Capítulo 6: Un entierro, un resucitado y una bronca (versículo primero)

Un entierro es lo más cercano que conozco a una boda, con la diferencia de que, en el caso del entierro, al menos alguien ha dejado de sufrir. La gente acude a ellos con la esperanza de ver de cerca un desmayo, un tremendo ataque de nervios —tirones de pelos incluidos— o, al menos, para observar quiénes son los que han faltado para despellejarlos a las puertas de la iglesia. Y es que, tengámoslo presente, la mayoría del personal acude por cumplir, una tradición que pasa de padres a hijos según la cual se devuelve la visita: tú viniste al entierro de mi abuelo, yo al de tu tía, estamos en paz. Pero yo me siento muy incómodo en estas situaciones. Nunca sé qué decir ni si debo besar o dar la mano a la familia del finado, y a veces ni siquiera sé quiénes son. Así que, en alguna ocasión, he terminado dándole el pésame a un pobre que pedía en lapuerta de la iglesia, por si las moscas.

Y esta vez no iba a ser menos. Lo peor de todo es que yo era uno de los protagonistas del entierro, y eso que no estaba dentro de la caja de pino. Pero notaba como la gente cuchicheaba a mis espaldas; bueno, a las mías y a las de Nieves. Nos miraban de reojo, se daban codazos unos a otros y nos apuntaban con sus barbillas en plan Esos Dos Estaban Delante Cuando Remedios Cayó Redonda. Vamos, que no hubiera llamado tanto la atención si hubiera aparecido en bermudas y camisa de palmeritas. En fin, qué le vamos a hacer, es el precio de la fama.

Nieves aún tenía la cara pálida, casi verde. A pesar de haber pasado más de veinticuatro horas desde la sesión de té con cadáver seguía con dos enormes ojeras colgándole de los ojos; unas bolsas oscuras que indicaban bien a las claras los varios cientos de miles de vueltas que había dado sobre  el colchón. Estaba muy impresionada —no era para menos—, y cada dos por tres se le humedecían los ojos. Al fin y al cabo, Remedios Camuñas había muerto en sus brazos.

Con lentitud, el párroco despachó la ceremonia, interrumpida solamente por los sollozos de algunos familiares y por uno de los monaguillos, que tomó el micrófono para avisar de que un Opel Corsa obstaculizaba la salida del aparcamiento. Todo terminó cuando el ataúd desapareció tras una puerta que se abría al fondo de la iglesia, a la derecha del altar, camino del horno crematorio. La gente, respetuosa, salió en silencio del templo; bueno, todos menos el dueño del Opel Corsa, que echaba rayos y truenos por la boca al ver cómo se llevaban su coche enganchado en una grúa. No somos nada.

Nieves y yo esperábamos a mi vecino al pie de las escalinatas que daban acceso a la iglesia. Los peldaños eran blancos y tenían sus aristas redondeadas por el paso del tiempo y de los zapatos. Entre uno y otro crecía la poca hierba que el sol permitía, y eso le daba cierto aspecto de boca mal cuidada con halitosis de humo de velas e incienso. Después de recibir el saludo de medio barrio, Odón Camuñas llegó a nuestra altura. Nos acercamos a él, y mientras me decidía si la frase más acertada sería «le acompaño en el sentimiento», «lo siento mucho» o algo por el estilo, Nieves se abrazó a mi vecino.

—Lo siento mucho, de veras —dijo entre sollozos.

—Lo sé, y os agradezco todo lo que habéis hecho por mí —respondió al tiempo que me estrechaba la mano que le  había ofrecido.

—Odón, ya sabe que nos tiene para lo que desee, no tiene más que…

—Lo sé, Juan, lo sé… No sé cómo agradeceros lo que hacéis.

—Si alguna tarde quiere subir a mi casa a tomar café o a charlar un rato…

Menos mal que no se me ocurrió ofrecerle té.

—Gracias, gracias, de veras.

—Señor Camuñas, el coche de la funeraria le espera para recoger las cenizas de su esposa.

Aquel tipo de traje oscuro y carpeta de piel bajo el brazo había salido prácticamente de la nada y se llevó a Odón Camuñas, alejándolo de nosotros y del resto de los asistentes a la ceremonia. Hoy en día, hasta las funerarias tienen sus cuerpos de élite, vestidos de riguroso luto y curtidos en mil entierros.

Durante todo el camino de vuelta del cementerio Nieves permaneció muda, aunque poco a poco iba recuperando el color. De vez en cuando la miraba de reojo y sólo veía su cara triste y pálida, mirando al vacío, como si por dentro estuviera pasando, adelante y atrás, la película del día anterior.

—Nieves.

—¿Sí? —respondió distraídamente, como si la acabara de sacar de un sueño.

—Deja de torturarte; no podías hacer nada. Ninguno de los dos podía.

—Ya lo sé, pero…

—No hay peros que valgan. Tienes que olvidarlo como una mala pesadilla.

—Eso quisiera, Juan, pero no puedo quitármelo de encima… Fue tan… tan…

Las lágrimas no le dejaron terminar la frase; tapó su cara con ambas manos y se abandonó a un llanto amargo y desconsolado. Paré el coche en el arcén de la carretera e hice lo único que estaba en mi mano: abrazarla y acariciar su pelo hasta que dejó de llorar. Cuando llegamos al portal, para mi sorpresa, el Dedos me esperaba sentado en el escalón. Alguna gente moría yotros cadáveres salían de sus tumbas.

 

¿Podrá Cacho consolar a la pobre Nieves? ¿Se recuperará ella del golpe? ¿Dónde ha estado el Dedos? ¿Y qué tiene que contarle a Cacho? Todo eso y más lo sabremos en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. Si a Merkel le parece bien.

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