Capítulo 6: Un entierro, un resucitado y una bronca (versículo cuarto)

No sé por qué, pero aquella frase empezaba a asomar demasiado aquel día. Al parecer, y siguiendo minuciosamente mis consejos, había elegido sus mejores ropas para la fiesta, se engominó los pelos hasta dejarlos de punta y tomó prestadas varias gotas del perfume de su padre —nada de meterte dentro del tarro, chaval—. Y de esa guisa se fue a la fiesta del instituto. Todo iba bastante bien; hablaba con los compañeros de clase, se pegaba unos bailes y hasta se permitió el lujo de invitar a un refresco a su tutora, por si eso ayudaba a subir algún puntito las notas. Y todo eso mientras no perdía de vista a Encarni, su amor platónico. El plan era acercarse a ella en algún momento en que se quedara sola y decirle que él era Baskerville, el hombre de su vida, el único que sería capaz de hacerla feliz y todas esas tonterías que se le pasan a los quinceañeros por la cabeza; bueno, a los quinceañeros y a algunos treintañeros.

En fin, que en uno de esos momentos en los que una de las amigas de Encarni decidió ir al servicio y el resto menos ella decidió acompañarla, Ángel se lanzó sobre su presa por la espalda, esgrimiendo la mejor de sus sonrisas y sacando el incipiente y casi inexistente pecho que dos días de gimnasio habían fabricado.

—Hola Donatella, soy Baskerville…

Ella dio un respingo —bien del susto o de la excitación que le provocaba saber que lo tenía detrás de ella, que por fin lo iba a ver— y se giró despacio, a cámara lenta, como si no quisiera que aquel momento acabara; pero cuando terminó de darse la vuelta, la sonrisa que estiraba la comisura de sus labios hacia arriba se aflojó, se desinfló, se quedó tan lacia como un tejeringo mojado en café. Y a mi pobre vecino se le cayó el mundo encima, y además de punta, para que le doliera más.

—¿Tú, tú eres Baskerville?

—Sssssí, soy yo…

—¿Estás de coña, no?

—Nnnnno, no es nin-nin-nin-ninguna broma, soy yo.

Para corroborarlo le repitió las conversaciones que habían tenido en el chat, las notas que le había dejado en clase… Ella no daba crédito a lo que estaba oyendo, no podía creer que el mismo chaval torpe, tímido y reservado que podía pasarse años en la banca de al lado sin que te percataras de su existencia, podía ser el mismo que le aceleraba el pulso con aquel aire de misterio y las palabras tan dulces que le enviaba Baskerville.

—No me lo puedo creer, es… Es imposible. Tú nunca podrías ser él, ni en tus mejores sueños.

—Pero si…

Para colmo de males, las amigas de Encarni volvieron del servicio, así que, en cuestión de segundos, se vio rodeado de chicas que le apuntaban con el dedo, se reían a carcajadas y le miraban como si fuera el payaso más patético de la historia del circo. Lo peor era que ella también reía y meneaba la cabeza con cada carcajada. Eso dolía como una patada en las ingles con una bota de puntera metálica, y Ángel estaba recibiendo una buena ración de ellas.

Eso fue todo. Se volvió y dejó la fiesta, caminó por las calles desiertas un buen rato, se fumó medio paquete de cigarrillos y maldijo su sombra cada vez que pasaba por debajo de una farola.

—Y todo por tu culpa. Si yo ya sabía que la iba a cagar, si lo sabía…

Ángel daba vueltas por la habitación, como un gato encerrado y mojado dirigiéndome cada dos por tres tal mirada de furia que no necesitaba el mechero para encender mis cigarrillos.

—¿Por mi culpa? Nadie tiene culpa de nada; bueno, si alguien tiene la culpa son los padres de esa niñata creída y presuntuosa que no supieron parar a tiempo la noche que la concibieron.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes. Tú no tienes la culpa de nada, y yo menos. Sólo intenté echarte una mano para que te acercaras a esa chica, y durante un tiempo estuviste más cerca de lo que soñaste jamás.

—Sí, claro, pero en cuanto me vio la cara…

Había dejado de girar alrededor de mí y se había sentado en el borde de la cama, con la cabeza gacha y mirando los cordones de sus zapatos.

—Mira, Ángel, a ella le gustó lo que vio dentro de ti, y es tan estúpida que se deja llevar por tonterías, por las amigas, por… por chorradas.

—¿Y ahora qué hago, Juan? Dímelo tú, ¿qué hago?

—De momento, alegrar esa cara y cambiarte, que te invito a lo que quieras. Te lo mereces porque tienes un par, sí señor.

—Es que no me apetece, de veras.

—Venga, déjate de rollos y vete cambiando. Te espero en el salón.

Me senté en el sofá y me puse a hojear un suplemento semanal atrasado. Según mi horóscopo, grandes aventuras me esperaban, tenía que estar muy atento, y nuevos amores llegarían a mi puerta. «Nuevos amores, como si tuviera antiguos ». Cuando le estaba echando un vistazo a las propiedades curativas de la alcachofa en ensalada salió Nieves de su cuarto con unos vaqueros gastados, una gomilla agarrándole el pelo y dos leones de peluche en los pies. Seguía teniendo mala cara, pero empezaba a tener el color de la carne humana.

—Vaya, no te esperaba por aquí, creía que estarías con tu amigo —eso de «amigo» llevaba su retintín—.

—No, le acabo de dejar en casa. Se viene a vivir conmigo.

Enarcó las cejas y en la frente le apareció un cartel luminoso que parpadeaba Tú Verás.

—Ah, bien, entonces…

Entonces sonaron unas carcajadas en el piso de arriba; unas carcajadas alegres y dicharacheras como un saco de cascabeles; y no tendría nada de particular si no fuera porque encima de nuestras cabezas vivía Odón Camuñas, contable y recién llegado al estado de viudez.

 

¿Saldrá Angel de su depresión post-fiesta? ¿Le seguirá echando a Cacho la culpa de su fracaso? ¿O han sido los árbitros? ¿Hay villarato en esta novela? ¿Y esas risas, a que vienen de un recién viudo? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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