Capítulo 6: Un entierro, un resucitado y una bronca (versículo segundo)

—¿Me lo quieres contar más despacio o te meto la tapa de ensaladilla por el culo? —Ya me tenía al borde de la  desesperación; primero, había tenido que aguantar las miradas de Nieves, del tipo Que Hace Este Tío Aquí, y después un
buen rato de narración inconexa, precipitada e ininteligible, como el último cuarto de hora de 2001 Una Odisea Del Espacio. Además, a las prisas había que sumarle una boca llena de patatas, aceitunas, zanahorias y mayonesa—. Anda,
traga y empieza otra vez desde el principio.
Vicente cogió la caña de cerveza, le pegó un buen sorbo, se limpió la boca con una servilleta de papel, carraspeó dos
veces como si fuera a cantar ópera en medio del Dos Tercios Del Quinto y volvió a comenzar su narración.

—Pues resulta que, al día siguiente de la juerga que nos pegamos, ¿te acuerdas de la borrachera que…?
—No te líes, que te pierdes y yo detrás de ti…
—Joder… Pues eso, que al día siguiente estábamos yo y la Toñi en el pub, el Sarandonga, ¿lo conoces?, es el puticlub
donde trabaja la Toñi y…
—Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiigue, leches.
—…Y resulta que llegaron los municipales en plan redada de película americana, como si allí estuviéramos terroristas
o algo peor. Claro, a mí me pillaron bailando con la Toñi, con las manos en el culo de ella, que vaya culo, por cierto, y
con los bolsillos llenos de tarjetas de crédito, dinero, chequeras… Todo el fruto de mi trabajo se fue a la mierda, Juan.
—¿Y?
—Y qué va a ser, Juan, coño, que pareces gilipollas, pues que llevo en el calabozo dos días, y me han puesto esta mañana en la calle. Y menos mal que hay mucho follón en los juzgados, que si no, voy al talego de cabeza.
—Si es que te lo tengo dicho, Vicente, mira que te lo he dicho mil veces, pero tú, nada, tú sin hacerme caso… —No
me pegaba nada el papel de hermano mayor responsable, pero si había alguien que podía echarle la bronca a Vicente
sin recibir dos hostias, ése era yo—. ¿Y ahora qué vamos a hacer?
—¿Vamos? —Las cejas del Dedos se levantaron hasta dibujar en su cara dos signos de interrogación—. ¿Has dicho
vamos? Tú no vas a hacer nada.
—Eso habrá que verlo. Ya estoy cansado de preocuparme por ti, así que a partir de ahora…
—¿Qué es lo que te has fumado, un libro de esos tan raros que lees?

—Vicente, calla, coño, y escucha, que no estoy de cachondeo —di un golpe en la mesa de latón haciendo saltar el resto de la tapa de ensaladilla y el vaso de cerveza. Todo el mundo se calló en el bar, y hasta la tragaperras pareció bajar el volumen de su cantinela—. Y vosotros, seguid a lo vuestro, que nadie os ha dado vela en este entierro.
—Maestro, eso del entierro ha estado muy propio. Además, hay que ver cómo se ha puesto; como si nos interesara
algo lo que le pueda pasar al Dedos —replicó el Moro desde detrás de la barra, con el mismo tono de desaire que el de la criada a la que pillan mirando por el ojo de la cerradura.
Vicente me miraba fijamente a los ojos. Nunca me había visto tan enfadado con él y estaba francamente sorprendido
por el hecho de que yo, Juan Cacho, su amigo del alma, su compañero de fatigas, le estuviera echando semejante
bronca. Y es que estaba dejando escapar todas las tensiones del fin de semana sobre los hombros de Vicente,  escupiéndole a la cara todo lo que me parecía mal de este mundo. Un mundo en el que la gente está tomando té y, al segundo siguiente, le están buscando sitio para criar malvas; un mundo en el que la policía se rasca la barriga hasta perder las uñas pero que, cuando se acercan las elecciones, se echa a la calle para hacerle una limpieza de cutis a la ciudad; un mundo en el que tu mejor amigo puede ser encerrado en una celda y dejarte solo.
—Vicente, tú sabes que te quiero como a un hermano… Y no quiero, no puedo soportar la idea de que vuelvas a la
cárcel —no se atrevía a interrumpirme, casi ni pestañeaba—. Así que quiero que… Quiero que… que te vengas a vivir a mi
casa.

Ahora sí que estaba realmente patidifuso. La boca se le quedó entreabierta, como un enorme parking para moscas. Alargó los brazos por encima de la mesa y me agarró por los hombros con sus manos, zarandeándome enérgicamente.
—Tú, seas quien seas, sal del cuerpo de mi amigo Juan.
—Vicente, que no estoy para bromas.
—¿Pero tú estás loco o qué? —Levantaba los brazos y miraba a su alrededor esperando que el resto de la clientela del bar, el Moro y el Dudu, le dieran la razón, y entre todos me metieran en una ambulancia camino del psiquiátrico.
—No, no estoy loco. Te vienes a mi casa, y vas a buscar trabajo.
—Ya tengo uno.
—Lo tuyo no es un trabajo, Vicente, no me toques los huevos. Vives al día, según se te hayan dado las carteras el día anterior. Y eso no es vida. ¿Qué harás cuando la edad te impida tener el pulso que tienes ahora, eh? ¿Qué harás? ¿Vivir de la limosna?
—Eso nunca, ya me las apañaré —se estaba empezando a mosquear por momentos; sus dedos tamborileaban  nerviosamente sobre la mesa y hacía rato que no bebía ni un sorbo de cerveza, lo que me indicaba que estaba bastante
cabreado—. Además, ¿cómo cojones quieres que me vaya a tu casa, si siempre estás con el agua al cuello? Y eso de  buscar trabajo…
—Bueno, mientras encuentras otra cosa, podrías trabajar para mí.
—¿Para ti? ¿Es que eres el dueño de El Corte Inglés y lo llevas en secreto? Vamos, anda…

—Mira, hagamos un trato. Yo te doy cama y comida, y tú puedes… —Vicente me miraba con media sonrisa colgada
del labio inferior, esperando oír qué era eso que le podía ofrecer—, pues me vas haciendo chapucillas en la casa, o me
la arreglas, o haces la comida… Yo que sé.
—Ja, qué gracioso; pero si tu casa tiene que estar para reconstruirla…
—Pues mejor, así te dura más tiempo el trabajo.
Parecía que me lo estaba llevando al huerto, y eso sin estar borracho ni nada.
—No sé, no sé, no lo veo claro… ¿Y qué pasa si te digo que no?
Llevó sus ojos a los míos, desafiante y chulesco, poniéndome entre la espada y la pared.
—Si me dices que no… Dejaré de quererte.

 

¿Aceptará el Dedos la proposición de Cacho? ¿Dejará nuestro héroe de quererle si no le hace caso? ¿Será un amor inmaculado y amistoso o se las tendrán que ver con las ínfulas de algún obispo? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. Date prisa antes de que lo recorten…

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