Capítulo 9: Un trabajillo, un registro y un susto de muerte (versículo tercero)

—Pues ahora habrá que entrar, digo yo; que no he cogido las llaves para pasearlas por el bloque, ¿no te parece?

Si había alguna posibilidad de que aquella locura parara en algún instante, ese era el momento.

—Nieves, ¿estás segura de lo que estamos haciendo? Es más, ¿estás segura de lo que vamos a hacer ahora? Porque nos la estamos jugando, guapita de cara.

Por dentro rezaba para que entrara en razón, comprendiera lo absurdo de todo aquello, bajara las escaleras y pusiera las llaves en su sitio. «Anda, sí, por favor».

—Mira, Juan, ya hemos llegado hasta aquí y ahora no vamos a volvernos atrás. Pero si te parece, puedes irte ahoramismo, que yo haré sola lo que tenga que hacer.

Un brillo de determinación realzaba sus ojos, clavados en los míos, llamándome cobarde sin abrir la boca.

—Joder, tenía que haberle hecho caso a mi madre y mudarme al lado suyo en cuanto tuve la oportunidad…

Nieves sonrió, se acercó hasta mí y me dio un par de besos en las mejillas. La miré sorprendido, pero no pude hacer otra cosa que devolverle la sonrisa; me parecía ya demasiada caradura el devolverle los besos, así que me los quedé. Los dos.

—Tú te quedas aquí, vigilando por si vuelve, y yo entro y busco las cintas esas.

Mientras hablaba, abría la puerta del piso, mirando por encima de mi hombro la subida de las escaleras.

—No, no, no, de eso nada, monada —mira por dónde, un par de besos me habían convertido en una maqueta de héroe—. Que yo sé mejor que tú dónde están escondidas las cintas, y…

—Me da igual; no será tan difícil encontrarlas. La casa no es tan grande, y sólo tiene un despacho; además, si vuelve, tú puedes entretenerlo de alguna manera, que tienes más roce con él; yo no sabría que decirle…

—¿Si vuelve? ¿Cómo que si vuelve? —El pánico se estaba convirtiendo en un transeúnte habitual de mi cabeza—. Pero eso no lo habíamos hablado. Si vuelve… ¿Pero para qué va a volver?

—Anda, no seas tonto. Siempre cabe la posibilidad de que vuelva por algo que se le haya olvidado, o yo qué sé. Pero para eso estás tú aquí, mi pequeño vigilante.

Y con un guiño como despedida entró en la casa de Odón Camuñas cerrando la puerta a sus espaldas. «Mi pequeño vigilante». Anda, hay que joderse… Pues sí, en eso me convertí. En cuestión de segundos pasé de firme opositor a cómplice de registro ilegal, invasor de la propiedad privada y culpable de varios cientos de delitos más que desconocía y prefería seguir desconociendo. Los minutos pasaban lentamente. No entendía por qué estaba tardando tanto, joder; si estaba muy claro: el despacho, la estantería, el libro de matemáticas financieras, las revistas y las cintas de video. Vamos, que no tenía pérdida.

—Buenas, señor Camuñas, ¿qué hace usted por aquí?

Un aliento frío me recorrió la espalda, desde el cogote hasta el lugar en que deja de ser espalda. La voz era la de la portera, y estaba claro que, u Odón había vuelto, o ella se había terminado de fumar algún porro a medio acabar que habían dejado en el escalón del portal la noche anterior. Aunque las voces provenían del portal nunca me sonaron tan cercanas como en ese momento.

—Hola, doña María. Pues nada, que últimamente no tengo la cabeza en lo que tengo que tenerla, y me he dejado una carpeta con documentos —pues no, la portera no se había fumado nada, vaya por Dios—. Así que me he tenido que volver del trabajo a recogerlos.

—Ay, si es que es normal; a cualquiera en su situación le pasaría lo mismo.

—Bueno, pues nada; a por ellos voy. Hasta ahora.

El ascensor despertó de su letargo y bajaba lentamente desde la quinta planta hasta el portal. A mí se me iban y venían los colores y la cabeza no paraba de darme vueltas, evaluando las posibilidades que tenía de frenar a Odón en la puerta de su casa e impedir que entrara en ella. Podía plantarme delante de él, tirarlo por las escaleras, y luego decirle que le había confundido con uno de los terroristas más buscados. O no dejar que abriera la puerta del ascensor, empujándola con todas mis fuerzas. También consideraba la posibilidad de empezar a gritar ¡Fuego! ¡Fuego! ¡Fuego! y tener la suerte de que a alguna vecina se le pegara el arroz. En estas elucubraciones estaba, cuando la puerta del ascensor se abrió dejando salir la triste y delgada figura del contable. Me miró sorprendido —normal— porque estaba plantado frente a su puerta, con una mano en la barbilla y la otra moviéndose nerviosamente en el aire, describiendo una trayectoria aleatoria.

—Hombre, Juan, qué sorpresa.

Si hacíamos una competición de sorpresas, yo ganaba de calle.

—Hola, ¿qué tal? Precisamente te estaba buscando a ti, fíjate por dónde.

Sí señor, qué bien has estado ahí, Juan… La madre que te parió, si no lo buscabas a él, a ver qué leches hacías en la puerta de su casa.

—Ah, muy bien. Pero tendrá que ser en otro momento, porque ahora tengo mucha prisa…

—Uf, es que es muy importante.

Me planté entre él y la puerta; sólo me faltaba cogerlo de las solapas de la chaqueta y colgarlo del tubo fluorescente del pasillo.

—Oh, bueno, pero si no te importa, me lo cuentas mientras recojo a por lo que he venido —esquivó hábilmente mi marcaje y metió la llave en la cerradura que, como era normal, no estaba echada—. Anda, me la dejé esta mañana abierta… Si es que tengo la cabeza…

—Oh, ejem, son cosas que pasan, no te preocupes…

Le seguí por el pasillo, mirando hacia todos lados, buscando la cara de Nieves tras una silla, o un pie de Nieves bajo la cortina del salón, o lo que fuera; pero nada, ni rastro, y no sabía si eso era malo o bueno, porque Odón no sabía dónde estaba, pero yo tampoco, así que no tenía manera humana de saber a qué cuarto debía impedir de cualquier manera la entrada de mi vecino.

—¿Y qué es eso tan importante que tienes que preg…? —Por poco si lo mato de un susto, al volverse para hablarme y encontrarme pegado a su cogote—. Por Dios, por poco me da un infarto… ¿Te pasa algo? Tienes mala cara, y estás sudando como un pollo.

Y era verdad, notaba como la camisa se me pegaba al cuerpo, y un calor insoportable me asfixiaba; pero no, no era nada que tuviera que ver con virus, bacterias, bacilococos ni nada por el estilo. Tenía que ver con lo mal que lo estaba pasando. «Por favor, que se acabe ya, que se vaya a la oficina y todo se acabe…».

—¿Quieres un vaso de agua u otra cosa?

—No, no te preocupes; coge lo que te haga falta, que no quiero entretenerte.

¿Lo entretendrá? ¿Dónde está Nieves y por qué tarda tanto? ¿Descubrirá Odón las aviesas intenciones de su vecino? ¿El portal será nacionalizado? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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