Capítulo 10: Unas cerezas, un peón y una clave de acceso… (versículo segundo)

No quería reconocerlo, pero cada vez creía más en la hipótesis de que la muerte de mi vecina tenía que ver algo con todo este asunto; aunque, cuando lo pensaba, no sabía cómo podía haberla matado delante de nuestras narices. Si lo había hecho, tenía que haberla envenenado, no había otra posibilidad; pero ¿cómo la había envenenado?, si todos habíamos bebido lo mismo —el famoso té— y además de la misma tetera. Los vasos los había colocado yo, así que si alguno contenía veneno impregnado en el cristal, Odón no tenía manera humana de saber qué vaso iba yo a darle a cada cual. En resumen, que no había salida alguna para este problema, si es que había problema. Si la muerte había sido natural, era mucha la coincidencia. Vamos, que me estaba empezando a doler la cabeza y todo.

La segunda cinta era idéntica a la primera —al menos en el guión y en uno de los personajes—, lo único que cambiaba era la protagonista femenina. Al igual que me pasaba con los vídeos de los cedés, había algo en las cintas que me sonaba bastante —aparte de la cara de mi vecino—, algo que había visto antes, y no me acordaba dónde.

—Oye —me dijo Nieves, sacándome de mis pensamientos—, ¿no hay algo que te suena?

—Sí, tengo la misma sensación. No sé, es algo raro…

—Por favor, apaga el vídeo; me estoy deprimiendo por momentos.

—Espera, vamos a ver qué hay en la última cinta.

—Joder, Juan, ¿qué va a haber? Pues lo mismo que en las demás, Dios, qué asco…

No le hice caso, y maldita la hora en que no se lo hice. Al principio, la tónica era la misma, pero más o menos a la mitad de la cinta me quedé boquiabierto. Nieves se dio cuenta, y me miraba sumamente preocupada.

—Juan, ¿qué pasa?

—Joder, joder, joder…

—Háblame que me estás asustando.

—A esa chica la conozco yo…

—¿Cómo?

No me salía la voz del cuerpo; ante mis ojos, una morena de ojos verdes, se desnudaba frente a Odón Camuñas. Al dejar caer la falda, quedaba al descubierto un pequeño tanga negro; en uno de los cachetes de un trasero duro como una piedra, dos pequeñas cerezas llamaban la atención del espectador. O era la mayor casualidad del mundo o aquella chica era Amparo.

Detrás de dos tazas de café, y después de devolver las cintas, los cedés y las llaves a sus respectivos lugares, le expliqué a Nieves todo lo sucedido con Amparo; mi atracción,  sus juegos, y nuestro frustrado último encuentro bañeril. Nieves no hablaba, sólo asentía de vez en cuando con la cabeza; eran demasiadas cosas en tan poco espacio de tiempo para poder asimilarlas todas de golpe. Cuando terminé de contarle toda la historia, reaccionó.

—Pero, Juan, ¿no te das cuenta de que te estabas metiendo en un jaleo enorme? Si le sacas por lo menos doce o trece años.

—Ya lo sé…

—Y, además, es alumna tuya.

—Ya lo sé…

—Se podía haber montado un escándalo de categoría; bueno, aún puede montarse.

—Ya lo sé…

—Imagínate que se enteran los padres…

—Ya lo sé.

—…O el dueño de la academia.

—Ya lo sé.

—No me digas más «ya lo sé», que parece que te has quedado rayado.

—Si es que es la verdad, si todo eso ya lo sé; incluso lo sabía mientras pasaba, pero es que…

—¿Estabas enamorado? ¿Aún lo estás?

Me estaba sometiendo a un interrogatorio en toda regla.

—Eso sí que no lo sé… A veces creo que sí, que no era simplemente atracción física, sino que había algo más, al menos por mi parte.

—Ay, los hombres… En cuanto una chica se os pone incitante, caéis como tontos.

Ahí podía haberle dicho que se aplicara el parche, que a las mujeres les pasaba lo mismo, pero para qué buscar motivos de discusión.

—Yo que sé, Nieves… Es muy jodido para un hombre de mi edad, que sólo se come algo de higos a brevas, intentar mantener la cabeza fría cuando una jovencita le tira los tejos; y no me mires así, que me corto y paro de hablar —Nieves bajó la vista, con una media sonrisa en los labios—. Es cierto, me estaba enamorando de ella, y no me preguntes por qué porque no tengo ni puñetera idea. Es más, el hecho de que haya desaparecido me asusta más por no volver a verla que por otras cuestiones.

—Te entiendo…

¿Realmente le entendía? ¿Seguirá nuestro héroe enamorado de Amparo? ¿Es peligroso eso de los tatuajes, por si luego te reconocen en un video porno? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”.

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