Capítulo 5: Otra oportunidad, una reunión y un cadáver (versículo cuarto)

Faltó el canto de un euro para que la mandíbula diera contra el suelo y me quedara una barbilla como la de Kirk Douglas, algo que, por cierto, le hubiera hecho mucha ilusión a mi madre. Las revistas eran una colección de ovarios, pezones, ingles reventonas —depiladas, peludas, rubias, morenas—, parejas, tríos, cuartetos, orquestas, orfeones, tragasables, artefactos de látex con motor, sin motor, a pilas, eléctricos, posturas, posiciones, colocaciones y orientaciones; vamos, que lo que mi querido y soso vecino tenía allí escondido era una amplia recopilación de revistas pornográficas y películas con menos diálogo que una bronca entre sordomudos. Pero lo que más me llamó la atención fueron tres cintas de vídeo caseras sin ninguna etiqueta ni signo exterior. No conocía a los protagonistas ni la ocasión de la grabación, pero tenían toda la pinta de ser grabaciones hechas por el propio Odón y no precisamente en la comunión de un sobrino, sino que, según mi parecer, podrían ser mis vecinos practicando las ilustraciones que había visto en aquel Kamasutra en colores. No pude dejar de imaginar a mi simpatiquísima vecina, vestida de cuero negro, saltando sobre la pelvis de mi vecino, lo que me produjo un amago de carcajada que murió en el instante en que sonó el timbre de la casa. Atropelladamente, intentando que todo quedara en su estado original, volví a dejar las revistas y las cintas de vídeo en su escondite, cogí mi carpeta y salí del despacho justo a tiempo de ver como Odón Camuñas —antes serio contable, ahora rey del sexo— entraba en el salón acompañadode Doña María del Pilar y de varios vecinos más.

En cuestión de minutos el salón de los Camuñas se llenó de vecinos; sólo faltaron unos pocos que tenían la casa en alquiler y el vecino del 1º B, soltero, representante de ropa vaquera y siempre de viaje. Allí estaban casi todos: Pepe Hidalgo, del 1º A, auxiliar de farmacia; Manolo Rey, del 1º D, de profesión sus chapuzas y capaz de meterle mano a un grifo que gotea, al gotelé del salón o a la primera mujer que se le ponga por delante; las dos viejas gruñonas del 2º B, que a pesar de los años, aún me seguían mirando de reojo como si me hubiera colado en el bloque para violarlas a las dos; Doña Carmina, la estanquera de la esquina, que siempre me fiaba el tabaco con la esperanza de que algún día invitara a salir a su hermana; Nieves, que venía en nombre de sus padres y que, por cierto, estaba muy guapa aquella tarde; Mario López, del 4º C, carnicero y maltratador de su esposa en los ratos libres; Doña Elisa, del 4º D, costurera a domicilio; Eduardo Ramírez, del 5º A, repartidor de dulces; el resto de la reunión lo formábamos Doña María del Pilar, los Camuñas y, por supuesto, yo.

Durante media hora, mientras esperábamos a ver si aparecía algún vecino de los que faltaban, la conversación divagó sobre asuntos tan trascendentales como la última liposucción de Pitita Rupérez de Rojas, cuñada de Cuca Ferrer, y la posibilidad de que Leches Debote fuera a ser absorbida —paradojas de la vida— por Plásticos Maruchi, principal productora del país de pajitas para refresco. Nos sentamos donde pudimos —unos en el sofá, otros alrededor de la mesa de comedor—, mientras que Odón permanecía de pie, paseándose de un lado al otro del salón a la vez quehablaba.

En serio, odio las reuniones de la comunidad. Se convierten con extrema facilidad en sesiones de cura para insomnes, y yo llevaba media hora divagando sobre la posibilidad de que mamá ciervo le diera una buena coz en las pelotas al del 4º C, y así se le quitaran las ganas de ponerle las manos encima a su pobre mujer, delgada y huesuda como un niño del Tercer Mundo. El presidente hablaba y hablaba sin parar… Que si el portal necesitaba un arreglo, que las paredes estaban llenas de desconchones y marcas de dedos, que si había que pintar las escaleras pero no del mismo color que la vez anterior sino de otro más agradable puesto que, en un artículo que había leído en una afamada revista americana de psicología a la que estaba subscrito, los colores pastel serenan el espíritu y alejan el estrés… Que si se habían quejado de que algún que otro vecino que llegaba a las tantas de la mañana formando un buen escándalo —«hay que ver, qué vergüenza», dije yo—… En fin, una reunión de lo más fascinante. Lo único que me mantenía despierto era imaginarme al presidente y a su esposa montándose el numerito en el mismo rincón del sofá en el que la portera engullía un sándwich de chorizo.

Eran casi las nueve y media de la noche, y llegábamos a ruegos y preguntas, el punto final para aquella sesión de sadismo y masoquismo. Odón Camuñas se levantó de su asiento.

—Me van a perdonar un minuto, pero creo que me voy a preparar una infusión de té. ¿Alguno de ustedes quiere también?

Si hay una ley universal es aquella que dice que, mientras que sea gratis, la gente traga hasta reventar, ya sean platos de gambas cocidas o clavos de un palmo de largo llenos de herrumbre; tal y como dice El Teorema Del Pobre: Reventar antes que sobre. Y claro, todo el mundo quiso. Hasta yo mismo, faltaría más. Ya que me estaban dando la tarde, por lo menos haríamos gasto.

—Odón, cielo, ¿por qué no lo sirves en la tetera que has hecho en el curso, y así la ven todos? Es que mi marido es un manitas.

—Señor Camuñas, eso sí que es una sorpresa.

Al vecino del 1º A sólo le faltaba ser redondo para poseer todas las cualidades de una pelota. Quizás eso explicara aquellas obras de arte de la cerámica contemporánea que me encontré en mi excursión al despacho.

—No exageremos, no exageremos —la voz de Odón Camuñas llegaba desde la cocina, revuelta con el sonido del agua al caer, el ruido de las puertas al abrirse y cerrarse, el tintineo de los vasos de cristal al chocar entre sí—. Sólo estuve un par de meses haciendo unos cursillos de manualidades,y ahí fue donde hice estos cacharros. De todas maneras, a pesar de ser la primera vez que me enfrentaba a las tareas de moldear el barro, obtuve numerosas felicitaciones de mis profesores del curso; incluso recibí un premio en una exposición que montamos en la Junta de Distrito.

—Bueno, bueno, no saben ustedes… Se daban tortas por comprarle las piezas que hizo en el curso —la mujer de Odón no cejaba en su empeño de ponerlo por las nubes, como si su marido fuera la reencarnación de un escultor del Renacimiento, por lo menos—. Es que es un auténtico artista, hace verdaderas monerías con las manos.

Ya, pensé yo, este hombre tiene miles de habilidades desconocidas para los demás.

—Juan, ¿te importaría echarme una mano con todo esto?

—Claro que no.

 

¿Qué contendrán las cintas de video? ¿Será algo politicamente incorrecto? ¿Tan monas eran las esculturas de barro de Odón Camuñas? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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