Capítulo 5: Otra oportunidad, una reunión y un cadáver (versículo primero)

Hay días en los que no tienes ganas de ir a trabajar porque estás muy cansado después de una noche de copas y risas hasta las seis de la mañana, o porque no pudiste dormir bien, culpa de alguna morena toda curvas y peraltes, o porque el resfriado te ata a la cama con cuerdas de tos y de pañuelos de papel. Pero el viernes no tenía ganas de ir a trabajar porque no quería cruzarme con Amparo. Después de la gilipollez que cometí la noche anterior quedándome con un par de morros besando el aire que ella ocupaba segundos antes, no paraba de pensar en qué podría ocurrir cuando me plantara delante de ella, entre sus ojos y la pizarra, rodeado de verde por delante y por detrás. Sólo a un imbécil como yo se le podría haber ocurrido la feliz ideade intentar liarse con una de sus alumnas, aunque a veces el cuerpo es más rápido que la mente y el instinto animal es más raudo que la conciencia. Pero pensé, intentando engañarme a mí mismo: «Qué demonios, ¿a quién le importa, aparte de a mí y a ella, lo que sucediera entre los dos, en el caso de que sucediera algo?». Ella era mayor de edad, y lo que pasara fuera del aula era cuestión mía y sólo mía; bueno, y un poquito de Amparo también. ¿Que a quién le importa? Pues a todo el mundo; para dar opinión, la gente se apunta con rapidez: «Valiente asaltacunas, digo, el tío guarro, tan mayor y aprovechándose de una jovencita». Por no hablar de Jaime Calahorra: «Lo siento, Juan, pero no puedes seguir aquí, las madres han venido en masa a borrar a sus hijas de la academia temiendo que les tires los tejos también a ellas». Por no hablar de mi madre: «Hijo mío, pero qué haces, así nunca podrás ser cajero en un banco, con esa mala fama…».

Así que, con un follón de tres mil pares de docenas de testículos, me adentré en la semioscuridad del cuarto de baño. Conozco a mucha gente que dice que cuando se está enamorado todo te parece más bonito. No ves las cagadas de perro en las aceras, y hasta el policía de turno, que te clava una multa entre la cuarta y quinta costilla, te parece una bellísima persona digna de admiración. Siempre he creído que ese tipo de gente es un hatajo de cursis, ávidos lectores de las novelas de Corín Tellado y seguidores incondicionales de los culebrones venezolanos «Julio José, qué chévere que viniste». Pero, mientras me afeitaba con precisión de cirujano cardiovascular, observé la imagen que reflejaba el espejo medio empañado del baño, con media cara llena de espuma cual perro rabioso. No era posible que aquel tipo que me miraba con cara de haberle tocado mil quinientos millones en la Lotería Primitiva fuera yo. «Por el amor de Dios, Juan, ¿qué leches te pasa?». Para colmo de males, la cara del espejo me sonreía, y me decía: «Nada, Juan, ¿qué te va a pasar? Pues que estás enchochado o en proceso de enchochamiento, nada más y nada menos». O sea, que Juan Cacho, un tipo supuestamente duro que pasaba de las mujeres casi tanto como ellas pasaban de él, ahora resultaba que estaba cayendo de culo, cuesta abajo, sin frenos y remando con las pestañas en los brazos de Amparito, La Alumna De Ojazos Verdes.

Me entró el pánico y por poco si me rebano un par de docenas de veces el cuello con la maquinilla de afeitar, preso de un repentino ataque de Parkinson. No entraba en mis planes actuales empezar a salir ahora con una mujer, además, diez años más joven que yo; pero, desde que la vi por primera vez, una especie de agujero negro situado entre sus ojos me absorbía, arrastrándome irremisiblemente hacia unos pensamientos tan románticos y empalagosos que estarían terminantemente prohibidos para un diabético. Y no me gustaba mezclar los negocios con el placer, porque eso luego trae problemas. Siempre los trae. Una cosa es intentar besar a una veinteañera, pero otra era estar colado por sus huesos, o por la carne que los rodea… Ay, por Dios. Además, estaba el tema de que me dan miedo semejantes historias de amoríos, violines a la luz de la luna y paseos descalzos por la orillita del mar. Pocas experiencias tuve, pero fueron las suficientes para aprender que, si en una relación existía la menor posibilidad de cagarla, al final se termina jodiendo todo, terminando como el rosario de la aurora, tirándonos los trastos a la cabeza, cruzando de acera por la calle para no tener que saludarse y cambiando de bares de copas, no fuera a ser que…

Así que toda esta maldita historia de Amparo, sus miraditas y mis tonterías me estaban poniendo bastante nervioso. Cuando llegó la hora de la verdad, al empezar la clase, sentía como el corazón me latía en las sienes, y el aula parecía aumentar y disminuir ante mis ojos como si me hubiera metido entre pecho y espalda cuatro o cinco copas de coñac en ayunas. Fueron entrando uno tras otro todos los universitarios, pero me faltaba Amparo —qué alivio—. A lo mejor no venía hoy —era posible, ojalá—, así tendría un día más para pensar en qué decir… Pues no, de eso nada; cuando pasaban quince minutos de la hora, y yo ya llevaba media pizarra escrita de fórmulas matemáticas y signos sin sentido para la mayoría de los alumnos, apareció ella, más guapa, si cabía, que nunca.

 

Las tribulaciones de nuestro héroe parecen no tener fin. ¿Está enamorado de verdad? ¿O simplemente tiene un polvo enconado? ¿Qué pasará hoy en clase? ¿Se entera alguien de lo que explica? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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