Capítulo 10: Unas cerezas, un peón y una clave de acceso… (versículo cuarto)

—¡Quieto, seas quien seas! ¡Suelta eso ahí!

—Joder, cojones, qué susto… ¿Qué pretendes, matarme de un infarto y quedarte con la academia o qué?

Era Jaime Calahorra, que alargaba la mano hacia una de los halógenos, desenroscando el embellecedor para sacarlo de su ubicación —esas cosas que se hacen antes de meterle mano a una obra—. Una vez más —y ya iban un buen montón—, me sentí como un tonto metido en el cuerpo de un imbécil; el director de la academia me echó una mirada entre sorprendida y cabreada —y era normal—, porque había estado a punto de resbalarse y dejarse el cogote pegado al filo del lavamanos.

—Oh, lo siento, de veras; es que oí ruidos y como te estaba llamando y no me contestabas, pensé que…

—Bueno, no pasa nada, pero la próxima ten más cuidado, que por poco me mato.

—Oye, ¿qué tal con el albañil que te mandé?

No hay nada como un buen golpe de timón, cuando laconversación no va por el camino que deseas.

—Ah, fantástico —me respondió mientras se bajaba de la taza del aseo—. Me ha dado un precio aceptable, y se ha marchado hace bien poco a comprar materiales. He tenido que darle algo por anticipado, claro; tú sabes cómo funciona esta gente…

—Sí, normal…

—…Pero me ha dicho que en unos pocos días estará todo solucionado, que no me preocupe.

Pues yo sí que me preocupaba; no estaba seguro si los materiales los iba a comprar en una ferretería, o esperaría a un descuido del guardia de una de las obras que se estaban haciendo por el barrio. Otra cuestión que me tenía un tanto intranquilo era el hecho de cómo haría la obra; quizá le había sometido a demasiada presión para que aceptara, y eso me estaba creando un poco de cargo de conciencia. Y sabiendo cómo es Vicente, seguro que lo había hecho sólo por quedar bien conmigo, aunque luego no tuviera ni puñetera idea de cómo acometer la reforma. Tenía que verlo antes de que fuera demasiado tarde y las cosas se complicaran más de lo que ya lo estaban.

De todas formas, había algo en la actitud de Jaime que no me terminaba de cuadrar. Bueno, Juan —pensé— no te comas más la cabeza, que vaya día que llevas de ver cosas que te suenan, actitudes raras y demás tonterías. Relájate, hombre que, la mayoría de las veces, es sólo lo que se ve, y no hay que estar buscando motivaciones ocultas a todo. Por Dios, ¿me estaba volviendo un paranoico, como Manolo el Revueltas?

Mi amigo Manolo, compañero de clase de la facultad, tuvo que dejar la carrera en quinto curso para ser ingresado en un centro psiquiátrico y, la verdad, nos extrañó muchísimo a todo el mundo. Era todo un personaje. Divertido, charlatán, amigo de las juergas y de las minifaldas, y ningún aspecto de su comportamiento hacía prever lo que luego le pasaría. Solamente notamos que, a partir de mediados de curso, cada vez llegaba un poco más tarde; poco a poco, hasta que dejó de venir. Cuando quisimos enterarnos, ya llevaba un mes internado, y sólo al cabo de los años logramos enterarnos de lo que le pasó. Manolo, cuando salía de casa, le daba una vuelta a las ventanas, para ver si estaban cerradas, al butano, para ver si estaba apagado, a la puerta de la terraza, a la puerta del piso, a los grifos, por si alguno se había quedado goteando… Hasta ahí normal; pero claro, a veces, volvía a mirar las ventanas, por si se le había escapado alguna, o revisaba de nuevo el butano, porque a lo mejor no lo había mirado bien, o volvía a abrir y cerrar la puerta del piso, no fuera a ser que sólo tuviera la impresión de que la había cerrado antes. Con el tiempo, la cuestión se fue agravando; cuando llegaba al portal, tenía que volver a subir a revisar algo, porque no se acordaba si lo había hecho antes, o aunque lo recordara, no estaba seguro de si ese recuerdo era de ese día o de alguna revisión de la revisión del día anterior. A veces, ya se había subido al coche, y a mitad del camino se paraba empapado en sudor frío, intentando recordar si había revisado o no el butano, a pesar de que se había duchado la noche anterior y lo había mirado unas veinticinco veces. Fue empeorando cada vez más, llegando hasta el punto de estar siempre en el camino, volviéndose y volviendo a volverse una y otra vez, revisando y volviendo a revisar, entrando en un bucle del que no era capaz de salir. Pasó un par de años en una residencia, curándose de su paranoia; cuando salió, encontró trabajo en un centro comercial, revisando y controlando que todas las puertas quedaran bien cerradas y que no quedara nadie en los servicios…

¿Y si a mí me estaba sucediendo lo mismo? ¿Y si por culpa de Nieves, Vicente y sus sospechas me estaban volviendo un paranoico, viendo fantasmas por todos lados, desconfiando de todo el mundo, dándole la vuelta a cualquier tipo de actitud, guiño o cojera, para encontrarle un sentido oculto a todo, un significado oscuro y escabroso? Tenía que meditar mucho sobre eso, no quería terminar mis días sentado en un banco del parque, contándole a todo aquel que tuviera el valor de sentarse a mi lado que tuviera cuidado con el vendedor del kiosco, que impregnaba los periódicos deportivos madrileños con una sustancia laxante que provocaba interminables sesiones de cuarto de baño alos aficionados merengues.

Cuando más seguro estaba de que terminaría así de mal, entró Vicente por la puerta de la academia —claro, no iba a entrar por una ventana; bueno, Vicente a lo mejor sí—. Llegaba con tres bolsas de plástico en cada mano, y con el Gollina detrás. Me quedé con las patas colgando; por si faltaba algo para ponerme de los nervios era que apareciera el Dedos con semejante perla.

¿Se estará volviendo nuestro héroe loco? ¿O lo estaba ya antes? ¿Qué hará semejante cuadrilla de albañiles? ¿Serán dos para que uno trabaje y el otro mire? Todo eso y más en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”

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