Capítulo 5: Otra oportunidad, una reunión y un cadáver (versículo quinto)

La cocina era pequeña, pero estaba repleta de todos los electrodomésticos conocidos, amén de una pequeña mesa y dos sillas pegadas a la pared, junto a la puerta que iba a dar al lavadero. Odón Camuñas estaba pegado al microondas, observando detenidamente el movimiento de la aguja del temporizador.

—¿Qué, cómo va el trabajo?

—Bueno, ya sabes cómo es esto de dar clases…

—Sí… Pero debe ser más complicado con tanta gente en clase. Recibí una oferta para dar clases de Contabilidad en una academia del centro, pero la rechacé. Necesitaba ese tiempo para estar en casa, con mi mujer…

Vaya tela, vaya tela… No, si al final mis hipótesis iban a ser ciertas, y aquella casa era la embajada de Sodoma y Gomorra en el barrio.

—Ah, por cierto, antes que se me olvide…, el otro día me propusieron un problema que me tuvo pensando varias horas, pero al final lo resolví.

—¿Ah, sí? No me digas —joder, ya empezábamos. Odón Camuñas, siempre que podía, intentaba quedar encima de los demás. No había tema, discusión, coloquio, tertulia o cruce de palabras en el que no quisiera llevar la razón y la última palabra refugiándose, la mayoría de las veces, en un vocabulario rebuscado y oscuro para la mayoría de los vecinos que no habían tenido la suerte de que sus padres pudieran costearles una carrera universitaria en lugar de echarlos a trabajar a la edad de jugar a la pelota.

Y el tema de los problemas era su preferido. Como miembro del club de Mensa, recibía mensualmente un boletín lleno de problemas matemáticos y lógicos, y estaba empeñado en refregármelos siempre por la cara. Yo lo evitaba todo lo que podía; la verdad, bastante tenía con las clases y mis teorías alocadas como para también enfrentarme al bombardeo de problemas a diario. ¡Qué demonios!, es que me daban ganas de descolgar el título de mi casa y meterle con el pico delmarco en las sienes, a ver si se enteraba…

—Sí, la verdad es de los más retorcidos que ha llegado a mis manos —cogió un paño de cocina que estaba colgado de un gancho en forma de pimiento morrón y rodeó el asa de la tetera con él para no dejarse pegado el pellejo al barro—. Es una variante del problema del mentiroso.

—Fascinante, fascinante —sin remedio, me veía prestándole atención a algo que en realidad no me interesaba lo más mínimo.

—Verás, imagínate que estás prisionero en medio de una plaza circular, condenado a muerte —justo, así era como me sentía en ese mismo instante—. A cada lado de la plaza hay una puerta, y en cada puerta un vigilante. Junto a ti, un soldado te dice que una de las puertas lleva a la libertad, y la otra al cadalso. Y uno de los vigilantes siempre dice la verdad, mientras que el otro siempre miente. Se te da la oportunidad de elegir a uno de los vigilantes y hacerle una sola pregunta, y después elegir una de las puertas. El problema es cuál ha de ser la pregunta para elegir la puerta que lleve a la libertad.

—Vaya, desde luego parece bastante complicado.

Para eso estaba yo ahora, para romperme la cabeza con problemitas de mentirosos. No tenía bastante con lo que ya mentía yo…

—Sí, sí que lo es; ya te digo que tardé varias horas en resolverlo. Y nadie a los que se lo he propuesto ha sabido hacerlo.

Otra vez me estaba retando, como cada vez que podía y tenía tiempo, y hasta ahora le había hecho todo el caso que se merecía. Pero quizá había llegado el momento de poner a cada uno en su sitio, un poquito de justicia divina para que, por lo menos, se le quitaran las ganas de ir detrás de mí a ver si me pillaba en un fallo. Una cosa es que me refregara lo que quisiera por la cara y otra que se creyera con la libertad de ningunearme. Esto merecía un poco de mi atención y una respuesta por mi parte, o si no me comería el título, con el marco, el cristal y la alcayata.

—Así que uno siempre miente, el otro dice siempre la verdad…

—Exacto.

—Y, evidentemente, no sabemos si el mentiroso es el de una puerta o el de la otra.

—Efectivamente.

—Y sólo podemos hacer una pregunta.

—Ajá.

—Bueno, pues esta noche, cuando llegue a casa, me pondré a pensarlo.

—Eso espero, a ver si eres capaz de resolverlo —tomó la tetera y la dejó en medio de una bandeja, abarrotada de pequeñas tazas de barro—. Ahora volvamos al salón, antes de que empiecen a echarnos de menos. Si no te importa, coge tú la bandeja, que yo llevaré la de las pastas —me dijo, señalándomela con un golpe de barbilla.

—Por supuesto.

Tomé la bandeja con las dos manos, con todas las precauciones posibles de mundo; no me apetecía que, gracias a mi natural desenvoltura y habilidad manual, terminara achicharrándome las piernas o el cogote de la portera. Volvimos al salón, yo detrás de Camuñas. Cuando dejamos las bandejas sobre la mesa, mi vecino levantó la tetera a la altura de su cara y la giró con sumo cuidado, para que todos pudieran admirar aquella maravilla de la cerámica, digna de ser colocada al mismo nivel que las porcelanas de Sevres y las de la Granja, y todos le felicitaron: «Ostras Odón, qué manos tienes, pues yo sería incapaz de hacer eso… Este hombre es una caja de sorpresas…». La verdad, la tetera no estaba nada mal; por su forma, era prima hermana de una pera de agua, del color del barro cocido y con algunas flores azules pintadas a media altura, a juego con la tapadera. Repartimos los vasos entre los comensales, y el propio Odón nos fue echando el té a cada uno de nosotros, dejando caer aquel líquido color beis en cada uno de los vasos. He de admitir que el té estaba bueno aunque un poco afrutado para mi gusto, prefiero el moruno con su regustito a hierbabuena y su punto de amargor.

Cuando habían pasado unos quince minutos desde que empezamos con los tés, uno de los vecinos —ahora no recuerdo quién— advirtió el mal semblante que se le estaba poniendo a Remedios del Valle.

—Reme, ¿te sientes mal? —Odón se había levantado de su silla para acercarse a su mujer que, la verdad, tenía bastante mala cara. La tez se le había vuelto del color de cualquier sección de las Páginas Amarillas, y el sudor aparecía en su frente, llenándola de minúsculas gotitas.

—No sé, cariño. Me ha dado un pequeño mareo; todo me ha dado vueltas por un momento.

—A ver si va a resultar que tenemos un Camuñitas en camino.

Doña María del Pilar hacía gala de su incontestable buen gusto. Algunos rieron el comentario, pero, ciertamente, la cara de Remedios no era la de una mujer muy sana que digamos.

—Doña Remeditos, venga usted aquí y tome el aire, a ver si se le pasa —le dijo Eloísa.

Remedios Camuñas se levantó de la silla y, aunque fue ayudada por la costurera y Nieves, se le doblaron las rodillas y cayó como un saco al suelo. Todos se quedaron quietos, paralizados, como si fueran aquellos que salieron de Sodoma y Gomorra y no pudieron contener la tentación de mirar atrás. Todos, excepto Odón y yo que saltamos de nuestras sillas como resortes para acercarnos a la mujer. Había perdido completamente el color, los labios estaban morados, y si respiraba, lo hacía muy despacio porque no se notaba movimiento alguno bajo la camisa.  Efectivamente, se le había pasado el mareo. Para siempre.

Vaya por Dios. También es mala suerte. ¿Resultará que Cacho es gafe y que va  dejando una estela de cadáveres tras de sí? ¿Qué le habrá ocurrido a la pobre mujer de Camuñas? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. 

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