Capítulo 7: Una bañera, una desaparición y un pincho de tortilla (versículo tercero)

Vicente quizá tuviera razón, y no me atraía la idea de que cayera una lluvia de salivas en medio de la clase, delante de sus
compañeros y de Jaime Calahorra. Aunque, si lo pensaba detenidamente no tenía por qué estar enfadada conmigo. Sí, fue una situación embarazosa. Sí, el Dedos no se había perdido ni un ápice del cuerpo desnudo de Amparo. Sí, el golpe fue bastante fuerte. Pero había sido un accidente, un desafortunado accidente del que —demonios— ella era la responsable.
Sí, amigos y vecinos, ella tenía la culpa. Me había arrastrado hacia la bañera, aprovechándose de mí. Casi una violación. Había usado con sabiduría milenaria mi abstinencia de meses —¿o era más tiempo?—, se había permitido el jugar con mis sentimientos y mis apetitos… Vamos, que yo era el que tenía que estar ofendido, ¿o no? Pues no, joder; si algo había pasado o había estado a punto de pasar era por culpa de los dos, y el más culpable era yo, sin duda; porque era su profesor, mayor que ella en al menos una decena de años y, en teoría, más responsable, más maduro y con algo más de cabeza y sentido común. Pero qué va, me había dejado llevar, o más bien había permitido con todo el gusto del mundo que me llevaran; así que todo lo que se pasaba por la cabeza sonaba a excusa barata, a explicaciones para idiotas y frases hechas para convencerme a mí mismo más que a los demás.
Y lo peor de todo estaba aún por llegar, porque tarde o temprano llegaría el lunes y tendría que volver a verla, todos los
días, en la academia. Tendría que cruzarme con ella y seguir tratándola como alumna y, además, intentar que aquella situación no influyera en mi trabajo. A ello hay que añadirle que debía hablar con Amparo y pedirle perdón, excusas o lo que hiciera falta y, de paso, ponerle fin a esta patética historia de profesores salidos y pequeñas lolitas veinteañeras.
—¿Y ahora qué harás?

Vicente, por primera vez desde que volvió, me miraba serio.
—Pues no sé, tío, pero lo más probable es que le pida excusas y le diga que no podemos volver a quedar ni vernos a solas ni nada por el estilo.
—Joder, pues sí que estamos bien… Lo que tendrías que hacer es quedar con ella para rematar la faena, cojones…; mira que el polvo que no eches hoy, no lo volverás a echar jamás.
—Vicente, si es una niña, leches. ¿Pero es que no la has visto?
—Huy, sí que la he visto, jejejeje —y con las manos dibujó la silueta de su cintura—. Y está bien buena, sí señor; para ponerla a cuatro uñas mirando a La Coruña.
—Tú estás loco, ¿verdad? Pero como pretendes que yo…  Con esa chica…
—Mira Juan, si esa niña pasara de ti no habría hecho lo que hizo, joder… Si es que tú para las mates, sí, muy bueno, pero para las mujeres, un desastre. Que te lo digo yo, cojones, que esa está por ti; no sé qué te habrá visto, pero está por ti. Lo mismo que la del segundo, la hermana de ese al que le das clases…
—¿Nieves? ¿Qué yo le gusto a Nieves? ¿Pero tú qué te has bebido, todo lo que tengo en el mueble bar o qué?
—Jooooooooooooooder, anda que… Mira chaval —me dijo mientras se levantaba y empezaba a recoger los platos de la cena—, esa está loca por ti; si nada más verte se le caen las bragas al suelo.
—Vicenteeee…
—Que sí, coño; hazme caso. Así que para de dejarte las pestañas pegadas a ese ordenador de los cojones y estate  pendiente de lo que pasa delante de tus ojos, que eres un topo.

Y allí me quedé, sentado en el sofá, mirando el vacío y dándole vueltas a la cabeza, mientras el Dedos no paraba de dar viajes a la cocina con los restos de la cena, canturreando por lo bajo y guiñándome a la más mínima oportunidad. A ver si resultaba que yo era ahora un galán, un auténtico Casanova, sin enterarme… Hombre, en algunas cosas Vicente podría llevar razón; si Amparo había actuado como lo había hecho sería por algo, digo yo. Si no, sería muy difícil de explicar su comportamiento. Pero eso no justificaba el hecho de que lo nuestro pudiera ser; qué va, ni mucho menos, eso era un imposible, al menos de momento, mientras que le diera las clases… Quizás, después del verano… Bueno, ya veríamos, pero ahora, qué va, qué va… Fuera de la cabeza.
Pero lo de Nieves… En eso tenía que estar equivocado. Si la veía de higos a brevas y sólo unos minutos, al salir o entrar de su casa para darle las clases a Ángel; bueno, últimamente más, pero eso era producto de los acontecimientos. Eso sí, no había puesto pegas en tomarse un café conmigo, pero claro, seamos sensatos, no todas las que quieren tomar café con uno están loquitas por los huesos de Juan Cacho. En fin, estaría más pendiente, a ver si podía ver lo mismo que veían los ojos de Vicente. Joder, si me estaba empezando a doler la cabeza y todo. «Pues venga, a la cama, que mañana será otro día».
Lunes. Joder, lunes. Nunca en mi vida tuve tan poquitas ganas de levantarme de la cama; bueno, exceptuando el día aquel del examen de Cálculo de tercero, para el que no había movido los libros de su rincón. Pero lo de hoy no se
podía comparar ni de lejos; lo peor de ciertas circunstancias es enfrentarnos a la incertidumbre. No le tenemos miedo a
nada cuando sabemos lo que nos va a salir al abrir la caja de los infiernos, pero si lo que se esconde detrás de la puerta nos es desconocido dudamos, sudamos, intentamos escurrir el bulto y simulamos enfermedades graves de parientes lejanos para eludir el envite. Y justamente eso era lo que me pasaba esa mañana; no sabía a lo que me enfrentaba: si a una veinteañera furiosa, a una veinteañera a la que se le había pasado el momento de furia o a los padres de la veinteañera, poniéndome en evidencia frente a Jaime Calahorra; o lo que es lo mismo, poniéndome de patitas en la calle.

Así que, con sudores fríos y temblores de piernas, salí de casa y me fui hasta la academia. Las horas pasaban lentamente
y cada ruido de pasos por el corredor, cada abrir o cerrar de puertas, suponía un acelerón de los latidos cardiacos, un aumento de la sudoración de la frente y un atasco en la explicación que estuviera desarrollando en ese momento. En los descansos, entre clase y clase, caían los cigarros como las barcas al borde de una cascada, y los dejaba a medio terminar, aplastándolos nerviosamente contra el suelo de terrazo, como si al apretarlos con la suela de mi zapato fuera a conseguir que el suelo se abriera y me sirviera de escondite.

Ya casi era la hora de la clase de los universitarios. Iban llegando de uno en uno; algunos preparados para irse a la playa, otros esperando a que el Meteosat se estropeara y me cayera encima —y a ser posible metiéndome una de las placas solares por el culo—, pero ni rastro de los ojos verdes de Amparo, y eso me ponía aún más nervioso, si cabe, porque las posibilidades se multiplicaban. ¿Y si resultaba que en este momento estaba hablando con Jaime en su despacho, contándole con pelos y señales lo sucedido el domingo? ¿Y si los que estaban en el despacho eran sus padres —la madre con un paquete de pañuelos de papel, el padre con una escopeta de caza mayor—? No me llegaba la camisa al cuerpo,  pero era la hora de la clase y uno, ante todo, es un profesional.

¿Aparecerá Amparito por clase? ¿Vendrá dispuesta a montar una bronca de las gordas? ¿Corre peligro el trabajo de Cacho? ¿Será cierto que Nieves está loca por los huesos de nuestro héroe? ¿Pero es que están todas ciegas? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

Anuncios

Gracias por dejar tu comentario...

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s