Capítulo 8: Una metedura de pata, un fisgón y un chateo (versículo tercero)

Después de cerca de una hora de planes descabellados, intentos de escaparme, amagos de levantarme y desaparecer del globo, reproches por parte de los dos, alegatos a favor de mi valentía, recordatorios sobre lo fácil que es levantar falsos
rumores sobre mi masculinidad, y una vergonzante rendición  sin condiciones, acompañé a Nieves hasta su casa para
echarle un ojo a Ángel. Allí lo encontré, tumbado en su cuarto, echándole una ojeada a un volumen de Astérix y con más mala cara de lo que me cabía esperar.
—¿Cómo estamos, socio?
—Pche, pues como regular, pero sin el como…
Tenía una cara de aburrimiento que tiraba de espaldas. Tumbado sobre la cama, con el cómic sobre la barriga, los pies colgando desde el filo del colchón, parecía esperar la llegada de la muerte con total desinterés.
—¿Y eso por qué? A ver, cuéntamelo todo.
La verdad es que la respuesta ya la conocía.
—Pues por qué va a ser, leches, que pareces tonto… Pues por la niña esta, que me trae por el camino de la amargura.
—Bueno, hombre, no te pongas así. ¿Hiciste lo que te dije, pasas de ella?
—Yo que sé, tío —soltó el libro, que resbaló sobre el borde de la cama y cayó al suelo, justo al lado de sus ánimos—. Cuando la veo, intento no mirarla y hacerme el loco, pero es que me cuesta un trabajito que no veas; además, las  imbéciles de las amigas se parten el culo cada vez que me ven, y como sigan así se va a conocer la historia en todo el barrio, y eso era lo que me faltaba.
—Ya, te entiendo.
—No sé qué hacer… Es que no me la puedo quitar de la cabeza.

Ay, pobrecillo, ya tan joven y descubriendo lo jodido que es el mundo. A este paso se iba a sacar la carrera de Experto
en Puñaladas Traperas y Tropezones de la Vida sin pasar por la facultad, y antes de que le llegara la edad.
—Pero Ángel, no te desanimes, si mujeres hay a patadas; le das un puntapié a una piedra y de debajo salen…
—Déjate de chorradas; a mí me gusta ésa, y las demás me importan un carajo.
Se incorporó y se quedó sentado junto a mí, mirándome fijamente con ojos de furia. Estaba claro que la cuestión del
genio era algo genético en esta familia.
—Vale, vale, no te pongas así. Yo sólo lo decía por animarte, pero veo que no es eso lo que necesitas.
—Anda, qué listo.
Y el sarcasmo también era congénito.
—Ejem, esto… —A ver por dónde salíamos ahora— ¿has vuelto a entrar al chat?
—¿Al chat? Pues no, la verdad, no me apetecía nada.
—¿Y por qué no probamos? Se me está ocurriendo una idea…
—¿Otra idea de las tuyas? Pues anda que estoy listo.
—Mira chaval, esto pide venganza, que es un sabroso plato servido frío.
Aquello pareció gustarle algo, porque durante una décima de segundo su cara se iluminó, aunque a la décima siguiente se le fundieron los plomillos.
—No sé, no creo que sirva de nada…
—¿Que no sirve de nada? Venga, eso sí que es una chorrada… Pero si es lo que se merece, ¿o es que no te acuerdas
de lo que te ha hecho? Mira, chaval, deja de hacerte la víctima y espabila, que ese papelito no te pega nada. Si quieres
pasarte el resto de tu vida tumbado en la cama, me parece muy bien, pero luego no vengas a quejarte de que tu vida es

una mierda ni nada por el estilo, porque eso será lo que te habrás buscado por no echarle un par de pelotas. Así que
espabila, que vamos a darle lo que se merece: un poquito de su propia medicina.
Y tras mi maravilloso discurso, me di media vuelta y abrí la puerta del cuarto.
—Bueno, vale, joder, qué borde… Anda, quédate conmigo y échame una mano, aunque no sé que es peor.
A los cinco minutos estábamos los dos sentados frente al ordenador, separados de la pantalla por una bandejita con sándwiches de jamón y queso, cortesía de Nieves. Mientras daba buena cuenta de ellos, mi vecino entraba en la sala de
chat, y buscaba entre los participantes el nick de Donatella, pero nada, ni rastro de ella. Antes, habíamos tenido la  prudencia de cambiar su nick, así que había pasado de Baskerville a Casanova en un plis.
—Joder, Juan, no está.
—Pregunta por ella, a ver si es que se acaba de desconectar o algo así.
Nada. Nadie la había visto en los últimos días, ni hoy tampoco.
—¿Y ahora qué leches hacemos? Joder, qué mala suerte tengo…
—Espera, ten paciencia… Vamos a esperar un ratito, a ver si le da por aparecer.
Y esperamos unos minutos que nos parecieron horas; las manecillas del reloj caminaban lentamente, como un enorme rebaño de ovejas gordas cruzando la carretera cuando llegas media hora tarde a tu propia boda. Pero, oh maravilla, cuando ya creíamos que la espera había sido infructuosa y Ángel pensaba en si la mejor opción era la asfixia con butano o la caída libre desde un puente, la muchacha apareció en la lista de visitantes.

—Mira, ahí la tienes.
—Oh, ah, eh… ¿Y ahora qué hago?
Sus dedos tamborileaban sobre las teclas, pero sin llegar a apretarlas lo suficiente como para que surgieran letras en
la pantalla.
—Pues salúdala, joder, eso es lo mínimo… Y a partir de ahí, ya veremos que hacemos.
Lentamente, escribió «Hola Donatella», como si el teclado estuviera envuelto en alambre de espino. Durante unos angustiosos segundos esperamos la respuesta de Encarni; hasta yo me estaba poniendo nervioso ante la posibilidad de que la chica de marras no le contestara. Pero el corazón de las mujeres es territorio incógnito y nunca, por mucho que creas que las conoces, sabrás qué pasa dentro de ellas, así que no sabía si sorprenderme o no cuando se abrió una ventana de conversación privada, y en ella apareció la palabra «Hola».
—Hostias, hostias, hostias… Me ha respondido, y encima en un privado, tío.
Mi vecino casi saltaba sobre la silla. Ay, qué juventud.

—Bueno, venga, reacciona. Pon sobre la mesa todas tus artes amatorias, que para eso eres Casanova, no tienes más que ejercer ese papel.
—Ah, vale, estupendo, así está muy claro… Joder, Juan, lo tuyo no es normal.

—Bueno… Tú sólo pregúntale que cómo está.
Un escueto «Cómo estás» se unió al resto de la conversación. Debajo, apareció: «Bien y tú?????».

—Bien, bien, bien, ha picado.
—¿Cómo que ha picado?
Ángel me miraba absolutamente sorprendido.

—Verás, a veces uno puede preparar las conversaciones haciendo preguntas en apariencia sin importancia, pero de
manera que vayas volcando la conversación a tu terreno, buscando las respuestas para que te den pie a otras preguntas,
que son las que realmente te interesan. Es casi como una partida de ajedrez.
—Joder, leches… Cada día me dejas más de piedra, macho. ¿Y ahora, Kasparov?
—Jejeje… Ella ha preguntado cómo estás tú, así que dile que bien, pero triste, porque acabas de romper con una chica.
Ángel tecleo: «Un poco triste. Acabo de terminar una relación y me encuentro triste». Silencio.
—¿Qué pasa? Me he pasado, joder, me he pasado siete pueblos; eso no se lo traga nadie…
—No, hombre, relájate…. Sigue escribiendo tú. Creo que ella está sopesando lo que le dices, a ver si es una bola o no
lo es.
Y escribió: «No esperaba que me afectara tanto… Pero no pasa nada, ya se me pasará…».
—Eso ha estado muy bien, sobre todo lo de que se te pasará.
«Oh, vaya, lo siento… ¿Estuviste mucho tiempo con ella?», escribió Donatella.
—Vaya, vaya, la cosa se está poniendo interesante. Sigue así, chaval, que te la estás llevando al huerto.
—¿Tú crees?
La sonrisa le llegaba hasta los lóbulos de las orejas y casi podía tragarse su propio pendiente.

¿Se la llevará al huerto? ¿Qué huerto? ¿Para qué? ¿Qué planes tenían Nieves y el Dedos para nuestro protagonista? No dejes de verlo en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”, que pasará a llamarte “Juan Cach” tras los recortes de esta semana. 

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