Capítulo 7: Una bañera, una desaparición y un pincho de tortilla (versículo cuarto y mitad de chooped)

Siguieron pasando los minutos y, con ellos, la clase; cada ruido de pasos, cada tos o movimiento extraño provocaba en mí enormes sobresaltos, pero la hora terminó y Amparo no había aparecido. Eso sí que era algo inesperado. Había pensado en todas las posibilidades pero la de que ella no apareciera por la academia se me había escapado por completo. Y eso abría un nuevo abanico de posibilidades: que estuviera en el hospital con grandes moratones en el culo y la espalda, explicándole a los médicos que cierto profesor le había atacado e intentado violar; o que sus padres, al oír su relato, hubieran decidido ingresarla en el Convento de las Carmelitas Descalzas de Nuestro Padre Jesús de las Siete Llagas en el Misterio de su Sagrado Corazón, para que expiara sus pecados y meditara sobre ello; o, sencillamente, que había llamado a Jaime Calahorra para darse de baja de la academia, al no poder soportar la presión a la que yo la sometía al cruzarme con ella por los pasillos para buscar el roce entre carne y carne, tirando el bolígrafo al suelo para así poder verle la piernas, o lo que fuera… En estos alegres y dicharacheros pensamientos me encontraba, mientras recogía mis cosas al terminar la clase, cuando oí la voz del director de la academia llamándome desde su despacho. Por el tono de la llamada, no creí que fuera a ofrecerme un aumento de sueldo ni participaciones en la empresa ni nada que se le pareciera; en todo caso, me parecía que lo que iba a ofrecerme era la puerta y una ración de aire callejero. Despacio, recorrí el pasillo hasta llegar a su puerta. Llamé muy flojito y cuando Jaime Calahorra me dijo que pasara, tomé la manilla de la puerta con sumo cuidado, no fuera estar enchufada a treinta baterías de camión conectadas en serie.

—Hola, Jaime… ¿qué ocurre?

La voz no me salía del cuerpo, y empezaba a notar una extraña sensación de humedad en la espalda.

—¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? Pues que no me esperaba esto, joder; vaya si no me lo esperaba…

Mientras hablaba, el director caminaba de un lado a otro del despacho, como un oso polar enjaulado y rodeado de calefactores a tope de potencia.

—Esto, yo, en fin, que quieres que te diga…

Lo que me temía: Amparito había descolgado el teléfono y abierto la caja de los truenos.

—Juan, joder, que no estoy para bromas… Tú qué tienes que decir… Pues qué vas a tener que decir… Nada. Si no hay nada que decir; si está todo bien claro…

La cosa se estaba poniendo bien jodida. Al final mis peores sospechas se habían confirmado en las palabras de Jaime, así que todo estaba bien claro, no tenía nada que decir… Todo el pescado estaba vendido. «Si es que todo me pasa porque soy un lila, me cago en todos los calostros que mamó Bambi».

—Jaime, hombre, yo te puedo explicar…

—¿Pero qué me vas a explicar? Como si tú pudieras hacer algo con esos mamones del Ayuntamiento…

¿Ayuntamiento? ¿Ayuntamiento? ¿Pero qué cojones tenía que ver el ayuntamiento en lo que estábamos hablando? ¿Es que todo había trascendido hasta llegar a los oídos del alcalde? ¿El padre de Amparo era concejal o algo parecido? ¿Qué coño tenía que ver el Ayuntamiento con lo mío?

—¿Pero qué pasa con el Ayuntamiento?

—Esos hijos de puta han venido hace un rato a hacer una inspección, y ahora resulta que tengo que hacer obras en los baños y habilitarlos para minusválidos. ¡La madre que los parió! Pero si en todos los años que llevo aquí ninguno ha entrado por la puerta…

Estaba realmente indignado; se veía a la legua que la visita de los inspectores le había llegado al alma, o un poquito más abajo. Es más, seguro que si necesitaba sus pelotas en ese instante no se las encontraría porque se las habían pateado bien lejos.

—Y claro, ahora resulta que tengo que cerrar la academia, por lo menos una semana…; eso si encuentro un albañil que no me deje tirado en cuanto coja la pasta para los materiales… La madre que los parió, la madre que los parió…

—Oh, vaya, lo siento… Eso significa que…

—Pues eso, que te vas a pegar al menos una semanita de vacaciones por la cara, aunque claro, evidentemente, te lo tendré que descontar de tu sueldo.

—Sí, claro, por supuesto…, es lo normal —pues claro que me lo iba a descontar; aunque me ingresaran en el hospital para coserme la cabeza al tronco, seguro que sufriría una sensible rebaja en la nómina—. Pero no te preocupes, lo entiendo de sobra. En fin, qué le vamos a hacer.

—Me cago en la leche… En medio de las clases; no, ellos no se pueden pasar en septiembre, lo hacen ahora, para joderme bien jodido… Seguro que es el de la academia de allá abajo; claro, como no puede conmigo, pues seguro que ha tirado de alguno de sus enchufes del ayuntamiento para hacerme la puñeta…

—Bueno, pues ya me pasaré para ver cómo va todo…

—…Pues si se cree que con eso va a acabar conmigo, se equivoca de todas todas; digo que si se equivoca; pero bien equivocado. Deja que me lo cruce un día por la calle, se va enterar de quién leches es Jaime Calahorra…

Allí lo dejé, echando espumarajos por la boca, maldiciendo, lanzando rayos por los ojos y acordándose de la madre y resto de familiares difuntos de los inspectores del ayuntamiento, concejales y alcalde. Desde la calle se le escuchaba golpear la mesa con algún objeto contundente. Recé para que no fuera su cabeza y destrozara todo el mobiliario del despacho. Mientras bajaba la cuesta hasta casa, pensaba en qué habría podido ocurrir con Amparo, si no había podido venir o simplemente no quería volver a verme la cara; para colmo de males, no tenía su teléfono y no se lo iba a pedir a Jaime Calahorra… Y eso de apostarme aparcado enfrente de su portal como un novio abandonado, despechado y celoso no entraba en mis planes para la semana. Hombre, se me ocurría una solución: acercarme a casa de Odón Camuñas —seguramente él tendría su número—, pero claro, ¿a santo de qué iba yo a ir a su casa a pedirle el teléfono de Amparo? «Buenas, vecino. Verá usted, resulta que me han contratado como tele-encuestador para una empresa de maquillajes y necesito el mayor número de teléfonos posibles, así que si tuviera alguno por ahí de una jovencilla, de unos veintitantos, de ojos verdes, pues me vendría de perlas…». No, va a ser que no.

De nuevo en casa, le conté a Vicente lo sucedido en la academia. Se rascó la coronilla, como cada vez que algo le preocupaba, pero le tranquilicé diciéndole que todo estaba controlado y que teníamos fondos para aguantar una semana. No se quedó muy conforme, pero de todas maneras no le quedaban muchas más alternativas que las de quedarse.

—Uf, qué chungo el tema… Y ahora encima el mamón te lo quiere descontar del sueldo.

—Ya, si es que este tío es así…, pero no te preocupes, que sólo es una semana.

—Bueno, pues ya está. No te comas la cabeza, y cómete la tortilla de patatas que si no, se va a poner más tiesa que uno que yo conozco dentro de una bañera, jajajaja.

Mientras echaba mano al tenedor y se acercaba un trozo de tortilla a la boca, Nieves llamaba al timbre de la puerta, cargada con un saco de sospechas.

¿Dónde se habrá metido Amparo? ¿Le habrá contado a alguien las peripecias de la bañera con Cacho? ¿Podrán arreglar los servicios de la academia en una semana? ¿De verdad se pone tan tiesa la tortilla de patatas cuando se enfría? ¿Y qué noticias trae Nieves? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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