Capítulo 10: Unas cerezas, un peón y una clave de acceso… (versículo quinto, para mí un tubo, gracias)

—Buenas, aquí estamos otra vez.
—Eh, oh, hola, Vicente, veo que has venido con… —Casi no me salía la voz del cuerpo.
—Mi peón, ¿o es que no te acuerdas ya de él? Qué mala cabeza tiene este hombre, don Jaime; no sé cómo tiene valor
de tenerlo aquí trabajando.
—Eso mismo pienso yo a veces, je, je, je.
Este Vicente es un mamón de categoría internacional, y se estaba tomando cumplida venganza, pero ya se enteraría cuando nos quedáramos solos.
—Pues nada, aquí venimos a empezar a echar la pared abajo. Esta tarde viene un camión con el cemento y el resto de los materiales, que no es cosa de traerlos al hombro… Es que tenemos la furgoneta estropeada en el taller y no vamos a dejar de ir este trabajo por una tontería como esa.
¿La furgoneta? Vaya morro, vaya caradura, y vaya con capacidad de inventiva del chaval.
—Bueno, eso es lo de menos. Ahora he de marcharme, así que, si me haces el favor, Juan, quédate con ellos una hora, que tengo que salir un ratito a resolver un asuntillo.
—Vale, no hay problema.
Mejor, así no tendría testigos cuando cogiera a Vicente y le machacara las ingles con el martillo que traía en una de las bolsas.
—Venga, nos vemos en un rato. Hasta ahora.
Tres pares de ojos siguieron a Jaime Calahorra en su salida de la academia, esperando el momento en que la puerta se cerrara a sus espaldas.
—¿Se puede saber que estás haciendo? —Me acerqué a Vicente, hasta casi pegar mi nariz a la suya.

—Pero bueno, ¿qué te pasa a ti ahora? ¿No te dije que no tenía ni puta idea de cómo cojones se hacía una obra? Pues me he buscado un ayudante.
—Muy buenas, maestro, que todavía no lo había saludado —el Gollina me saludó respetuosamente, como cada vez que me veía por el Dos Tercios del Quinto.
—Joder, ¿y éste tiene idea de albañilería, desde cuándo? ¿Qué, lo aprendió en la cárcel o qué?
—Coño, maestro, que uno no siempre ha tenido tan mala vida como ahora —estaba ofendido, y para corroborarlo, me
enseñó las manos llenas de callos—. Que uno era un currante apañado, lo que pasa es que la vida da muchas vueltas…
—Leches, Juan, no seas así, confía en nosotros y, sobre todo, confía en mí, y si no no haberme metido en este embolado,
que todo esto fue idea tuya, no lo vayas a olvidar.
Vale, lo reconozco, ahí Vicente tenía más razón que un santo. Estaba pillado y no tenía otro remedio que callarme, aguantar el tirón y esperar a que no pasara nada más. Si todo terminaba bien, me veía poniéndole cientos y cientos de
cirios a la virgen del Carmen, por su auxilio.
—Mira, el Gollina era un albañil de categoría, lo que pasa es que se gastaba todo el dinero en chocolate, y así se quedó…
—Coño, Dedos, que no me he quedado de ninguna manera…
—… Pero aún recuerda bien el tema, y se defiende de puta madre con el palustre. Así que en realidad, él hará de oficial, y yo de peón. ¿Vale o no vale?
—Vale, vale —nada, otra derrota más en el día, y ya iban…—. Pues eso, poneos manos a la obra, que yo me quedaré esperando aquí a que vuelva el jefe. Estaré sentado en el despacho; si necesitáis algo, silbadme.

—De acuerdo, maestro.
—Sí…, no estaría mal que nos trajeras unos litritos de cerveza… Es que esto de trabajar con la garganta seca.
Vicente ya se estaba colando un poquito, y lo que le faltaba era lo de las cervecitas.
—Hombre, claro, ¿y no te apetecen unas tapitas para ir abriendo boca? La madre que os parió…
Me fui al despacho mientras los dos se descojonaban a mis espaldas. Me senté y al cabo de unos minutos el aburrimiento
fue ganando posiciones en mi interior. Para combatirlo, empecé a inspeccionar visualmente mis alrededores: el archivador metálico a mi derecha, la ventana que daba al pasillo frente a mí, más archivadores a la izquierda de la mesa, y la mesa propiamente dicha. Vamos, lo normal de un despacho. El escritorio era grande y tenía en su parte inferior una enorme cajonera; al ir tirando de los cajones, uno tras otro, me los iba encontrando cerrados con llave, normal si pensamos que había dejado allí solos a dos albañiles a los que no conocía de nada, más normal aún si se conocía medianamente a Jaime, que no se fiaba ni de su madre. Pero, sorpresa, el último cajón estaba abierto. Durante unos
segundos pensé: «Quieto, Juan, que mira lo que pasó en casa de Odón Camuñas por mirar detrás de unos libros. Imagínate lo que te puedes encontrar aquí, en un cajón… Pero, bueno, ¿otra vez estamos con las paranoias? Si lo más probable es que sólo haya carpetas, grapas, y cosas de esas…».
Así que, para convencerme a mí mismo de que todo era de lo más normal, abrí el cajón. Evidentemente, todo su contenido era el habitual: lápices, bolígrafos, subrayadores, una caja de cedés, un paquete de folios, una grapadora… ¿Una caja de cedés? Ay por Dios, ya estábamos otra vez, y para colmo de males, el ordenador delante de mí parecía hablarme al oído: «Juan, Juanillo, ¿no quieres saber lo que tienen dentro? ¿A que sí? Venga, enciéndeme y míralos. Ánimo, no te cortes ni tengas miedo; si no hace ni diez minutos que se ha ido, y dijo que tardaría una hora… Eso es, dale al botoncito, así me gusta…».

Un irrefrenable impulso guió mi mano hasta el ordenador, lo encendió y metió el primer CD en la unidad lectora. Nada, vamos, nada raro: documentos de la academia, apuntes para los alumnos, archivos con los gastos y los ingresos. Joder, qué pasta se lleva todos los meses limpita para la casa; no sé, quizás demasiada pasta… Uno tras otro, fui mirando los cedés de la caja sin encontrar nada que pudiera llamar mi atención; en el último también todo era normal, excepto por un pequeño archivo de texto, con un nombre tan corto como evocador: XXX.txt. Cualquier navegante de internet conoce el significado de esas tres letras, tres simples signos que evocan mundos de carne y pecado; vamos, que eso olía a porno desde tres kilómetros. A mí no es que esos temas me gusten demasiado; o sea, lo normal; quiero decir que no es que me desagraden ni dejen de agradarme…
Bueno, a lo que íbamos. No podía pasar la oportunidad de abrir ese archivo y ver lo que contenía. Pues bien, al hacer clic sobre el nombre del archivo, una pequeña ventana se abrió en la pantalla, en la que podía leer INTRODUZCA LA CLAVE DE ACCESO.

Yo, desde luego, no dejaba a este tipo entrar a mi casa, si cada vez que lo dejan solo se pone a fisgar por todas partes. Peor que una suegra, oiga. ¿Y por qué tendrá ese archivo una clave de acceso? ¿Y cual será? ¿La encontrará? Todo eso y más tendrá respuesta en las próximas entregas de “Juan Cacho o un cacho de Juan”. Eso si me averiguas la clave de acceso. 

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