Capítulo 9: Un trabajillo, un registro y un susto de muerte (versículo primero)

Por si no había suficientes sorpresas en el día, cuando volví a casa, la Chacha Carterista me avisó de que Jaime Calahorra me había llamado por teléfono.
—¿No me jodas? ¿Que Jaime me ha llamado aquí? Qué raro… Será que va a pasar de hacer la obra o algo así porque si no, no sé que podrá ser.
«Bueno —pensé— también podría ser…».
—Espero que no sea por…
De nuevo aparecieron en mi mente imágenes escabrosas de guardias civiles, padres enfadados y veinteañeras furiosas y despechadas.
—No creo que sea por eso; la voz le sonaba como agobiado, vamos, como si tuviera a un negro en pelotas pegado al culo.
—Pues ni idea…
—Joder, coge el teléfono y llámalo… Por dios, qué hombre…
Y se dio media vuelta, con el paño de cocina echado sobre el hombro. Qué cosas, cada día me recordaba más a mi madre.

Me acerqué al teléfono del salón y lo descolgué. Evidentemente, no me sabía el número de la academia, y como era normal, no lo tenía apuntado en la agenda que yacía junto al teléfono; es más, no había ningún número anotado en la agenda. Así que, después de rebuscar entre los bolsillos, los papeles de la mesa y las revistas, encontré una tarjeta de Jaime que servía de separador entre dos páginas de un libro de Cálculo… A saber desde cuándo estaba eso ahí.
—Academia La Milagrosa, ¿dígame?
—Hola, Jaime, soy Juan Cacho. Me han dado el recado de que me has llamado…, ¿qué pasa?
—Hombre, Juan… Pues verás, no ocurre nada, era simplemente para saber si conoces a alguien que sea un buen albañil… Es que llevo toda la mañana buscando y no encuentro nada decente y de confianza.
Me imaginaba la búsqueda de Jaime, llamando a todos los albañiles de las Páginas Amarillas, buscando uno que le arreglara los dos cuartos de baño por poco más que un mendrugo de pan y un par de tragos de agua.
—Un albañil, un albañil… Pues ahora mismo no caigo… —Mientras hablaba, Vicente entraba y salía de la habitación;  joder, no paraba, siempre encontraba algo que limpiar, y si no lo había, creo que lo ensuciaba aposta para no quedarse sin hacer nada. A veces, era un poquito agobiante; quizá no sería mala idea buscarle otras tareas—. Un momento, quiero recordar que tengo por aquí el teléfono de uno que una vez hizo unos arreglos en casa de mi madre.
—Ese mismo me puede valer, hombre, siempre que no me pida una pasta…

Vicente, con ese sexto sentido que tienen los pequeños delincuentes, se quedó plantado delante de mí, mirándome desconfiado con los ojos entornados. Una idea luminosa acababa de cruzar mi cerebro de lado a lado, pero seguro que el resplandor le llegó a Vicente porque empezó a negar con la cabeza, las manos y hasta con el paño de cocina. Y empecé a mentir…
—Sí, efectivamente, aquí tengo el número de teléfono; me pongo en contacto con él y le digo que te llame.
—Genial, Juan, genial… Pero será de confianza, ¿no?
—De total confianza… Vamos, yo le dejaría vivir en mi casa y todo…
Ahora Vicente no negaba, sencillamente intentaba quitarme el teléfono, ahorcarme con el cable o colgarlo, por lo que, seguramente, se escucharían una serie de forcejeos, empujones y maldiciones entre dientes.
—Oye, ¿qué pasa por ahí?
—No, nada. Ay, la tele que están echando… Ay, una peli de boxeadores… Jaime, que te tengo que dejar, aug. Le digo al albañil que, ay, te llame. Hasta luego…
Y dejé a Jaime con la palabra en la boca. Vicente, que por fin había obtenido el control del teléfono le había dado un manotazo para colgarlo y ahora el auricular hacía puenting desde el filo de la mesa, y en cada bajada tropezaba con el suelo.
—Pero bueno, ¿a ti qué leches te pasa? Tú te has vuelto majara, tío, de verdad. Contigo hicieron un experimento en la universidad y ahora están saliendo los efectos secundarios, joder…
El Dedos tenía un cabreo de los que hacen historia, y total, por intentar buscarle un trabajillo de nada…

—Coño, Vicente, si es una idea de puta madre.
—¿Una idea de puta madre? —Me miraba con los ojos encendidos, y temía que intentara meterme el paño de cocina por la boca sin una mijita de agua para ayudarme a tragar—. Pues si es tan de puta madre, ¿por qué no vas tú a arreglarle los cuartos de baño al mierda ese?
—Joder, porque no tengo ni puta idea de albañilería…
—Ni yo, me cago en toda mi casta.
—Ya, pero mira, a ti no te conoce, y no es tanto lo que tiene que hacer allí: echar una pared abajo, volverla a levantar, alicatarla, una manilla de pintura y listo. Además, tú estuviste un tiempecillo trabajando en algo de esto, ¿no?
—No, tío, que una vez me estuve trabajando a la mujer de un albañil, que es distinto, que no te enteras de nada. Y lo peor de todo es que querrá que se lo haga por cuatro perras chicas.
Vaya, parecía que iba tragando; si ya estaba pensando en lo que iba a cobrar, es que se estaba plateando el anudarse el pañuelo en la cabeza y pasarse un par de días removiendo la mezcla con el palustre.
—Venga, hombre, no seas así…; además nos va a venir de puta madre el dinerillo de la obra, y también te conviene airearte, que estás siempre metido aquí en la casa, que nada más que sales para ir a la compra.
No es por nada, pero cualquiera que me escuchara se creería que Vicente y yo éramos un matrimonio.
—No sé, tío, déjame pensarlo.
Lo tenía en el bote, estaba claro.
—Vale, medítalo, consulta con la almohada y mañana te decides.

¿El Dedos albañil? Lo que nos faltaba; ya sólo faltaría que Belén Esteban gane el Planeta. Pero todo se andará. ¿Lo consultará con la almohada? ¿Y ésta que consejo le dará? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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