Capítulo 5: Otra oportunidad, una reunión y un cadáver (versículo tercero)

Ahí me quedé, plantado en mitad de la acera como uno cualquiera de los naranjos que permanecían prisioneros en sus alcorques, dando un poquito de sombra. Permanecí allí parado al menos un par de minutos, observando  cómo se perdía al fondo de la calle, mientras que algunos se volvían para mirarle el culo o decirle que se le querían comer hasta el  elástico de las bragas. No me faltaban ganas de empezar a gritar que si en esa calle había alguno con posibilidades de hacerlo, era yo, y que se jodiera el resto del mundo. Y sintiéndome como si hubiera engordado de pronto diez o quince kilos, entré al portal.

A las ocho era la reunión de la comunidad. Esa tarde no le daba clases a Ángel porque se estaba preparando para la Gran Fiesta Fin de Curso, así que tenía tiempo de sobra para descansar un rato, escribir un poco, leer algunas cosillas y pasarme por el Dos Tercios a tomar café. Seguía sin saber nada del Dedos; ninguno de los parroquianos tenía noticias de él. Este Vicente cuando desaparecía lo hacía de verdad, como la mayoría de los asuntos que acometía. Quizás fueran gajes del oficio. Y a las ocho menos cuarto, rompiendo una tradición de más de seis años de llegar tarde a las reuniones  de la comunidad, o de directamente no aparecer, me planté ante la puerta de la casa de Odón Camuñas, dispuesto a aguantar un par de horas de sopor, aburrimiento, bostezos escondidos tras la palma de la mano, y alguna que otra cabezada.
Cuando pulsé el timbre, un carillón de campanas empezó a sonar dentro de la casa, como si la sección de percusión de la Sinfónica de Londres estuviera sentada en la entrada, esperando a que alguien llamara. De la impresión por poco me caigo de espaldas, ruedo las tres plantas, cruzo la calle de un brinco y termino enganchado en las ramas de algún naranjo.
—Hola, buenas tardes, señor Cacho —Remedios del Valle me abrió la puerta, y, por la cara que me puso, creo que no esperaba que apareciera; es más, deseaba que no apareciera—. Pase, es el primero en llegar, qué sorpresa…  —Estaba tan sorprendida y contenta que le rezumaba la mala  leche la cara abajo.
—Hola, señora Camuñas.
No cabía la menor duda de que aquella mujer nunca ganó el premio a Miss Simpatía en ningún concurso. Pero en el fondo me caía bien; al menos, con sólo mirarla, uno sabía si le caía mal o le caía peor. Tenía una cara repleta de sinceridad.

La casa de Odón Camuñas era un cúmulo de despropósitos decorativos, y estaba llena de más tonterías que una tienda de recuerdos para turistas: figuritas de cristal por todas partes; en la entrada, en el aparador, encima de la televisión… Un elefante con la trompa hacia arriba porque da suerte; escultura de mamá cierva dando de mamar a pequeño ciervo —mira qué tierno—, y candelabros de bronce con velas rojas retorcidas, como el gusto de quien los compró. El salón lo dominaban un par de enormes jarrones sobre dos pequeños pies de madera pintados en negro, imitando a la caoba, con
unas flores de tela enormes a las que esquivé por el temor de  ser engullido por alguna de ellas. El sofá era de tela  estampada, a juego con las flores del jarrón, y estaba colocado enfrente de un mueble de madera decapada en color  blanco. El destrozo del salón la completaba una pequeña mesa delante del sofá, un revistero lleno de revistas del corazón y de suplementos de El País. Al fondo, al lado de la ventana, para rematar la faena, una mesa de comedor para seis  personas permanecía agazapada evitando la mirada de las visitas, con una sopera de barro colocada en un extremo sobre un tapete bordado a mano. La sopera había abandonado el centro para dejar su sitio a unos cuantos platos de frutos secos y unas botellas de cerveza —mira qué bien, tocaba merienda—.

—Mi marido está a punto de llegar, así que si lo desea puede tomarse algo. O si lo prefiere puede ir echándole un vistazo a
las cuentas de la comunidad. Encontrará las fotocopias en el despacho de mi marido, la primera puerta a la derecha.
Remedios del Valle llevaba su conocido modelo Monja de Sport, con falda hasta debajo de la rodilla, camisa de cuello alto abotonada hasta el límite de la asfixia y pelo recogido en un moño redondo y gordo, como los granos que las brujas de los cuentos llevan siempre en la nariz.

—Oh, gracias, acabo de merendar; pero sí, creo que leeré esas fotocopias.
—Como usted prefiera, así podré terminar de prepararlo todo.
Y sin más, giró sobre sus talones y se perdió por la puerta  de la cocina. Efectivamente, la primera puerta de la derecha, justo al entrar al pasillo, era el despacho de Odón Camuñas. Era una habitación más funcional, y saltaba a la vista que los
muebles no los había escogido el mismo psicópata que había decorado el salón. Las paredes las cubrían varias estanterías desde abajo hasta casi el techo, llenas de libros de Economía, temas fiscales, diccionarios enciclopédicos y
archivadores A-Z. En el centro de la habitación descansaba una gran mesa sobre la que podían verse, en perfecto orden,
varios montones de folios, unos cuantos lápices, varios bolígrafos y una calculadora. El ordenador, la impresora y el
monitor estaban impecablemente alineados, esperando pase de revista del coronel Camuñas. En una esquina de la mesa
se amontonaba una pila de carpetas de cartulina, rotuladas cada una con el nombre de un vecino y el número de su puerta. Busqué la «Juan Cacho, 5º C» y me detuve a mirar los libros de las estanterías, un vicio al que no puedo  resistirme en todas y cada una de las casas en las que tienen a bien dejarme entrar. En una de las repisas pude ver varios
ceniceros de barro cocido, un pequeño jarrón azul oscuro y lo que parecía ser la cabeza de algún animal de una especia desconocida —al menos para mí—. Me llamó la atención un libro sobre Matemáticas Financieras que llevaba buscando
cierto tiempo en librerías de viejo y lo cogí para echarle un vistazo, cuando advertí que, detrás de las filas de libros, había varias cintas de video y un puñado de revistas dentro de una carpeta de cartón. Se juntaron el hambre con las ganas de comer; uno que es curioso y algo que parecía escondido… Miré hacia atrás para comprobar que Doña Alegría y Agrado no estaba echada contra el quicio de la puerta con una escopeta de cañones recortados apuntando a mi cogote, y metí la mano tras la fila de libros.

¿Qué encontrará nuestro héroe tras los libros? ¿Aparecerá la dueña de la casa y lo correrá a collejas por todo el bloque por meter la mano donde no debe? ¿De qué son los sandwiches? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”

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