Capítulo 6: Un entierro, un resucitado y una bronca (versículo tercero)

Vicente parpadeó tres o cuatro veces, y su boca dibujó una circunferencia perfecta. No daba crédito a lo que acababa de oír; hasta el Dudu dejó de secar vasos, como si el chirriar del trapo contra el cristal pudiera alterar el resultado de las operaciones mentales del Dedos. Me levanté de mi silla, dejé unas monedas sobre el mostrador y me dirigí hacia la puerta, muy torero, con el capote a la espalda y el toro totalmente despistado por el engaño del volapié.
—Estooooooo, bueno… Pero que conste que lo hago sólo a cambio de que me dejes que arregle la casa. No le consiento
limosnas a nadie.
Vicente respondió a mi oferta en el justo momento en que yo agarraba el pomo de la puerta.
—Como quieras.
—Y nada de echarme una mano, que yo me las arreglaré solo.
—De acuerdo.

—Y eso del amor, ¿será amor de hermanos, no?
—Estrictamente fraternal.
—Vale, pero por si acaso, nada de acercarte a mi cama, porque… Habrá dos camas, ¿verdad?
—Bueno, todo es negociable.

Recogimos la ropa de Vicente del cuartucho en el que dormía, en la pensión Aurora, Se Alquilan Camas Por Horas. En las escaleras nos cruzamos con argelinos, nigerianos, angoleños, marroquíes, un señor de traje gris y una joven con el pelo teñido de naranja y la falda por el ombligo a la que no paraba de llamar sobrinita y no soltaba de la mano, no se le fuera a escapar. El cuarto era pequeño, largo y estrecho como un pasillo, con enormes desconchones en las paredes que dejaban ver los ladrillos, y un contador de la luz al lado de lo que quedaba del marco de la puerta. El suelo tenía subidas y bajadas —como la etapa reina del Tour—, y la cama —o algo parecido a un colchón con algo parecido a un somier— se mantenía en precario equilibrio, adosada a la pared. Ya sabía que mi amigo era un tipo atrevido y valiente pero aún hoy no sé como reunía el valor de apagar la luz y cerrar los ojos en aquella habitación, sin saber si alguno de aquellos leones  disfrazados de cucarachas, como la que acababa de pisar, se lo comería por la noche, con cama incluida. El olor que desprendían las paredes me recordaba al del Dos Tercios Del Quinto, aunque éste tenía cierto matiz a ropa interior sin lavar durante semanas y a semen reseco de meses. Por la única ventana del cuarto que daba a un pequeño callejón me llegaban las voces de algunas prostitutas, y de los albañiles de un edificio de aparcamientos que estaban construyendo justo enfrente, en un diálogo más propio de heladeros, lleno de palabras tales como lamer, chupar, comer…

Dejé a Vicente en mi casa arreglando el cuarto, que hasta entonces había servido como trastero-almacén-cuartodesastre
y que a partir de ahora sería su habitación, para bajar a casa de Nieves a ver cómo se encontraba. Después de pegar tres veces en el timbre la puerta se abrió dejándome ver la triste figura de mi vecino Ángel. El bloque, con Nieves y Ángel a la cabeza, rebosaba felicidad.
—Ah, eres tú.
—Hola tío, ¿qué tal…?
Clock. La puerta se cerró ante mis narices, dejándome la frase a medio terminar y el cuerpo en posición de echar a andar, como si un dios borracho y loco hubiera parado la cinta de video de mi vida. Pensé que una corriente de aire la habría cerrado tan bruscamente y que se volvería a abrir, pero cuando había pasado casi un minuto y seguía tan parada como cuando se cerró, empecé a intuir que algo andaba mal. Eso sí que es olfato.
No sabía si volver a darle al timbre, si cruzarme de brazos y esperar o tomar a la portera en brazos a modo de ariete y derribar la puerta a golpes de cabeza con rulos. Me decidí por la primera opción, porque no tenía ganas de pasar toda
la tarde de pie ni me sentía tan fuerte como para tomar a Doña María del Pilar entre mis brazos y levantarla a la altura
de una cerradura. Así que volví a pulsar el llamador tres, cuatro veces. «Nada, este chaval está sordo. Pues llamaré con
los nudillos. —Toc, toc, toc—. Nada, joder; al final me haré daño en la mano y todo».
—Joder, qué tío más pesado.
—Oye, ¿qué pasa? ¿Por qué no abres?

Esto de hablar a través de la madera me estaba a empezando a poner un poco nervioso.

—Porque eres un petardo dando consejos, y porque gracias a ti he hecho el mayor ridículo de mi vida.
Ostras. Al parecer, la fiesta del viernes por la noche no había ido tan bien como esperábamos…
—¿Puedes abrir la puerta y hablamos como personas normales o prefieres seguir pegando voces y que se enteren de
todo en la Patagonia?
Silencio. No es por nada, pero prefería la conversación a voces a ese silencio. En ocasiones, la falta de palabras resuena en los oídos con más fuerza que un buen alarido al lado de la oreja. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió.
—Cierra la puerta y no hagas ruido, que Nieves está dormida.
Seguí los pasos de Ángel hasta su cuarto. Si su cara era un poema, la habitación era un claro reflejo de su estado de ánimo: la ropa andaba revuelta por todos lados, la cama deshecha, y las colillas se salían del cenicero repleto.
—Y ahora, haz el favor de contarme toda la historia, anda.

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