Capítulo 10: Unas cerezas, un peón y una clave de acceso… (versículo primero)

Nieves dejó sobre la mesa del salón tres cintas de video y una caja archivadora de cedés. Estaba realmente alucinada con lo que había visto tras los libros de la estantería.

—Juan, es increíble lo que tiene ese hombre ahí guardado; es mucho peor de lo que yo pensaba.

—Bueno, tampoco es malo, ¿no? Quiero decir que la pornografía no es mala; o sea, que es muy normal…

«Juan, te estás metiendo tú sólo en un embolado del que no sabes cómo salir», pensé.

—Jeje, vale, no me expliques nada… Pero es que a este hombre, tan formalito, y ella, tan recatada, no tenían pinta de… Es que no me pega que les gusten estos rollos; más bien al contrario.

—Ya, pero ya sabes que, de puertas para dentro, la gente no tiene por qué ser lo que aparenta ser. Pero dejémonos de historias y vamos al grano, que todo esto hay que devolverlo a su sitio.

—¿Por dónde empezamos, por los cedés o por las cintas de vídeo?

—Si tu hermano no está en el cuarto, por los cedés. Así podremos coger el ordenador antes de que vuelva… Mientras menos explicaciones le demos, y menos gente sepa lo que hemos hecho, mucho mejor, ¿no?

Entramos al cuarto de Ángel y comprobamos que ese pequeño demonio no estaba allí. Encendimos el ordenador y pusimos el primer cedé dentro del lector; contenía una larga lista de ficheros de vídeo, de distinto tamaño. Hicimos clic sobre el primero; en la pantalla apareció un pequeño cuarto de baño y, por el personal que lo usaba, no cabía ninguna duda de que era el de señoras. Uno tras otro, visionamos los vídeos, y en todos la tónica era la misma: chicas que entraban y hacían sus necesidades y eran grabadas desde una cámara que, por la perspectiva de la imagen, tendría que estar oculta en el techo. En el resto del cedé el contenido era el mismo, pero había algo que me llamaba la atención: aquel lugar me sonaba de algo, y mucho. Me era muy familiar, extraordinariamente familiar, pero no terminaba de ubicarlo; quizá fueran los servicios de algún bar de los que asiduamente visitaba, o a lo mejor esos vídeos los había visto antes… «Ejem, quiero decir… Bueno, eso, que no tengo por qué darle explicaciones a nadie, ¿quiénes se han creído que son?, hombre».

—¿Qué quiere decir todo esto, Juan? Es realmente repugnante; esas chicas no saben que las están grabando…

—No lo sé, Nieves, de verdad. Pero no tiene buena pinta.

—¿Y cómo han conseguido grabarlas? ¿Y para qué?

Estaba realmente escandalizada; no por lo que se veía, que tampoco era para tanto, sino por el hecho de que alguien pudiera excitarse viendo a chicas jovencitas haciendo sus necesidades mayores o menores.

—Bueno, según parece, alguien ha escondido la cámara en el techo y la ha dejado grabando. Luego se digitaliza, se pasa a cedé y ya está. Pero hay algo…

—¿El qué? No empieces con tus misterios que me sacas de mis casillas.

—Es que es como si ese sitio me sonara, como si yo hubiera estado allí…, pero no me hagas mucho caso, los servicios se parecen todos.

—¿Cómo? —Abrió los ojos como platos—. ¿Qué te suena el sitio? Haz memoria, hombre, haz memoria. Esto cada vez me huele peor, Juan. Y para más INRI cada vez estoy más convencida de que todo esto tiene que ver con la muerte de Remedios.

—No, mujer, no seas tan retorcida; además, no tiene por qué ser nada raro. Estos vídeos pueden encontrarse por ahí, sin mucha complicación.

—¿Y tú cómo sabes eso? Porque yo no sabía ni que existían, y menos dónde encontrarlos.

Joder con la preguntita. Juan, a ver cuándo aprendes a pensar antes de hablar.

—Oh, bueno, un amigo me dijo que… Vamos, que es fácil de encontrar porque… Vamos a ver las cintas de vídeo, ¿no?

—Hombres…

Se levantó de su silla y me lanzó una mirada de desdén que me impactó como un tortazo. Guardamos los cedés en su archivador y volvimos al salón. Nieves cogió la primera cinta y la metió dentro del video. Al principio sólo se veía nieve en blanco y negro, pero al cabo de unos segundos apareció nuestro estimado y honorable vecino como su madre lo trajo al mundo cabalgado por una muchacha de pelo largo, rubia y con una figura impresionante. A los dos se nos quedó la boca abierta. Con el mando a distancia, pasamos la cinta hacia delante, a cámara rápida. Verlo así tenía cierto efecto cómico pero, en el fondo, aquellas imágenes iban cayendo sobre nosotros dos como sacos de arena, hundiéndonos la moral. Aquel hombre se había pasado por la piedra a una buena cantidad de chicas, y en ningún momento aparecía Remedios del Valle. Estaba bastante claro que ella no era partícipe de aquellos festivales, a no ser que fuera la operaria de la cámara, pero no lo creía; la cámara no se movía en ningún momento, lo que me hacía pensar que estaba colocada en un trípode o apoyada en algún sitio estable.

Vaya vaya con el vecindario… ¿Qué más sorpresas nos depararán los videos incautados en casa de Odón Camuñas? ¿No será éste más que Rocco Sigfredi disfrazado? Todas estas preguntas y más tendrán su respuesta en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.  Y si no, al tiempo.

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