Capítulo 5: Otra oportunidad, una reunión y un cadáver (versículo segundo)

—Hoy se nos ha hecho tarde, por lo que parece. ¿Es que hemos pillado una caravana?

Ante todo, uno tenía que ser un profesional, y eso incluye quedar como un borde con todo el que se pusiera a tiro, por muy buena que estuviera. La clase se repartía entre los que callaban, víctimas del acojonamiento, y los que sonreían entre dientes, esperando una bronca de las que hacen época.

—Oh, lo siento, pero no he podido llegar antes. Si es muy tarde, me voy y ya volveré el lunes —me dijo con sus ojitos de joven desvalida, capaces de derretir el acero de los barcos.

—No, no será necesario, pero espero que no se repita más. Ahora, cuando termine la clase, le pides a alguno de tus compañeros lo que ya te has perdido.

Cuando pasaba camino de su mesa me miró de reojo; creo que me atravesó con los ojos y habría podido hacerme un escáner, «señor Cacho, tiene usted arenilla en el riñón. Hay que beber más agua». Pero en su cara no había lugar para la ira; es más, yo creo que aquella situación le divertía mucho. Pasó todo el resto de la clase con la sonrisa en los labios, casi sin escribir nada en sus folios, con las piernas cruzadas bajo la mesa dedicándome la generosidad de su muslo derecho. Me empezaba a sentir incómodo. Perdí dos veces el hilo de una demostración que me sabía desde los diecinueve años, se me cayó la tiza en tres ocasiones y el borrador parecía vivo, escapándose de mis manos cada dos por tres para asombro del resto de la clase y alegría de Amparo, que reía disimuladamente escondida tras el libro de Matemáticas. Gracias a Dios y a los suizos, el reloj llegó hasta las dos y pude quedarme solo en el aula. Pero como los males no vienen solos, sino que llegan en bandadas, Jaime Calahorra me paró enel pasillo.

—Oye, ¿qué te pasa hoy? He escuchado varios golpes en tu clase, y llegué a pensar que alguno te había sacado de tus casillas, jejeje.

—Ah, pues nada, sólo que se me cae todo de las manos. Bueno, a Amparo tuve que echarle una pequeña bronca, por llegar tarde, pero nada importante. «Eso, nada importante, aparte de que una de mis alumnas, con la que estuve a punto de enrollarme la noche anterior, no paraba de ponerme nervioso, pero eso era otra cuestión».

—Sí, a mí me pasa a menudo. Mi madre decía que eso sucede cuando alguien está hablando de ti.

—Pues ya sabes, Jaime, no me critiques por la espalda, jajaja. Hasta mañana.

Salí de la academia como alma a la que persigue el diablo en un camión de cinco ejes, sudándome hasta las palmas de las manos.

—Oiga, profesor, ¿puedo preguntarle una duda?

A mi espalda, salida de Dios sabe dónde, Amparo se acercaba a mí. Ese era el momento más propicio para que un ovni me abdujera.

—Hola Amparo; precisamente contigo quería hablar —sinceramente esperaba que no hubiera sonado excesivamente falso.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué?

Se hacía la sueca con tal perfección que podría haber pasado por una chica nacida en Goteborg.

—En primer lugar quería decirte que no te tomes a mal la regañina en clase; es que no puedo consentir que…

—Oh, no, nada de eso… La culpa es mía; tenía que haber llegado a mi hora, así que has hecho muy bien en echarme la bronca. ¿Y en segundo lugar?

—Pues de lo de anoche; quería pedirte disculpas por…

—No tienes nada de lo que disculparte, me lo pasé fantástico anoche.

—No, pero yo me refería a…

—Sé perfectamente a lo que te refieres, y… la verdad, me sentí halagada.

Vaya por Dios. La cosa se complicaba; no sé si hubiera preferido que ella dijera que lo mejor sería olvidarlo todo. No hay nada como que le paren los pies a uno en seco para que se le pasen todas las intenciones de nada, por muy buenas que éstas sean. Aunque, siendo sinceros, en un rincón de mi pecho algo empezó a dar saltos mortales.

—¿Halagada? Pues no debería ser así. No sé lo que me pasó; me dejé llevar, quizás fue el vino…

—No te preocupes; no pasó nada, y si hubiera pasado, sólo habría sido un beso, y eso no es ningún problema —me acababa de interrumpir por tercera vez; ella llevaba el mando de la conversación, como llevaba el de mis ojos—. Así que olvídate de pedirme disculpas ni nada parecido. Y a ver si volvemos a quedar, pero esta vez pagando yo. ¿Tú qué opinas?

Hablábamos mientras bajamos la cuesta hasta llegar al portal de mi bloque. No paraba de darle vueltas a la pregunta de Amparo, decidiendo entre darle la respuesta que debía o la que quería. Pero, de la misma forma que la noche anterior, mientras el cerebro estaba ocupado estudiando  pros y contras, la lengua se hizo con el control.

—Pues me parece que si tú quieres…, pues eso, que a mí no me importa que…, que eso; en ese caso, no obstante…

—Estupendo, estupendo —los ojos le brillaban y me deslumbraban, como supongo que les debe pasar a los conejos al cruzar una autopista segundos antes de morir aplastados por un tráiler—. Esta semana no puedo, porque me voy el fin de semana al pueblo de mis padres, pero ya quedaremos para la que viene, si no te parece mal.

—No, no, qué va a parecerme mal; lo que me preocupa es que pienses que…

—Que no pienso nada, de veras… No te comas más la cabeza. Bueno, pues ya nos veremos la semana que viene.

—Claro, ya te dije que no te queda otro remedio que aguantarme todo el verano.

—Quién sabe, a lo mejor estoy deseando que ya llegue el lunes…

¿Cúanta maldad y sabiduría puede almacenar una veinteañera? ¿Caerá Cacho rendido a sus pies, si no lo estaba ya? ¿Podrá aguantar hasta el lunes o irá a raptarla al pueblo de sus padres? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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