Capítulo 9: Un trabajillo, un registro y un susto de muerte (versículo segundo)

Y en esas nos quedamos. El resto de la noche, Vicente seguía con su ir y venir, pero casi no hablaba; tan sólo unas pequeñas frases y unos leves movimientos de cabeza. Si me hubiera dejado acercar el oído a su cabeza habría podido oír el disco duro de su cerebro trabajando a pleno rendimiento.

A la mañana siguiente se levantó temprano, y me dijo que bueno, que por probar no se perdía nada, que se acercaría a la academia a ver qué propuesta le hacían y si le convenía, le venía bien y no era para mucho, pues que ya veríamos. En el fondo, los dos sabíamos que aceptaría, lo que pasa es que le daba todas esas vueltas para demostrarme que seguía teniendo su propio criterio y que no por vivir en mi casa tenía que plegarse a lo que yo le dijera; en realidad, no era eso ni nada parecido. Tan sólo quería que se diera cuenta de que podía ganarse la vida de una manera honrada sin tener que dormir con un ojo abierto temiendo que, en cualquier momento, un policía le diera una patada a su puerta y se lo llevara del brazo al calabozo. Quería que rehiciera su vida, que tomara otro camino, y si yo podía servirle de ayuda, pues magnífico.

Cuando salía Vicente por la puerta, Nieves estaba ya en el umbral, vestida con sus vaqueros gastados y su camiseta blanca; vamos, como si fuera a comprar el pan y una botella de leche.

—¿Qué? ¿Estamos preparados?

—Pues no, no lo estoy… Uno nunca está preparado para esto.

—Jeje, qué graciosillo. Anda, termínate el café y vámonos para el portal, que Doña María del Pilar está pasándole el plumero a los buzones, y a Odón hace un ratito que lo oí irse.

Bajamos hasta el portal, pero Nieves se quedó escondida en el descansillo entre la planta baja y la primera, pendiente del momento en que la portera se girara y le diera la espalda. Por la disposición de la entrada al bloque no había mucho lugar donde ocultarse, a no ser que uno estuviera lo suficientemente delgado como para ocultarse tras las ramas de un tronco del Brasil venido a menos. Si uno bajaba por la escalera, a su mano derecha quedaban los buzones y la puerta del ascensor, y a la izquierda el mostrador. Tras éste, la puerta de la habitación de los contadores de la luz, donde la portera guardaba las llaves, los cubos, las fregonas y algún cadáver de repartidor de propaganda. No era muy habitual que la portera tuviera copias de las llaves de las casas de los vecinos, pero muchos eran alquilados y los que no lo eran, como en el caso de Odón, se las dejaban por si era necesario en algún momento, no sé, para el del butano, o el chico del supermercado, o por si se perdían.

—Buenos días, doña María.

—Buenas, don Juan.

—¿Qué? ¿Cómo llevamos la mañana?

Me estaba costando horrores darle conversación a mi portera; en realidad, me acojonaba verla en cualquier circunstancia, pero con el plumero en la mano el acojonamiento se convertía en pavor.

—Pues hijo, aquí, quitando el polvo al mostrador.

Desde su posición, no veía la bajada de las escaleras, pero no había ninguna posibilidad de que Nieves pudiera pasar delante de sus narices y entrar en el cuartillo. Tenía que inventar algo para que le diera la espalda al mostrador; así que me acerqué a los buzones, como si fuera a sacar el correo.

—Oh —dije al girarme—, ¿sabe usted que el sol, al entrar por la puerta, hace que su pelo brille de una forma especial?

—¿Sí? Pues ya ve usted, hijo, que casi no me lo cuido —me respondió mientras se recolocaba la redecilla y los rulos de colores.

—Venga aquí, acérquese un poco más hacia aquí, que quiero verla bien.

—Me ruboriza usted, don Juan… Quite, quite que me voy a poner colorada.

Y lentamente avanzó unos pasos, imitando la forma de andar de las modelos de pasarela, aunque se acercaba más a las orcas de los acuarios al hacer sus numeritos.

—Sí, sí, sí, realmente la luz de la mañana realza sus encantos naturales —ay, qué doloroso estaba resultando todo esto—. No me explico cómo no le ha salido ningún pretendiente en todo este tiempo.

Mientras yo mentía como un bellaco, Nieves aprovechaba para bajar el último tramo de escaleras y pasar por detrás del mostrador. Lentamente, empujó la puerta que daba acceso al cuartillo; gracias a Dios y al aceite lubricante la puerta no

sonó al girar, de manera que Nieves sólo tuvo que alargar la mano hasta alcanzar las llaves de la casa del contable.

—Ay, hijo, es usted un adulador de cuidado.

Justo cuando Nieves iba a salir del cuartillo de contadores, doña María del Pilar se daba la vuelta; menos mal que mi vecina andaba bien de reflejos, y reaccionó a tiempo de esconderse tras el mostrador.

—Ejem, esto… ¿Adónde va?

Si seguía andando, no tardaría en verla escondida, medio tirada en el suelo, y no creo que se tragara que estaba buscando las lentillas allá abajo —es que se me cayeron en mi casa, y se ve que han ido rebotando hasta aquí…

—Pero, hombre, adónde voy a ir… A seguir trabajando, que no tiene una toda la mañana para estar de tonteo.

Estaba a un metro escaso del mostrador; si se seguía acercando, pronto vería la coleta de Nieves recogida con un elástico azul eléctrico.

—Hala, qué pedazo de telaraña. Por Dios, qué grande…

Con el rabillo del ojo seguía los movimientos de doña María, mientras que señalaba la esquina del techo más cercana al ascensor.

—¿Dónde? Ay, con el asco que me da, dígame donde está que la destrozo a escobonazos.

Al volverse hacia donde yo estaba, le dejó el campo libre a Nieves, que aprovechó el momento para salir de su escondite y subir las escaleras hasta la primera planta de dos en dos.

—Ah, pues no era una telaraña… Se ve que esta mañana no me he lavado muy bien la cara. Bueno, ha sido un placer; no la entretengo más. Anda, tengo que volver a casa, que se me ha olvidado… Bueno, algo se me ha olvidado. Hasta luego. Ay, qué cabeza tengo…

Y allí la dejé, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, ahora mirándome subir las escaleras, ahora buscando la telaraña en la esquina escobón en mano. En la primera planta me esperaba Nieves; se tapaba la boca para intentar retener un incontenible ataque de risa. Al verla me recordaba a los niños pequeños en la escuela, que se tapan la boca cuando hacen una travesura y saben que lo que han hecho está mal pero les encanta; y así era Nieves, una niña grande, con ganas de ser revoltosa.

Subimos por las escaleras hasta llegar a la puerta de Odón; allí nos quedamos plantados, como si fuera la entrada al infierno en lugar de una casa normal y corriente.

—¿Y ahora qué?

Eso. ¿Y ahora qué? ¿Qué tienen planeado esta pareja de vecinos? ¿Realmente brilla tanto el pelo de la portera? ¿Y la araña? ¿La atrapará nuestra portera preferida? ¿O será Frodo quien dé buena cuenta de ella? Todo esto y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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