Capítulo 6: Un entierro, un resucitado y una bronca (versículo quinto levanta tira de la manta)

—¿Qué ha sido eso?
—¿Eso? Pues… No sé, parecían risas.
Lo mío sí que era un oído, y no el de los felinos.
—Qué raro, ¿no?
—No tiene nada de raro, Nieves. Sólo era alguien riéndose, podría ser la tele, la radio, cualquier cosa.
—U Odón riéndose a carcajadas.
Como casi siempre, las mujeres aplican en cualquier ocasión el Teorema de la Tripodología Felina, buscándole los tres pies al gato. A partir de un simple ruido, Nieves estaba empezando a darle vueltas a la cabeza, construyendo castillos aéreos que se caerían al menor parpadeo.
—Bueno, aunque fuera él, no pasa nada. Puede ser que estuviera hablando con un amigo por teléfono, o…
—Sí, claro, un amigo, que sabe que acaba de enterrar a su mujer, le llama para contarle un chiste. No sé, me parece
raro.
—Nieeeeeeeeeeeeeves, no te comas la cabeza. Seguro que era un anuncio de compresas de esos en los que te están reventando los riñones pero eres feliz porque llevas tanga.
En esas estábamos cuando Ángel salió de su cuarto, listo para sacarme los euros de la cartera.
—Hey, ya estoy preparado.
—Ya te veo, ya…
—¿Y ahora que haremos con… Ejem, ejem… Con lo mío?
—Nada, absolutamente nada.
Nieves nos miraba con cara de póquer, pasando sus ojos de uno al otro, sin saber qué pensar ni qué tramábamos ni
en qué historia andábamos metidos.
—Oye, parejita, tened cuidado con lo que hacéis, que al menos uno es menor de edad, y el otro a veces lo parece.
—Sí, hermanita, no te preocupes…

—Eso, no te preocupes, y deja la cabeza tranquila, que desde aquí se te oyen los engranajes dando vueltas.
Y como dos compadres, agarrados de los hombros, mi vecino y yo salimos de su casa mientras alguien silbaba en la
planta de arriba.
—¿Qué es eso de no hacer nada?
Ángel había dejado de sorber por la pajita y me lanzó la pregunta a la cara, mientras yo daba buena cuenta de algo parecido a unas patatas fritas; al menos, tenían su color y su forma.
—Pues lo que oyes, nada de nada. Vas a pasar de ella totalmente. Al menos de momento, y luego…
—Sí, claro, esa es la mejor forma de arreglarlo. Además, si alguien pasa, es ella de mí.
Allí estaba yo, en uno de esos restaurantes de comida rápida en los que tardan una hora en atenderte, rodeado de quinceañeros bulliciosos y de padres tirando de una caterva de fieras que sólo quieren la hamburguesa que trae el muñequito de regalo. Y es que llamar a esos antros restaurante es lo mismo que decir que el que manejaba la guillotina era peluquero. Lo único agradable de aquel sitio era el constante ir y venir de cuerpos femeninos encerrados en ropas cinco tallas más pequeñas de las que les correspondían; en estos últimos meses había aprendido que los tangas están para enseñarlos, no para estar cómodas, que los escotes se habían convertido en balcones y que había nacido el pantalón en su modalidad para sordomudos, puesto que era muy fácil leer con ellos los labios…
—Angelito, mira a tu alrededor, mira a todas estas chicas, y dime qué ves.
Mi vecino giraba y giraba la cabeza, y movía los ojos al ritmo de las caderas de una morena, al compás de los pechos de una rubia.

—Veo… Joder, qué de niñas.
—Y aparte de eso, ¿qué más?
—Pues un taco de salidos mirándolas, incluidos nosotros dos.
—Ejem, ejem… Muy graciosillo. Bien, a todas las mujeres  les gusta saber que son observadas, que despiertan  admiración… A eso están acostumbradas. Pero…
—¿Pero?
—Pero si algo llama la atención de una mujer es que no le hagas ningún caso, sobre todo si ella sabe que a ti te gusta.
—¡Anda ya!
Ángel echó su silla hacia atrás, apoyándose solamente sobre dos patas, y por un momento temí que terminara dejándose la coronilla en el filo de la mesa de al lado.
—En serio. Mira, Encarni sabe que a ti te gusta ella, ¿no?
—Sí, supongo.
—Y ella espera que insistas, que la sigas, que la mires cuando pase por tu lado, que babees, que se te quede la boca abierta al verla… Lo normal.
—Bueno, quitando lo de babear, eso creo.
—¿Y qué pasa si ella pasa por tu lado y tú no la miras?
Ángel empezó a juntar las cejas, devanándose el cerebro, como hacía ante un problema de Física. Lástima que la Mujerología Aplicada no sea una ciencia empírica.
—Pues… Ni idea; supongo que creerá que la odio —respondió, encogiéndose de hombros.
—Pues que se intrigará y se preguntará por qué ya no la miras ni le haces caso, qué es lo que te ocurre, qué ha cambiado
en tu vida para que ahora no estés tan pendiente de ella.
—Eso… ¿Es así?

—En la mayoría de los casos sí, a no ser que lo tuyo con ella sea algo totalmente imposible. Ten en cuenta que si hay algo más difícil que entender a una mujer es entender a dos mujeres.
Mi vecinillo sonreía y me miraba entusiasmado; parecía que se le estaban abriendo puertas que él creía cerradas a cal y canto, tapiadas con tres metros de ladrillo y rodeada de vallas electrificadas.
—Je, je, entonces…
—Entonces, si todo va bien, al no hacerle caso, puedes conseguir que ella se fije un poquito en ti. Al menos en un principio; luego, nos tomaremos vengan…
—Shhhhhh, callaaaaaaaaaa, jodeeeeeeeeeeer…
Ángel agachó la cabeza, escondiéndose detrás del vaso de Coca-Cola tamaño Hércules.
—¿Qué pasa, que te quieres ir sin pagar? Pues creo que por debajo del vaso se te van a ver las pier…
—Calla, hostias. Joder, qué mala suerte, mierda, mierda…

Miró por encima de mi hombro y volvió a parapetarse  detrás del vaso de cartón. No pude resistir la tentación y me
volví. Por la puerta de la hamburguesería acababa de entrar un grupo de cinco chicas charlando animadamente. Podrían
tener todas, más o menos, la edad de Ángel, así que si no mentía la Ecuación del Zumo de Vaca, entre esas cinco chavalas
tenía que estar Encarni. Blanco y en botella, leche. Las cinco eran guapas y, lo peor de todo, sabían que lo eran. Entre
ellas, me llamó la atención una morena, más alta que el resto, de pelo largo y lacio, de andares decididos y esbelta silueta.
—¿Cuál de ellas es?
—Joder, la de la falda vaquera y la melena. Vámonos antes de que me vean, por favor…

¿Se quedarán? ¿Se irán, capital Teherán? ¿Pagarán la consumición o se harán un simpa? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.  

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