Capítulo 7: Una bañera, una desaparición y un pincho de tortilla (versículo segundo, como todo francés que se precie)

Y la acompañé, claro que la acompañé… Supongo que la mayoría dirán que estaba loco, que era un asaltacunas, un Herodes versión moderna, pero es que yo no había buscado aquella situación. La deseaba, sí, lo reconozco, pero quiero que quede claro que yo no di el primer paso, ni siquiera el segundo, simplemente me invitaron a un banquete y acepté. Allá iba yo, siguiendo el rastro de ropa tirada por el suelo, adentrándome en lo que antes era un simple dormitorio y que esperaba que se convirtiera en el escenario de un capítulo de las Mil y Una Noches. El sonido del agua contra el suelo de la bañera me sonaba a música celestial interpretada por un coro de ángeles, aunque esperaba que aquella silueta que se dibujaba a través de la cortina no fuera tan celestial y menos aún un ángel, que esos no tienen sexo. Ni corto ni perezoso —porque no era momento de perezas y lo de «corto» no necesita explicación—, me deshice de la poca ropa que me quedaba y me metí tras la cortina. El espectáculo era tal que aún hoy no he encontrado las palabras para describirlo. Su piel, morena y húmeda, pedía a gritos que la besaran, que la acariciaran, y sus pechos apuntaban hacia mi cara como dos Cyranos, señalándome descarados y desafiando a la gravedad. En una de sus nalgas, dos pequeñas cerezas tatuadas pedían a gritos que alguien las devorara. Y a mí me encanta lafruta.

Nos abrazamos y besamos bajo el chorro de la ducha, y nuestros gemidos se confundían con el shhhhhhh del agua. Nos buscábamos, como buscan los pobres un bocadillo de calamares, y nos encontrábamos, tocando con soltura las teclas que ponían en funcionamiento la máquina de producir gemidos. Aquello estaba resultando tan perfecto que, en el fondo de mi corazón, sabía que algo acabaría jodiéndolo todo. Por si acaso, de vez en cuando miraba hacia abajo, buscando un fallo en mi virilidad —nunca lo hubo, pero alguna vez podría ser la primera…—. Afortunadamente, mi compañero de fatigas estaba cumpliendo como un caballero: levantándose ante las señoras.

Los controles me indicaban que el rumbo era correcto; todas las luces, pilotos y relojes seguían en los parámetros normales, y ninguna alarma había saltado avisando de fallos en los motores o de escapes en los depósitos de combustible. «Allá vamos», me dije, apoyándola contra la pared alicatada cuando…

—Holaaaaaaaaaaaa, ya estoy aquíiiiiiiiiiiiiiii.

Si lo que tenía en la mano hubiera sido un arma, sin duda la habría usado sobre Vicente unas doscientas veces, una por cada uno de los golpes de riñón que acababan de irse por el desagüe.

—¿Dónde estás, Juanilloooooooo? ¿No te estarás matando a pajas otra vez, no?

La madre que lo parió. Amparo tenía los ojos abiertos como platos e intentaba recuperar un ritmo de respiración menos acelerado. Pero claro, como dice el Teorema del Empeoramiento No Acotado: Todo lo que puede joderse, se jode, y si está jodido, se joderá más. Quizás por eso, el jabón y el agua hicieron su papel de elementos desestabilizantes y, al notar que mis pies empezaban a deslizarse, me agarré a lo que pude; es decir, una mano a la cortina y la otra a la teta derecha de Amparo. Lógicamente, ni la cortina tenía la fuerza suficiente ni la teta de Amparo era tan firme como la manilla de la puerta de un coche, así que lo único que conseguí fue que los dos acabáramos en el fondo de la bañera y liados en plástico. El golpe fue tremendo, y sonó a campanas de duelo, seco y grave. Al instante, un ruido de pasos precipitándose por el pasillo me avisaba de que Vicente se acercaba a la carrera. Si no hubiera sido por él, nos habríamos asfixiado, pero claro, si no hubiera sido por Vicente, nos habría faltado el aire, aunque de otra manera —arf, arf, arf—.

—Joder, Vicente, es que es para matarte.

Habían pasado varias horas desde que sufrí el accidente de la bañera y todavía el Dedos seguía riéndose a mandíbula batiente de mí, atragantándose con la cena y golpeándose los muslos cada vez que me miraba.

—Coño, Juan, yo qué sabía… Me tenías que haber puesto un cartelito en la entrada, y me hubiera ido, leches.

—Eso, para cartelitos estaba yo. Pero, ¿tú te crees que en ese momento me iba a acordar de ti?

—Jejeje, espero que no. Es que cada vez que te miro, me acuerdo de… Jajajaja, JAJAJAJAJA.

Al final, tenía que reírme yo también; la situación había sido de lo más pintoresca y, si la hubiera visto en una película, me estaría riendo como Vicente, sin duda, y pensaría que el guionista era un cachondo que se había fumado toda la maría del país.

—¿Sabes lo peor?

—Pues, no sé… ¿Qué se la clavaste a la bañera?

—Estoooo, no; bueno, también, pero me refería al cabreo que llevaba Amparo.

—¿Cabreada? Qué vaaaaaaa. Anda ya, hombre. Si por poco tienes que cambiar el marco de la puerta, del viaje que le ha dado.

Pues sí, el portazo fue de categoría, y sonó como un disparo seco y certero; un balazo dirigido hacia mis pelotas; bueno, hacia la parte que no me había dejado pegada a la bañera.

—Sí, parecía bastante enfadada.

—Tienes suerte si la próxima vez que te vea no te escupe en la cara.

 

¿Le escupirá? ¿Habrán quedado secuelas en la bañera? ¿Por qué no pone Juan Cacho esos pececitos que se pegan en el suelo de la bañera y así no se resbala uno? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. Lo siento, ha sido un error y no volverá a pasar. Ni de coña.

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