Capítulo 6: Un entierro, un resucitado y una bronca (versículo sexto, Camilo, mooooola maaaaazo)

Vaya con Angelito; si resultaba que su amor era la niña de los andares garbosos… Quizá no tuviera suerte con las mujeres, pero no se le podía negar el buen gusto. Aunque en ese momento estaba francamente angustiado y empezaba a sudar como un pollo en un microondas.

—De eso nada, chaval.

—¿Pero cómo que no? ¿Qué quieres, que se descojonen de mí en medio de la hamburguesería? Joder, encima se han sentado justo al lado de la puerta.

—Ángel, ¿quieres ponerte derecho? —Muy despacio, como un soldado sentado en el suelo de una trinchera, se fue incorporando hasta despegar la barbilla de la mesa y sentarse como las personas normales—. Mira, vamos a levantarnos y a salir por esa puerta y, además, lo haremos bien despacio y riéndonos a carcajadas.

—Sí, y una leche; si tengo toda la comida aquí —replicó, tocándose la garganta—. No sé ni cómo me voy a poder levantar… ¿Y si esperamos a que se vayan? Yo no tengo, prisa, eh…

—Ángel, levántate ahora mismo o te dejo aquí solito y les digo que estás ahí acojonado y cagado de miedo —evidentemente, eso hizo que despegara el culo de la silla, se pusiera en pie y echara a andar a mi lado. Le eché el brazo por encima del hombro, para dar imagen de amigos de toda la vida y para que no saliera por piernas y no parara hasta la frontera de Irún—. Y ahora, ríete como si te lo estuvieras pasando en grande, y sobre todo, ni la mires; como si no estuviera sentada ahí.

—Joder, jejeje, me tiemblan las piernas, jejeje.

Y allá íbamos, paseando por la hamburguesería, descojonándonos por nada, optando al Óscar a la Pareja Más Idiota del Barrio. Cuando llegamos a la altura de la puerta, cinco pares de ojos nos escudriñaban a los dos.

—Jajajaja, ya falta poco, aguanta Angelillo.

—Jajajaja, me voy a cagar encima, jajaja.

Cuando se cerró la puerta a nuestras espaldas, por el rabillo del ojo pude ver como las cinco chicas nos observaban y cuchicheaban entre ellas, pero la morena de pelo largo y falda vaquera no nos quitó ojo de encima hasta que doblamos la esquina. Justo en ese instante, Ángel empezó a dar saltos como si le estuvieran ardiendo las suelas de los zapatos.

—Oleee, qué guay, qué guay.

—Valeee, ya vale, que la gente te está mirando; y lo que es peor, también me miran a mí.

—Joder, eres un monstruo, Juan, un monstruo —mientras seguía dando saltos, me abrazaba, con el consiguiente peligro para los dedos más pequeños de mis pies—. Esto no te lo podré pagar nunca…

—Ya, pero podrás hacerme un favor.

Lo dejé en su casa media hora más tarde, frente a su ordenador, buscando entre las webs de software pirata la última versión de un programa simulador de caos; a pesar de estar sentado, tecleando, y del tiempo que había pasado desde el episodio de la hamburguesería, sus pies no dejaban de moverse poseídos por el espíritu de todos los bailarines de claqué fallecidos hasta la fecha.

Subí por las escaleras hasta mi casa; al pasar por la tercera planta agucé el oído para a ver si alcanzaba a oír algo anormal, pero sólo pude escuchar la maquinaria del ascensor y a Doña María del Pilar destrozando La Bien Pagá desde el portal. Llegué hasta la quinta y abrí la puerta de casa pero allí me quedé congelado en el umbral por el espectáculo que tenía ante mis narices. Desanduve lo andado y cerré la puerta, pensando que me había equivocado de puerta, de planta o quizás hasta de bloque. Pero varios datos me indicaron que no estaba equivocado: primero, en la pared seguía atornillado el cartelito con el número cinco;segundo, era mucha coincidencia que mi llave abriera otra puerta; y tercera, ¿por qué otra persona iba a tener una foto de mi madre en la entrada?… Así que volví a meter la llave en la cerradura, girándola lentamente y empujando la puerta con la yema de los dedos. No sé qué demonios había pasado allí pero no había ceniceros llenos de colillas ni revistas por el suelo y podía andar sin tropezar con alguna lata de cerveza. Todo estaba fuera de su sitio: los libros en las estanterías, los cojines en el sofá, las sillas pegadas a la mesa; por primera vez en no sé cuánto tiempo podía ver el fondo del fregadero, y descubrí que las ollas eran brillantes y no mates. El suelo reflejaba mi estupefacta silueta, incluso a través de los cristales del lavadero podía ver la calle. Para remate, algo que olía a comida de verdad se estaba cocinando en una olla.

Oí ruido dentro de mi cuarto, así que me armé de valor y me asomé a la puerta. Si hubiera tenido a mano unas tenazas no habría dejado de aplicarlas sobre mis pezones hasta que me hubiera despertado de semejante pesadilla. Vicente se afanaba sobre la tabla de planchar —¿tenía en casa tabla de planchar?—, exterminando sin ningún tipo de compasión las arrugas de una camisa.

—Pero, ¿qué demonios…?

—Coño, Juan, avisa, que no te había oído entrar.

—¿Se puede saber qué estás haciendo?

—No te jode, cortar jamón… ¿Pues no lo ves? Planchando —seguía moviendo la plancha adelante y atrás, como tantas veces había visto a mi madre. Mojaba los dedos en un vaso con agua que tenía colocado en un extremo de la tabla, y espolvoreaba las gotas sobre la tela—. ¿Qué miras con esa cara de pasmado? Anda, vete a la cocina y mira a ver si la pasta está todavía dura.

Aún conmocionado, por todo lo que estaba sucediendo, di media vuelta y volví a la cocina. Por Dios, en lugar de mi amigo Vicente había metido en casa a Gracita Morales.

La cena fue estupenda, y después nos quedamos hasta las tantas charlando sentados en el sofá. Se me hacía muy extraño tenerlo allí, a mi lado, y saber que no se iría, que no desaparecería como por arte de magia, como hacía casi siempre. Lo que me tenía inquieto era saber cuánto tiempo podría aguantar Vicente así. Esperaba que este último susto le hubiera convencido de que se estaba equivocando, de que así no podía seguir. Y si yo había puesto mi grano de arena para que esto sucediera, daba por buena tanta limpieza; siempre y cuando no necesitara un mapa para encontrar loscalzoncillos.

A la mañana siguiente me despertó un sorprendente olor a café. Sobre la mesa de la cocina, escrito con la letra picuda y desordenada de Vicente, me esperaba una nota apostada entre la cafetera y un cartucho lleno de churros y manchurrones de aceite. VOLVERÉ, decía la nota. Lo malo era que no decía cuándo.

 

¿Volverá? ¿Cuándo? ¿Se acostumbrará Cacho a tanta limpieza? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. 

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