Capítulo 7: Una bañera, una desaparición y un pincho de tortilla (versículo primero de España y quinto de Alemania)

Me pasé toda la mañana, y la tarde del domingo, en casa, delante del ordenador, dando viajes hasta la ventana, cada cinco minutos, para ver si aparecía el Dedos por alguno de los extremos de la calle. Pero nada, ni rastro.  Me juré que cuando volviera le metería uno de aquellos aparatos localizadores vía satélite por el culo, y así sabría dónde estaba en cada momento. Claro, eso en el caso de que volviera…
Entre estos pensamientos tan animados y el buen rato que me pegué delante del ordenador metiendo la información en carpetas y subcarpetas o escribiendo algunas anotaciones al margen de los textos, las horas pasaron tan rápidamente que, cuando sonó el timbre de la puerta, miré el reloj y me sobresalté al ver que eran casi las seis de la tarde y ni había almorzado. Eso explicaba los ruidos de mi barriga y el trasiego de la calle.
—¿Dónde coj…? —En mi inocencia, creía que al otro lado de la puerta estaría Vicente, con su cara de Niño Bueno Que
Nunca Rompió Un Plato, pero lo que me encontré fue la cara de Amparito, con los ojos un tanto colorados y el rímel
corrido, con perdón—. Ah, hola, creía que…

—Hola Juan, pasaba por aquí y…
—Pero entra, mujer, entra. La verdad, estoy sorprendido; no esperaba verte por aquí.
Cerré la puerta y la acompañé hasta el salón. A pesar de su aspecto triste y alicaído estaba realmente guapa con sus vaqueros, su camiseta de algodón y sus zapatillas deportivas; al tenerla tan cerca, en mi casa, a solas, estaba acojonado,
por tanto me senté en la punta opuesta del sofá dejando un cojín en medio, a modo de trinchera.
—Es que venía a decirle al señor Camuñas que mañana no vendría a las clases y entonces me he enterado de que… Es… Terrible.
Se echó las manos a la cara en un gesto demasiado familiar para mí esos días; veía mi imagen reflejada en la pantalla apagada y oscura de la televisión. Allí estaba yo, mirándola como un estúpido, sin hacer ni decir nada, sin mover un dedo. Así que me acerqué a Amparito y la tomé entre mis brazos. Sentía su cuerpo cálido pegado al mío y sus lágrimas mojaban mi camiseta. Por una parte, quería que dejara de llorar, pero por otro lado, deseaba que llorara hasta la deshidratación, porque era sumamente placentero tenerla así, poder inhalar el perfume directamente de su pelo, notar
su respiración, el palpitar de su corazón —bom-bom-bom— latiendo a pocos centímetros del mío —bombom-bombombombom-bombom—. Poco a poco se fue calmando, aunque no me soltó en su abrazo, ni yo a ella —faltaría más—.
Entonces levantó la cabeza y me miró fijamente a los ojos, como sólo pueden hacerlo las mujeres y algunas especies de
serpientes para dejar indefensas a sus víctimas. No me miraba, más bien me penetraba con la mirada, quizás intentando
averiguar qué pasaba por mi cabeza, quizás queriendo saber por qué latía tan fuerte mi corazón, quizás me contaba las pestañas, no sé. Lo que es seguro es que algo vio, porque se acercó, acercó y acercó, hasta poner sus labios sobre los míos. Fue un beso corto, un simple roce, pero tan prometedor que los dos decidimos que nos supo a poco —a muy poco—, y nos lanzamos a una vorágine de mordiscos, lametones, chupetones y bocaditos. Rodamos por el sofá, uno sobre el otro, o el otro sobre el uno, y caímos al suelo al igual que mi camiseta y la suya que quedaron desparramadas como dos pelotas de trapo. Ella enlazó sus piernas alrededor de mi cintura, y yo deseaba sufrir una mutación instantánea que me produjera el crecimiento repentino de seis o siete manos y tres o cuatro bocas, porque con lo que traía de fábrica no tenía suficiente.

Con el mismo pulso que un enfermo de Parkinson con un ataque de nervios intentaba desabrochar aquel maldito sujetador, pero se resistía el condenado; en el momento en que empezaba a evaluar la posibilidad de cortarlo en mil
pedazos con un cuchillo jamonero, Amparo tomó mis manos, despegó su cuerpo del mío y se levantó.  Yo estaba allí, sentado en el suelo, mirando embobado cómo desaparecía por el pasillo, camino de mi dormitorio.

—Me gustaría darme una ducha —y para rematar la frase, un sujetador salió volando desde la nada para aterrizar en la
entrada al salón—. ¿Me acompañas?

Ay la Virgen Santa. ¿La acompañará? ¿Adónde? ¿Pueden esto leerlo los menores de edad o es tan crudo como los anuncios de KH-7? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. 

Anuncios

Gracias por dejar tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s