por mi aversión al dolor; odio el dolor en cualquiera de sus formas. De pequeño le pedía al peluquero que me anestesiara antes de pelarme —la miraba reírse. Joder, me encantaba cómo se reía—. Así que por eso las expulso de mi vida, antes de que ellas sean las que decidan irse y dejarme hecho puré de Juan Cacho.

Ella se reía, mientras saboreaba el vino de su copa, dejando marcas de carmín en el cristal. Pasaban los platos y los minutos con extraordinaria rapidez; cuando quise darme cuenta nos habíamos bebido dos botellas de vino y un cierto brillo alcohólico asomaba a los ojos verdes de Amparo.

—Oh, qué tarde es… Ya debería estar en casa. Apuró de un trago el resto del café que le quedaba en la taza y se limpió los labios con el filo de una servilleta de hilo.

—Tranquila, ya nos vamos, que no me apetece que te echen la bronca en casa por mi culpa.

Cuando nos volvimos a subir al coche había dejado de llover y las nubes se habían despejado por completo, dejando al descubierto un hermoso cielo lleno de estrellas, pequeñas y brillantes como hielo picado en el fondo de un vaso de cristal. Ella no vivía en mi barrio, sino dos calles más abajo, casi al lado de la gasolinera donde reposté. Daba gusto circular a aquella hora por allí; por la mañana la circulación sería tan lenta que se te subirían los caracoles por los tapacubos de las ruedas, pero ahora no había impedimentos de ninguna clase, ni más coches, ni policías ayudando al colapso con su abnegada entrega. Paré el coche junto el portal de su casa, iluminado por un tubo fluorescente que estaba atrayendo a todos los mosquitos de la zona.

—Bueno, Juan, pues aquí me quedo; ya nos vemos mañana, ¿no?

—Claro, qué remedio te queda…

Desde luego, si no quería quedar como un chulo pedante y ligón de veinteañeras, no lo estaba consiguiendo. Durante unos interminables cuatro segundos, los dos nos quedamos callados, mirándonos a los ojos. Es en estas ocasiones cuando el mundo se me viene encima y el cerebro me entra en un estado de paro total del que no me saca nada, como no sea alguna reacción por parte de mi eventual pareja. Me quedo en blanco, sin saber qué hacer o decir; entro en una especie de bucle infinito del que no salgo hasta que la chica en cuestión dice o hace algo. Me acerco, no me acerco…, la beso, no la beso… Esto me ha provocado más de un sinsabor. Y en ese estado me encontraba, sin saber si acercarme a ella y darle el beso que se me estaba quedando colgado de los labios o bajarme del coche y abrirle la puerta como el caballero que no era y pretendía ser. Y entonces algo extraordinario ocurrió, un suceso totalmente ajeno a mí y a mi comportamiento. Mientras el cerebro daba vueltas, el resto del cuerpo había tomado el control de la situación, cansado de esperar a que tomara partido por alguna de las opciones, y acercaba la cara más y más a la de ella, hasta que…

—Estoooo, qué tarde es… Bueno… Hasta luego.

Y allí me dejó, con los morros salidos como si fuera a sorber por una pajita y con una cara de tonto digna de concurso. Cuando abría la puerta del portal y se perdía dentro de él, se volvió, y pude ver cómo me sonreía. A buenas horas, mangas verdes. Mientras volvía a casa me daba tortazos mentales por la tontería que acababa de hacer; había quedado como un estúpido, además de estar preocupantemente enganchado a los ojos de Amparo. A ver si iba a resultar que me estaba enamorando…

«No, por Dios —me repetía—, eso no puede ocurrirte ». Me acosté y, casi sin pensarlo, me quedé dormido oliendo el perfume que había dejado su piel en mis manos. Si no me había llevado nada a la boca, por lo menos que me lo llevara a la nariz.

 

Ayvá. La hemos liado. Ahora ¿qué va a pasar? Valiente metedura de pata, Juan Cacho. ¿Cómo se resolverá esta situación nuestro sucedáneo de héroe? Podrán leerlo en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”, antes de que se ponga de moda el Moreno Arenas.

Anuncios

Gracias por dejar tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s