Capítulo 10: Unas cerezas, un peón y una clave de acceso… (versículo tercero)

—No sé si me entiendes, Nieves, de verdad. Y encima ahora esto… Lo de la cinta… ¿Qué demonios significa? ¿Es que los maduritos le ponen o qué? Me siento utilizado, joder. No lo entiendo.

—Vamos, tranquilízate…

—Y cómo le digas a alguien, sobre todo a tu hermano, que me has visto u oído hablar así, te vas a enterar de quién es Juan Cacho.

Para rematar la amenaza, le apunté con el dedo y le disparé dos imaginarias balas a la sien, aderezadas con la sonrisilla patética marca de la casa.

—No, hombre, tranquilo… Y sé perfectamente de lo que me hablas; muchas veces, te gusta alguien y no se da cuenta por más que lo intentes —hoy, en el almanaque, debía poner Día Mundial de las Aperturas del Corazón—. Y te duele verlo todos los días, y ver que no se da cuenta de nada, y que va detrás de otras que no le llegan ni a la suela de los zapatos… Pero la vida es así de injusta, qué le vamos a hacer.

—Pero Nieves, si tú eres una mujer… Fantástica —y tanto que lo era. A pesar de que su cara reflejaba ahora tristeza y amargura, había en sus ojos un brillo que la hacía especialmente bella—. Eres guapa, muy trabajadora, inteligente… Cualquier hombre en su sano juicio se volvería loco por ti.

—Ya, claro, pero es que a mí, el que me gusta no está en su sano juicio… —El por qué las mujeres siempre hablan como los oráculos de los cuentos, en un lenguaje críptico y oculto, siempre me ha desconcertado. A eso añadiremos cierto rubor en las mejillas de Nieves para terminar de despistarme—. Pero bueno, dejemos de hablar de mí, que eso ahora no es importante.

—Vale… Anda, ¿qué hora es? —Atención, atención: abran paso a Juan Cacho, que se dispone a huir, a poner pies en polvorosa, así que apártense de su camino o se verán arrollados—. Huy, qué tarde. Voy a pasarme por la academia, a ver qué tal le va a Vicente, ¿vale? Además, tú tendrás que hacer cosas en la casa, así que luego me paso y hablamos de lo de las cintas y tal, ¿de acuerdo?

Me levanté del sofá, casi de un brinco, y me dirigí a la puerta del piso. Nieves me miraba desde su asiento con una cara un tanto extraña, una mezcla entre divertida, sorprendida y algo triste.

—Bueno, Juan, ya sabes, cuando quieras, ¿ok?

—De acuerdo… Nos vemos.

Y terminé de huir cerrando la puerta a mis espaldas. He de reconocer que había salido por piernas, como el cobarde que era, pero es que aquella conversación estaba tomando unos derroteros que no me agradaban lo más mínimo. Había tenido un momento de debilidad y estaba abriendo mi corazón a Nieves, algo que no me ha gustado nunca hacer; y no porque fuera Nieves, es que, en general, el corazón me gusta tenerlo a buen recaudo. Al abrirlo, suelen salir los monstruos que tenías escondidos en un rincón, no olvidados, pero sí dormidos. Y esos monstruos, al ver entrar la luz por la puerta, se despiertan, empiezan a gruñir; les entra el hambre y vuelven a morder los barrotes de sus jaulas, pidiendo salir… Y eso duele, y mucho.

No me apetece lo más mínimo contarle a nadie mis penas, mis momentos de debilidad, mis pequeñas penurias; eso te pone en una posición en la que cualquier desaprensiva puede aprovecharse de ti, como ya me ha sucedido. Y ni una más, santo Tomás. Además, la cuestión se estaba tornando más peliaguda aún; por una parte, ella también estaba contándome cosas que no sabía si yo merecía oír, y por otro lado, a pesar de todo lo dicho anteriormente, me estaba resultando muy cómodo contarle mis penas a Nieves, y eso era lo que más me acojonaba de todo. No me suponía ningún esfuerzo sentarme con ella y confesarle mis sentimientos; más bien era fácil dejarse deslizar pendiente abajo; era como si supiera que podía tirarme sin peligro, que al final había una barrera que me protegería para no hacerme daño, que siempre habría alguien que me socorrería para no caerme por un barranco. Extrañas cosas las que me estaban sucediendo. Y aún faltaban más.

Por ejemplo, estaba la cuestión de Amparo. Lo que había visto en aquel vídeo había sacudido mis esquemas. Ya no sabía exactamente qué pensar. La primera impresión fue de incredulidad; pensé que podría tratarse de una coincidencia y que existiese en el mundo otra chica con los ojos verdes, que conocía a mi vecino y que, además, tenía el mismo tatuaje en el mismo maravilloso lugar; pero claro, para un matemático las coincidencias no existen, sólo las probabilidades. En este caso, era más probable que el agua de un charco saltara sola al interior de un vaso que existiera otra mujer con las características anteriores. Así que no me quedaba más remedio que aceptar la realidad de buen grado: Amparito no era más que una niña juguetona que se dedicaba a entretenerse con los hombres, haciendo y deshaciendo a su antojo, divirtiéndose con sus sentimientos y sintiéndose fuerte al poder manejarlos a su gusto. Me sentía utilizado, tirado en un rincón como una muñeca de trapo que era la mejor del mundo el día de Reyes, pero que al mes se ve desplazada por la Barbie de los cojones.

Mientras pensaba y le daba vueltas a todo este caos dentro de mi cabeza, llegué a la academia. La puerta y las escaleras que llegaban hasta ella estaban vacías; claro, con lo de la obra, Jaime había tenido que llamar a todos los alumnos para decirles que no había clases. Llamé a la puerta y luego a Jaime y, como no me llegó ninguna respuesta, entré. Seguí llamando a Jaime, pero continuaba sin obtener ningún «pase» o «adelante». Además, tampoco había rastro de Vicente, así que mi cabeza empezó a crear historias de asesinos en serie, psicópatas armados con hachas y demás lindezas de la mente humana. De pronto, un ruido dentro de un baño llamó mi atención. Todos los vellos de mi cuerpo se erizaron, incluso aquellos que creía que no tenían esa facultad. Pegué la espalda a la pared y empecé a caminar adosado a ella; me apretaba tanto que casi se me queda el pellejo allí pegado. Así, bien despacio, pasito a paso, llegué hasta la puerta del baño de señoras. Estaba entreabierta, y alguien estaba subido encima de la taza del váter, pero no podía ver su cara. Me armé de valor, día un salto y…

¿Y? ¿Cómo que Y? ¿Pero es que nos piensa dejar así? ¿Juan Cacho siempre deja las cosas a medias? Esto no tiene nombre, caramba. Tendremos que esperar a la próxima entrega de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. A no ser que quieras iluminar tu intelecto con un discurso de Ana Mato. Allá tú.

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